Mi encuentro con Armando Uribe

Hace unos días caminaba por el Parque Forestal junto a Yorka, mi pierna suave. Era la tarde de un domingo y Yorka tenía ganas de pasear y tomar un helado. Me pareció una idea sensata, era eso o seguir pudriéndonos entre las botellas y las cenizas del cuartucho en el que vivimos.

La caminata no se prolongó por mucho. A dos cuadras nos encontramos con una muchedumbre que observaba cómo un par de mimos se paseaba en medio de la calle, obligando a los vehículos a frenar violentamente para no atropellarlos. Para qué frenan, pregunté, y nos quedamos un rato esperando a que uno de los mimos, o mejor los dos, fueran arrollados. Nada ocurrió, eran unos mimos muy hábiles o los conductores no tenían los cojones suficientes. Lo único que pasó fue un heladero y le pedimos que se acercara. Ella eligió centella, yo trululú…

Seguimos nuestro paseo por el costado del museo de Bellas Artes. Toda la bazofia alternativa lleva años dándose cita en ese lugar para mostrarse y vender sus artefactos y atuendos. Parecía una convención de miopes, todos con sus gafas demasiado gruesas, cargando sus bicicletas pesadas e incómodas. Nos quedamos hojeando unos libros que vendía una chica con mucha onda. Me llamó la atención un compendio de obras de Nietzsche, colegí que quizás esta chica podría ser una estudiante de filosofía, así que por ahí intenté crear un diálogo, estaba muy rica.
- ¿Oye y este libro de Nietzsche?

- A ver… ¡Ah, es rebueno!

- ¿Lo leíste?

- No

- ¿Entonces cómo sabes que es bueno?

- Ah, no sé, seguramente lo leí alguna vez, no me acuerdo, te lo dejo en 3 lucas.

Metros más allá una manada de Hare Krishnas entonaban sus mantras y a traqueteaban sus tambores. El frontis del MAC estaba atiborrado de malabaristas que daban la impresión de estar hace mucho rato haciendo los mismos trucos y que estarían mucho más en lo mismo. Nos vamos, dije, pesqué de un ala a Yorka y escapamos por una calle lateral.

Camino a casa, en una pequeña plazoleta se había instalado un organillero y un chinchinero a realizar sus respectivos actos, rodeados por un pequeño corro de curiosos. Yorka se acercó al organillo y quedó fascinada mirando al lorito que extraía papelitos que traían escrito algo que supuestamente genera suerte, un conjuro. No le presté mayor atención. El loro se veía flaco y viejo, además el organillero parecía un cadáver, vendía sus globos y remolinos sin expresión alguna. Me di cuenta que mientras giraba la manivela le miraba las tetas a Yorka, pero no me importó. En cambio, si me quedé pegado mirando cómo el chinchinero daba vueltas y vueltas con una precisión estremecedora. Tanta atención le puse y tan rápido giraba que me terminé mareandoy me tuve que sentar y cerrar lso ojos para no vomitar. Cuando el mareo se fue y pude enderezarme, el tipo ya había dejado de dar vueltas y ahora se paseaba entre el público con el sombrero en la mano. Daba la impresión de que estaba pesado, debía estar lleno de monedas. Cuando se me acercó me hice el leso y caminé hacia Yorka. De pronto escuché ¡hey, chinchinero!, todos miramos hacía donde provenía la voz y ahí estaba, a escasos metros, Armando Uribe con su voz de humareda y vestido para la muerte.

-¡Mira, es Armando Uribe!- le dije a Yorka, pero pareció no importarle. Sólo puso la cara del gato de Shrek y me pidió una moneda para que el lorito le sacara un papelito. Me dieron ganas de abofetearla ahí mismo.

El poeta dejó caer un billete. El chinchinero y el organillero se lanzaron como ratas a atraparlo. Yo estaba tan emocionado que comencé a saltar y a hacer aspavientos para llamar su atención, intentando esquivar a los artistas que estaban a puñetazos disputándose el mentado billete. Don Armando encendió un cigarrillo y se quedó mirando el organillo y al lorito, o quizás las tetas de Yorka, quién sabe.

- ¡Heey ArUrAr, aquí!- le grité, ahí recién me miró, con algo así como desprecio.

- ¡Oiga maestro, yo también soy poeta!- al escuchar esto su semblante cambió, a pesar de que no movió ni un músculo de su rostro, me atrevería a decir que le dio risa.

- Lo felicito joven, ¿Y al menos tiene vocación para serlo?- respondió. El humo y su voz de ultratumba transformaron esa irrelevante inquietud en una pregunta de vida o muerte.

- ¡Pero claaro que sí pues, don Armando, ando siempre con una tremenda caña y puedo estar hasta cinco días sin comer!

5 Responses to “Mi encuentro con Armando Uribe”

  1. aliceantoin Says:

    jajajjjaa

  2. Lado C Says:

    Quien no ha estado carreteando atrás del Bellas Artes?… al menos los que viven o estudiamos en stgo., y sobre todo cuando hacen esas semanas de no se que… cuantos vinitos blancos me habré tomado mirando el mapocho y joteando a las minitas “artísticas” que pululan por allí… (a las ricas, pues también hay mucho de las otras…)

    Lo que más me ha impactado es descubrir que ¡yo también soy poeta!… como bien cada 5 días y si amanezco todos los días herido… el ronceo es constante y nocturno… hay otra forma de terminar el día?… que con tus amigos, un vinito bueno, algo pa picar e incienso para el cuerpo…

    Lo de Uribe, genial… el colega es genio y figura…

    Un abrazo desde San Fernando, ciudad de poetas y fascistas…

    atte

    rg

  3. V Says:

    Talento necesario y suficiente para poder escribir en este país, bueno y en otros analfabetos también.

    Un beso, miau

  4. Vero Lostberry Says:

    Qué buen relato!
    Me gustaron esas habilidades para manejar la resaca y la inanición

  5. Szergio Says:

    Armando,
    poeta a pie,
    abogado del diablo…

    Felicitaciones por la crónica!

    chau!

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