Episodios de la vida de Virginia Humores (la vuelta al barrio)
Tags: Porno, Ucronia, Virginia HumoresTomando un helado de menta durante la filmación de “Gárgaras”
Budapest, Hungría.
Ese año decidí largarme de Chile, ya estaba bordeando los 25 y mi cuerpo ya comenzaría a evidenciar las secuelas de tanta exigencia, se hacía urgente ganar más dinero pensando en un pronto retiro. Quería irme con la conciencia tranquila, no quería tener ningún motivo para volver. Decidí cerrar todos los ciclos antes de emprender el viaje, sobre todo con Antonio, mi primer amor. Fue así como después de mucho tiempo volví al barrio donde crecí.
Todo permanecía idéntico a cuando me fui, el progreso ni siquiera se había asomado por ese miserable colgajo de periferia. Lo único distinto era la ausencia de niños en la calle. Estaban desiertas. Sólo polvo y hojas secas. A lo más un perro que se ladraba a si mismo…
Golpee la puerta de la que había sido mi casa y abrió una mujer con cara de siesta. A pesar de que le expliqué que toda mi vida transcurrió en esa casa se negó a dejarme entrar. La vecina de enfrente salió a ver qué ocurría, la misma vecina de mi infancia, una madre soltera famosa por chismosa y lesbiana. Al fin podría obtener noticias del Toño.
Le costó un poco reconocerme, cuando lo hizo me saludó efusivamente. No alcancé a pronunciar palabra cuando ya me estaba sometiendo a una serie de preguntas a las que sólo contesté con monosílabos, la mayoría eran no. Luego comenzó a hablar de los niños de mi generación, mis amiguitos, y el destino que cada uno había seguido. Todos llevaban vidas horrendas.
Y qué fue del chancho Toño, pregunté distraídamente. No quería dar espacio para que esta vieja de mierda comenzase a especular.
-Uy, ¿no se enteró mijita?, el Toñito terminó mal, muy mal. El quedó tan triste después de que usted se fue. Todos intentamos consolarlo pero el sólo hablaba de la Virginia acá, la Virginia allá. No tenía idea de lo que usted hacía para ganarse la vida. Nadie se atrevió a decírselo. Un día paseaba por el centro y se quedó sapeando en la vitrina de un sexshop, con tan mala suerte que justo en la tele apareció usted empalada por un negro enorme. El pobre quedó deshecho. Se botó al trago, a la droga, ¿se acuerda cuanto le gustaba escribir? bueno, dejó de hacerlo. Se dedicó a vagar por las calles, a mendigar, se perdió ese chiquillo. A mi me daba una tristeza inmensa verlo así. Si era tan inteligente oiga. Hasta que un día el organismo no le dio más y cayó enfermo. No se recuperó nunca.
Sabía que todo lo que acababa de escuchar antes de asimilarlo debía evaluarlo en el polinomio de los farsantes. Esto quiere decir que esta información hay que dividirla por 2, restarle 30 y borrarle el 20%. Las viejas alcahuetas suelen exagerar demasiado.
-¿y qué era lo que tenía?
-Mire, no lo tengo muy claro. Era algo así como un popurrí de males. Pero lo que acabó por fulminarlo fueron unas almorranas aterradoras que lo estaban devorando por dentro. El doctor estaba sorprendido, decía que el único caso similar que registraba la ciencia era el de un hombre encargado de la mantención de una estación receptora de señales microondas. La antena estaba activada mientras el tipo realizaba su trabajo como si nada. Lentamente se fue rostizando desde dentro hacia afuera, igualito a cuando uno mete un pollo al horno microondas. Fue espantoso.
-Se lo merecía. murmuré en voz baja.
-¿Qué dijo mijita?
-Qué lamentable lo que me cuenta, realmente es tremend.
Me largué de ahí. Mientras me alejaba la vieja caminaba a mi lado preguntándome por mis padres, por mi vida, si acaso era cierto que me había hecho millonaria filmando esas películas cochinas. Tengo una sobrina bien bonita, me decía, ¿usted cree que se la pueda llevar a trabajar en lo suyo? Yo la miraba con lástima, sólo quería escuchar que mi chancho Toño había dejado embarazada a una de las tontorronas del barrio, que lo habían obligado a casarse joven y que ahora era padre de un montón de niños desnutridos. Quería verle gordo, desaseado, empinándose una pilsener en la esquina de su casa junto al resto de fracasados con los que le tocó crecer. Quería verlo acabado. Pero esto realmente era demasiado. Superaba todas mis expectativas.
Ya en el tren camino a casa me lamenté de no haber preguntado donde lo habían enterrado. Pensé en ir a dejarle algún ungüento para las hemorroides. Un alivio póstumo. Mi perdón por haber sido tan maricón conmigo.
























Agosto 28th, 2009 at 21:32
Virginia Humores es como Victoria Humeres, parecido solo en nombre