La música está en todas partes

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Rubén Barros Ruz

I

Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver. El ruido de los buses del medio día, que corría como corre un medio día, le había remecido hasta obligarle a abrir esos ojos pesados de muchas vidas y estirar los brazos al cielo en busca de otra vida que le hubiera gustado vivir.

Vivía en la calle. Dormía a un costado de la Iglesia San Francisco.

Hacía mil años que vivía en la calle. Hacía mil noches que dormía a un costado de la iglesia San Francisco, esperando que pasaran los años en vano y que nadie se percatara que había decidido dormir en la calle a un costado de la Iglesia San Francisco.

Las propiedades térmicas del cartón eran un milagro al igual que sentir la presencia de Dios, desnudo sobre una cruz desnuda, dentro de la desnuda Iglesia San Francisco, fría como una tumba, blanca como la piel virgen y desnuda de cada una de las mujeres que veía y luego imaginaba que eran ella, en las largas noches de soledad y remordimientos mientras abrazaba fantasías de un cartón con propiedades térmicas milagrosas, especiales para aplacar la soledad y la fría blancura de una pared de iglesia.

Basta

¡Basta! Quiso gritar un día sin voz y cayó en la cuenta que el silencio era mejor que un grito en falso, mal definido y sin un proyecto claro que le obligaba a gritar a los cuatro vientos, que siempre fueron uno que, lo mejor, era quedarse callada sin siquiera intentar decir basta, menos gritar basta, cuando ya había decidido continuar y llegar hasta las últimas consecuencias que siempre fueron las primeras, las segundas y que, poco a poco, se transformaron en las últimas…, sin desearlo.

Pero no había gritado… basta.

Había llegado hasta las últimas consecuencias. Ahora vivía en la calle.

Los buses pasaban tan rápido como la gente con sus pies diminutos, grandes, lustrados, de taco, de zapatillas, de perspectivas que se desplazaban a la altura de los ojos…, uno, dos ojos que veían los pies del santiaguino que corría, o caminaba, o saltaba, o pisaba chicles y papeles y hormigas a la altura de los ojos cuando la viejita bailarina, la vieja viejita bailarina, la joven viejita bailarina, la viejita bailarina sin edad, erguía el cuerpo y se sentaba a desperezarse y refregar los ojos que recibían la imagen de mil pies santiaguinos que avanzaban como hormigas y legañas resbaladizas sobre la piel de la viejita bailarina….


II

Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… suena el primer tambor en los oídos de la bebe de un año que se sienta en su coche de cuna a esperar que los latidos de un sonido subterráneo, de ultratumba, se apaguen y le dejen dormir a junto a la teta dulce de su madre.

Pero la madre no duerme. La madre baila en los brazos de Pedro, Juan y Diego que se disputan la teta dulce de la izquierda y la derecha, y ojala una teta en el centro, para que Diego no quede mirando y se amargue en un rincón de la habitación y patee los muebles y rompa los vidrios cuando se va Pedro y Juan, y las tetas son solo para Diego que no sabe qué hacer con ellas ni con la bebé que llora sin su teta, sólo con su tambor en medio de los tímpanos que le impiden dormir, Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… mamá, canta en su canto la bebé que recibe los golpes de mil tambores cuando Diego se abalanza sobre mamá, y los chasquidos de la piel que choca con otra piel se meten en los oídos de la bebé que mira sin observar como su madre recibe el cuerpo de Diego, en corcheas y negras y batucadas que se mezclan con el llanto que a la bebé no le queda más remedio que soltar para aplacar los ruidos de la habitación.

III

La niña es delgada, fina, esquelética, sin peso específico cuando logra dar los primeros pasos que le llevaron a afirmarse de la mesa y de las patas de la silla en la soledad del comedor, sin mamá, sin Pedro, ni Juan ni Diego que se marcharon sin decir adiós a la bebé delgada, fina, esquelética que dio sus primeros pasos sola en el comedor el día que mamá lloraba borracha la ausencia de Pedro, Juan y Diego.

Entra el sonido de la lágrima por los oídos de la niña. Un sonido sin armonía, un sonido arrastrado que resbala por la mejilla de la madre borracha en medio del comedor, para elevarse hasta el cielo raso y rebotar sin armonía con un sollozo pausado y a la vez violento que entra por los oídos de la bebé para depositarse y reproducir el ritmo irregular del llanto en un snif largo y luego corto que suena a un platillo amargo acariciado por una baqueta que llora borracha de tanto golpear y ser golpeada por Pedro, Juan y Diego… que ya no están…

La niña se afirma, da dos pasos y cae al suelo. Sus ojos encuentran en el suelo los ojos de su madre. Ambas se observan. La niña es feliz y baila. Por primera vez baila y bailará frente a los ojos tristes del transeúnte que no mirará sus ojos que ella no mirará, sólo el recuerdo de los ojos de la madre borracha que le mira desde el suelo y le sonríe por primera vez en la corta vida de bebé que aprendió a caminar sola en medio de un comedor sin padre.

IV

Un sonido de silencio se pasea por la casa de dos habitaciones silenciosas donde viven madre e hija, enrieladas en el silencio y en el bullicio de una casa de dos habitaciones más una puerta que une un mundo y otro, miles de mundos, miles de otros que dan a la calle por donde mira la niña dejando que sus ojos crucen la ventana sin vidrios para depositarse en el bullicio de la calle y salir del silencio de las dos habitaciones.

Siniestro silencio, piensa la niña en silencio y soledad a la espera de su madre que no llega, ni con un pan ni con su cuerpo o su presencia acogedora que sacará a la niña del silencio siniestro y la soledad siniestra de tardes enteras bebiendo agua y comiendo pan con mermelada, atenta, escuchando el siniestro silencio que se mete en su cabeza, para danzar alrededor de una hoguera que lanza saludos de llamas de fuego hacia un cielo negro de nubes siniestras, como el silencio de la habitación.

Un vecino canta a lo lejos. Un vecino canta en la cercanía. Un vecino vocifera en la ventana y tiende la mano a la niña pequeña que no desea huir del siniestro silencio y se sienta en las faldas del hombre a escuchar canciones de amores lejanos, de dulces y golosinas mientras sus piernas se abren sin saber por qué es necesario que el hombre bueno con ojos siniestros le toque el calzón de niña pequeña.

La música está en todas partes. La música sube por la columna vertebral de la niña pequeña hasta vibrar en su garganta ante el tacto del hombre siniestro que no deja de cantar y que no piensa en soltar a la niña pequeña que no tiene voz para cantar ni para pedir ayuda y soltarse de esas manos siniestras que le aprietan los brazos de niña pequeña que ya no canta ni come golosinas y sólo solloza con el miedo siniestro que le impide llorar.

La música está en todas partes y en el silencio siniestro que queda en la habitación silenciosa, cuando el hombre de ojos siniestros y golosinas se marcha cantando por el callejón silencioso, hasta que la voz se pierde en un silencio siniestro al dar las siete de la tarde, sin madre, sin Pedro, Juan y Diego para ayudar a una niña que sigue mirando por la ventana sin entender lo que ha pasado, ni todos los rumores, susurros, cantos y sonidos que se almacenaron para siempre en la bulliciosa mente de una niña de cinco años.

Pipipipi, pipipi…canta sin una letra definida, la niña en la tina al lavar su cuerpo herido de ave caída del árbol de genealógico. Pipipipi, pipipi, intenta aletear el pájaro niña al saltar desde una rama a otra del árbol de familia genealógico que se ha secado a orillas del barranco y cuelga sin caer jamás, y sobrevivir con la gracia de la lluvia o de un beso de mamá, que llega tarde en la noche, con los ojos cansados y el cuerpo encogido por el peso de las ramas que no puede cargar de un árbol genealógico que nunca conoció. Pipipipi, pipipi, mamá, acá estoy, canta la niña con su voz dulzona de niña manoseada mientras el jabón riega el tronco del árbol y el agua inunda los poros de abono y tierra que ayudarán a mantener en alto un árbol genealógico sin raíz. Pipipipi, pipipi

V

Hola mi niña querida que tanto la quiero yo, dice la madre entonado las frases, mientras avanza de una habitación a otra, golpeando las paredes de madera gastada, con los dedos gastados, dándole al golpe un ritmo que, desde lejos, se mete en la cabeza de la niña que mira desde la sala de baño a la madre que se acerca para secar a la hija con un pañal percudido, de colores gastados, blanco opacos, de generaciones que le utilizaron hasta volverlo translúcido, para abrazar y poder ver el cuerpo de la niña querida de mis ojos, amor mío, cómo se portó, comió algo, hizo alguna caligrafía, mire que lo mejor es estudiar para que no termine bruta como una, lidiando con tanto idiota que no la valora a una, mi niña querida, translúcida, mira la madre dentro del trapo gastado de vidas gastadas para tratar de simular el olor a alcohol y tristeza que han invadido a la niña, y que ella ve pero que no quiere ver y que prefiere ver como una nueva infección legañosa que se hospeda donde no debe hospedarse, en los ojos de la niña translúcida que se sienta en la tasa del baño para que la madre le observe los ojos y corra hacia la cocina, pues otra vez tienes esa tristeza que no me gusta, mi amor, esos ojos de tu abuela muerta en la pista de baile, en el tango, con tu abuelo bailando con otra mujer que no era tu abuela, mi niña, dice mientras tira lejos el trapo gastado y translúcido la madre triste y con olor a alcohol que no puede con el recuerdo de su propia madre muerta en la pista de baile, de pena y soledad por el abuelo que se fue al bar y a otros miles de bares para abandonar a la abuela y dejarla conmigo, en la cuna, y tu abuela bailando, y baila que te baila hasta caer muerta en medio de la pista, hija mía, para que sepas por qué no me gusta ver tus ojos con esos ojos, dice la madre con nerviosidad, intentado parecer cuerda dentro de su locura agitada que le obliga a moverse de una esquina a otra de la sala de baño y dejar la toalla en el suelo para correr a la cocina a buscar la bolsa de té del día anterior que ella dejó flotando en la tasa con agua, hasta que el agua translúcida cambió de color, durante días y días, pudriéndose, para dejar de ser color té y adquirir el color café de la descomposición de las bolsas de té que aguardan en la cocina, hasta donde llegó la madre histérica, chocando con la nada: los muebles que no existen, las ollas quemadas, la silla de mimbre, la lluvia, el sol, las baratas, las hormigas, las pulgas, la mala suerte que habita en la cocina, mi niña, espérame sentada que ya llego con la bolsa de té… que la madre retira de la espesa masa de agua podrida, que le mira y sonríe, ve anda, que aún quedan milagros en esta casa, mujer, … mujer que corre con su carga preciosa hacia la niña translúcida que espera, desnuda y triste, sentada en la tasa del baño, en sus ojos de tristeza de niña manoseada, a la espera de la madre que llega corriendo con una bolsa de té infectada para limpiar la tristeza, hija que no quiero que mires como miraba tu abuela, la que cayó fulminada en la pista de baila, dice la madre mientras recorre con la bolsa de té los ojos de la niña triste y manoseada por un vecino siniestro y cantor.

Continuará

Rubén Barros Ruz

I

Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver.  El ruido de los buses del medio día, que corría como corre un medio día, le había remecido hasta obligarle a abrir esos ojos pesados de muchas vidas y estirar los brazos al cielo en busca de otra vida que le hubiera gustado vivir.

Vivía en la calle. Dormía a un costado de la Iglesia San Francisco.

Hacía  mil años que vivía en la calle. Hacía mil noches que dormía a un costado de la iglesia San Francisco, esperando que pasaran los años en vano y que nadie se percatara que había decidido dormir en la calle a un costado de la Iglesia San Francisco.

Las propiedades térmicas del cartón eran un milagro al igual que sentir la presencia de Dios, desnudo sobre una cruz desnuda, dentro de la desnuda Iglesia San Francisco, fría como una tumba, blanca como la piel virgen y desnuda de cada una de las mujeres que veía y luego imaginaba que eran ella, en las largas noches de soledad y remordimientos mientras abrazaba fantasías de un cartón con propiedades térmicas milagrosas, especiales para aplacar la soledad y la fría blancura de una pared de iglesia.

Basta

¡Basta!            Quiso gritar un día sin voz y cayó en la cuenta que el silencio era mejor que un grito en falso, mal definido y sin un proyecto claro que le obligaba a gritar a los cuatro vientos, que siempre fueron uno que, lo mejor, era quedarse callada sin siquiera intentar decir basta, menos gritar basta, cuando ya había decidido continuar y llegar hasta las últimas consecuencias que siempre fueron las primeras, las segundas y que, poco a poco, se transformaron en las últimas…, sin desearlo.

Pero no había gritado… basta.

Había llegado hasta las últimas consecuencias. Ahora vivía en la calle.

Los buses pasaban tan rápido como la gente con sus pies diminutos, grandes, lustrados, de taco, de zapatillas, de perspectivas que se desplazaban a la altura de los ojos…, uno, dos ojos que veían los pies del santiaguino que corría, o caminaba, o saltaba, o pisaba chicles y papeles y hormigas a la altura de los ojos cuando la viejita bailarina, la vieja viejita bailarina, la joven viejita bailarina, la viejita bailarina sin edad, erguía el cuerpo y se sentaba a desperezarse y refregar los ojos que recibían la imagen de mil pies santiaguinos que avanzaban como hormigas y legañas resbaladizas sobre la piel de la viejita bailarina….

II

Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… suena el primer tambor en los oídos de la bebe de un año que se sienta en su coche de cuna a esperar que los latidos de un sonido subterráneo, de ultratumba, se apaguen y le dejen dormir a junto a la teta dulce de su madre.

Pero la madre no duerme. La madre baila en los brazos de Pedro, Juan y Diego que se disputan la teta dulce de la izquierda y la derecha, y ojala una teta en el centro, para que Diego no quede mirando y se amargue en un rincón de la habitación y patee los muebles y rompa los vidrios cuando se va Pedro y Juan, y las tetas son solo para Diego que no sabe qué hacer con ellas ni con la bebé que llora sin su teta, sólo con su tambor en medio de los tímpanos que le impiden dormir, Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… mamá, canta en su canto la bebé que recibe los golpes de mil tambores cuando Diego se abalanza sobre mamá, y los chasquidos de la piel que choca con otra piel se meten en los oídos de la bebé que mira sin observar como su madre recibe el cuerpo de Diego, en corcheas y negras y batucadas que se mezclan con el llanto que a la bebé no le queda más remedio que soltar para aplacar los ruidos de la habitación.

III

La niña es delgada, fina, esquelética, sin peso específico cuando logra dar los primeros pasos que le llevaron a afirmarse de la mesa y de las patas de la silla en la soledad del comedor, sin mamá, sin Pedro, ni Juan ni Diego que se marcharon sin decir adiós a la bebé delgada, fina, esquelética que dio sus primeros pasos sola en el comedor el día que mamá lloraba borracha la ausencia de Pedro, Juan y Diego.

Entra el sonido de la lágrima por los oídos de la niña. Un sonido sin armonía, un sonido arrastrado que resbala por la mejilla de la madre borracha en medio del comedor, para elevarse hasta el cielo raso y rebotar sin armonía con un sollozo pausado y a la vez violento que entra por los oídos de la bebé para depositarse y reproducir el ritmo irregular del llanto en un snif largo y luego corto que suena a un platillo amargo acariciado por una baqueta que llora borracha de tanto golpear y ser golpeada por Pedro, Juan y Diego… que ya no están…

La niña se afirma, da dos pasos y cae al suelo. Sus ojos encuentran en el suelo los ojos de su madre. Ambas se observan. La niña es feliz y baila. Por primera vez baila y bailará frente a los ojos tristes del transeúnte que no mirará sus ojos que ella no mirará, sólo el recuerdo de los ojos de la madre borracha que le mira desde el suelo y le sonríe por primera vez en la corta vida de bebé que aprendió a caminar sola en medio de un comedor sin padre.

IV

Un sonido de silencio se pasea por la casa de dos habitaciones silenciosas donde viven madre e hija, enrieladas en el silencio y en el bullicio de una casa de dos habitaciones más una puerta que une un mundo y otro, miles de mundos, miles de otros que dan a la calle por donde mira la niña dejando que sus ojos crucen la ventana sin vidrios para depositarse en el bullicio de la calle y salir del silencio de las dos habitaciones.

Siniestro silencio, piensa la niña en silencio y soledad a la espera de su madre que no llega, ni con un pan ni con su cuerpo o su presencia acogedora que sacará a la niña del silencio siniestro y la soledad siniestra de tardes enteras bebiendo agua y comiendo pan con mermelada, atenta, escuchando el siniestro silencio que se mete en su cabeza, para danzar alrededor de una hoguera  que lanza saludos de llamas de fuego hacia un cielo negro de nubes siniestras, como el silencio de la habitación.

Un vecino canta a lo lejos. Un vecino canta en la cercanía. Un vecino vocifera en la ventana y tiende la mano a la niña pequeña que no desea huir del siniestro silencio y se sienta en las faldas del hombre  a escuchar canciones de amores lejanos, de dulces y golosinas mientras sus piernas se abren sin saber por qué es necesario que el hombre bueno con ojos siniestros le toque el calzón de niña pequeña.

La música está en todas partes. La música sube por la columna vertebral de la niña pequeña hasta vibrar en su garganta ante el tacto del hombre siniestro que no deja de cantar y que no piensa en soltar a la niña pequeña que no tiene voz para cantar ni para pedir ayuda y soltarse de esas manos siniestras que le aprietan los brazos de niña pequeña que ya no canta ni come golosinas y sólo solloza con el miedo siniestro que le impide llorar.

La música está en todas partes y en el silencio siniestro que queda en la habitación silenciosa, cuando el hombre de ojos siniestros y golosinas se marcha cantando por el callejón silencioso, hasta que la voz se pierde en un silencio siniestro al dar las siete de la tarde, sin madre, sin Pedro, Juan y Diego para ayudar a una niña que sigue mirando por la ventana sin entender lo que ha pasado, ni todos los rumores, susurros, cantos y sonidos que se almacenaron para siempre en la bulliciosa mente de una niña de cinco años.

Pipipipi, pipipi…canta sin una letra definida, la niña en la tina al lavar su cuerpo herido de ave caída del árbol de genealógico. Pipipipi, pipipi, intenta aletear el pájaro niña al saltar desde una rama a otra del árbol de familia genealógico que se ha secado a orillas del barranco y cuelga sin caer jamás, y sobrevivir con la gracia de la lluvia o de un beso de mamá, que llega tarde en la noche, con los ojos cansados y  el cuerpo encogido por el peso de las ramas que no puede cargar de un  árbol genealógico que nunca conoció. Pipipipi, pipipi, mamá, acá estoy,  canta la niña con su voz dulzona de niña manoseada mientras el jabón riega el tronco del árbol y el agua inunda los poros de abono y tierra que ayudarán a mantener en alto un árbol genealógico sin raíz. Pipipipi, pipipi

V

Hola mi niña querida que tanto la quiero yo, dice la madre entonado las frases, mientras avanza de una habitación a otra, golpeando las paredes de madera gastada, con los dedos gastados, dándole al golpe un ritmo que, desde lejos, se mete en la cabeza de la niña que mira desde la sala de baño a la madre que se acerca para secar a la hija con un pañal percudido, de colores gastados,  blanco opacos, de generaciones que le utilizaron hasta volverlo translúcido,  para abrazar  y poder ver el cuerpo de la niña querida de mis ojos, amor mío, cómo se portó, comió algo, hizo alguna caligrafía, mire que lo mejor es estudiar para que no termine bruta como una, lidiando con tanto idiota que no la valora a una, mi niña querida, translúcida, mira la madre dentro del trapo gastado de vidas gastadas para tratar de simular el olor a alcohol y tristeza que han invadido a la niña, y que ella ve pero que no quiere ver y que prefiere ver como una nueva infección legañosa que se hospeda donde no debe hospedarse, en los ojos de la niña translúcida que se sienta en la tasa del baño para que la madre le observe los ojos y corra hacia la cocina, pues otra vez tienes esa tristeza que no me gusta, mi amor, esos ojos de tu abuela muerta en la pista de baile, en el tango, con tu abuelo bailando con otra mujer que no era tu abuela, mi niña, dice mientras tira lejos el trapo gastado y translúcido la madre triste y con olor a alcohol que no puede con el recuerdo de su propia madre muerta en la pista de baile, de pena y soledad por el abuelo que se fue al bar y a otros miles de bares para abandonar a la abuela y dejarla conmigo, en la cuna, y tu abuela  bailando, y baila que te baila hasta caer muerta en medio de la pista, hija mía, para que sepas por qué no me gusta ver tus ojos con esos ojos, dice la madre con nerviosidad, intentado parecer cuerda dentro de su locura agitada que le obliga a moverse de una esquina a otra de la sala de baño y dejar la toalla en el suelo para correr a la cocina a buscar la bolsa de té del día anterior que ella dejó flotando en la tasa con agua, hasta que el agua translúcida cambió de color, durante días y días, pudriéndose, para dejar de ser color té y adquirir el color café de la descomposición de las bolsas de té que aguardan en la cocina, hasta donde llegó la madre histérica, chocando con la nada: los muebles que no existen, las ollas quemadas, la silla de mimbre, la lluvia, el sol, las baratas, las hormigas, las pulgas, la mala suerte que habita en la cocina, mi niña, espérame sentada que ya llego con la bolsa de té… que la madre retira de la espesa masa de agua podrida, que le mira y sonríe, ve anda, que aún quedan milagros en esta casa, mujer, … mujer que corre con su carga preciosa hacia la niña translúcida que espera, desnuda y triste, sentada en la tasa del baño, en sus ojos de tristeza de niña manoseada, a la espera de la madre que llega corriendo con una bolsa de té infectada para limpiar la tristeza, hija que no quiero que mires como miraba tu abuela, la que cayó fulminada en la pista de baila, dice la madre mientras recorre con la bolsa de té los ojos de la niña triste y manoseada por un vecino siniestro y cantor.

Continuará…

One Response to “La música está en todas partes”

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