Ser escritora en Chile

Abril 20th, 2012 |

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Hay muchos escritores que sueñan con ser los niños terribles de la literatura más que con sacar un libro contundente y rupturista. Hace unas semanas uno de ellos me comentaba que a sus 28 años, y teniendo dos novelas publicadas, nadie era capaz de poner el ojo en su obra. Yo le expliqué que estaba muy ansioso, que eso se le notaba. Que esa efímera, incipiente, y a ratos ridícula fama que rodea a ciertos escritores, no son más que unos cuantos papeles de diario con mayor o menor adulación de acuerdo a la tendencia del crítico (a).

-Es que a ti te pescan porque eres rubiecita de ojos claros, y yo como nací con pinta de huachiturro a mi no me pesca nadie.
-Existen las operaciones. Están cada día más baratas. Si lo que te molesta es ser feo, eso tiene remedio.
-No creas que te envidio. Tengo pene.-Dijo

En otra ocasión un poeta de Temuco, notoriamente alcoholizado, a eso de las una de la tarde, me increpa que debo cultivar un bajo perfil. Señala que los de verdad son los que no conoce nadie. Los que viven la poesía de una manera anónima.

-Estás ebrio.
-Sí. Llevo bebiendo unos cuatro días.
-Bebes y escribes.
-No. Solo bebo.
-¿Hace cuanto no escribes?
-Desde que saqué mi último poemario.
-¿Cuantos años han pasado?
-Unos cinco.

Ser escritora en Chile es más o menos eso.

Aquella mujer que interpretaba los agónicos chispazos de neón

Enero 12th, 2012 | Tags:

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por Pablo Rumel

Miraba desde mi departamento cómo la enorme ciudad se desplegaba a lo largo del valle infecundo, emborronado por las calles laterales y las construcciones gigantescas. El gabinete del gobierno tecno-empresarial, imponente, dominaba toda la ciudad. He soñado con el colapso total de sus estructuras, con chispazos inaugurales de una nueva forma de hacer las cosas. No es que deteste en especial a los que detentan al poder, a la gente que acumula en sus escamosos estómagos piedras preciosas y brillantes. No me molesta que ellos tengan asegurados el porvenir de antemano, que puedan corregir la amnésica ciudad a destajo. Todos vivimos bien, todos tenemos seguros sociales, techo y comida. Todos somos autómatas pre-programados para no poder ser infelices. Pero siento que algo va mal. Siento un impulso cavernario, una vibración interior que me dice: estamos viviendo un mundo simulado. Hace unos cinco años comencé a trabajar en una fábrica de tuercas y pernos. Recuerdo que estaba en una máquina de fundición junto a un colega. No me puedo quejar, nos pagaban bien. Pero uno de esos días, ese colega accidentalmente hundió uno de sus codos en un recipiente de químicos altamente tóxicos. Su extremidad se le pulverizó casi al instante. Los gritos, los ruidos de alarma, martillearon el angosto y frío pasillo en el que nos desempeñábamos. Mi colega se desmayó casi en el acto. Su brazo era un muñón cauterizado con unas pequeñas gotas que goteaban por el piso. Llegaron los guardias y se lo llevaron a la enfermería. No lo volví a ver hasta una semana después. Apareció con un nuevo brazo mecánico, sonriente, empeñándose en sus labores con más eficacia que antes.

No está de más decirlo, pero trabajábamos unas cuatro horas diarias…

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Nunca sabemos cuando estamos muertos.

Enero 4th, 2012 | Tags: ,

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por Natalia Berbelagua

Había que ser hábil para no convertirse en delincuente o volverse loco. Nosotros lo supimos antes que todos por tener una vida cargada de miserias y desgracias. Nací bajo los nubarrones del último septiembre de mi padre, un mes antes de que falleciera producto de un disparo en la boca frente a la municipalidad de Casablanca. A los catorce años me fui de la casa, pasé las primeras noches durmiendo en un departamento en ruinas que para mi suerte, tal vez mi única suerte en la vida, no había sido tomado por vagabundos y pastabaseros. Trabajé de garzona en una fuente de soda. Las propinas eran desgraciadas. Trabajaba doce horas para ganarme cuatro mil pesos diarios aguantando las propuestas sexuales de tipos que podían haber sido mi padre si no se hubiera muerto, o mi abuelo, si tampoco se hubiese muerto de cáncer. Me fui a Concepción sin tener ni un solo pariente o amigo que me recibiera. Cuando se traspasa la barrera del desapego poco importa donde se sufra. Eso lo aprendí a los dos meses de vivir como indigente.

En el terminal de buses conseguí un pasaje para las 7 de la tarde de un día jueves. Llegaría cerca de las 12 de la noche. A esa hora lo único que se encuentra para dormir son moteles con sábanas sucias y jabones con pelos. Siempre es mejor pensar en el resultado de las acciones que vas a tomar, así que me aboqué a imaginar un plácido descanso sobre el colchón, acurrucada en mi chaqueta. Durante la primera hora leí unos cuentos de Horacio Quiroga. Ese tipo sí que conoció la infelicidad. Hay gente que nace bajo una buena estrella, otra como él, que se levanta una y otra vez para sobrellevar la tragedia, pero que sabe que su destino está marcado con una cruz de sangre. Lástima que murió hace más de 70 años, de lo contrario me hubiese lanzado en su búsqueda por el Chaco. LEER MÁS »

Dos Zanahorias

Enero 3rd, 2012 | Tags: , , , ,

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Este 2012 tendremos una nueva sección en LGA: Ficciones de temáticas varias, escritas por Carlos Moyab e ilustradas por l’enfant terrible de la acuarela argentina, don Andrés Casciani. El proyecto aún no tiene nombre e inicialmente tendrá un carácter quincenal.
Partimos con “2 Zanahorias”.

Era una tarde cualquiera. Una más del verano infernal por el que atravesaba Santiago. La gente comenzaba a salir de sus trabajos y, como cada día, las muchachas del café se preparaban para recibir al ejército de oficinistas sedientos que pasarían a refrescarse antes de volver a sus casas. A esa hora aún había pocos clientes. Tres mesas ocupadas, dos personas sentadas en la barra. Una de las chicas recorría las mesas mientras las otras dos revisaban sus correos en la computadora.

De pronto un enorme conejo apareció en el lugar. Los pocos que lo vieron entrar creyeron que se trataba de un chiste. Un niño disfrazado de conejo que pasaría por las mesas dejando calendarios o rosas a cambio de una moneda. Por su tamaño más que un conejo parecía un orangután. Medía más de un metro cincuenta, sentado, como suelen permanecer los conejos. Sus patas enormes parecían las pantuflas de un payaso. Avanzó entre las miradas de asombro y de un salto se acomodó en una de las sillas.

-No trae cadena- dijo una de las meseras.

-No seas imbécil. Ve y pregúntale qué quiere.

-¿Yo? ¡Pero por qué yo!

-Porque a ti te toca. Y porque eres la nueva…

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El mejor concurso de fin de año! Regalamos Valporno, el libro de Natalia Berbelagua a.k.a. Alice Antoin.

Diciembre 20th, 2011 |

“Quise sellar mi promesa a la santita dejando algo en su tumba, lo s preciado que llevaba.

Busqué en mi cartera y encontré dos mil pesos, un libro y una tira de parches curita. Me miré yo misma: no llevaba aros ni anillos ni collares. Cada vez que los uso camino una cuadra y termino guardándolos, me siento ridícula. Así que me bajé los pantalones detrás de la lápida y me saqué los calzones, los que amarré con un sisal a una ramita del árbol que le da sombra. Se veían chistosos al lado de los juguetes. Eran transparentes.

Una anciana apareció para prenderle una vela a Carmencita. Me miró con escándalo. Lo mínimo que me dijo es que era una irrespetuosamala persona, ordinaria, que por mi falta de respeto a la religión me lloverían las desgracias. Yo le pedí que no se enojara, tapándome con una mano mis partes pudendas y con la otra recogiendo mis pantalones. Me vestí rápidamente mientras escuchaba las maldiciones amplificadas. Me fui corriendo hasta la tumba de Balmaceda. Ahí me calmé y tomé la siesta de rigor.

No sé cuál de las dos era s poderosa, si la Carmencita o la vieja pechoña. Yo creo que la segunda, porque Rodrigo nunca respondió mis cartas y los hombres que he conocido luego de la primera cita huyen de mí como si vieran al mismísimo Satanás”.

Ofrenda de amor. Extracto de libro de cuentos Valporno.

AHORA VIENE LO BUENO….

Ya que el libro trata de humor y sexo, nada más apropiado que un concurso de chiste erótico.  El mejor se lleva Valporno de regalo. Juegue!


La música está en todas partes

Octubre 18th, 2011 | Tags: ,

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Rubén Barros Ruz

I

Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver. El ruido de los buses del medio día, que corría como corre un medio día, le había remecido hasta obligarle a abrir esos ojos pesados de muchas vidas y estirar los brazos al cielo en busca de otra vida que le hubiera gustado vivir.

Vivía en la calle. Dormía a un costado de la Iglesia San Francisco.

Hacía mil años que vivía en la calle. Hacía mil noches que dormía a un costado de la iglesia San Francisco, esperando que pasaran los años en vano y que nadie se percatara que había decidido dormir en la calle a un costado de la Iglesia San Francisco.

Las propiedades térmicas del cartón eran un milagro al igual que sentir la presencia de Dios, desnudo sobre una cruz desnuda, dentro de la desnuda Iglesia San Francisco, fría como una tumba, blanca como la piel virgen y desnuda de cada una de las mujeres que veía y luego imaginaba que eran ella, en las largas noches de soledad y remordimientos mientras abrazaba fantasías de un cartón con propiedades térmicas milagrosas, especiales para aplacar la soledad y la fría blancura de una pared de iglesia.

Basta

¡Basta! Quiso gritar un día sin voz y cayó en la cuenta que el silencio era mejor que un grito en falso, mal definido y sin un proyecto claro que le obligaba a gritar a los cuatro vientos, que siempre fueron uno que, lo mejor, era quedarse callada sin siquiera intentar decir basta, menos gritar basta, cuando ya había decidido continuar y llegar hasta las últimas consecuencias que siempre fueron las primeras, las segundas y que, poco a poco, se transformaron en las últimas…, sin desearlo.

Pero no había gritado… basta.

Había llegado hasta las últimas consecuencias. Ahora vivía en la calle.

Los buses pasaban tan rápido como la gente con sus pies diminutos, grandes, lustrados, de taco, de zapatillas, de perspectivas que se desplazaban a la altura de los ojos…, uno, dos ojos que veían los pies del santiaguino que corría, o caminaba, o saltaba, o pisaba chicles y papeles y hormigas a la altura de los ojos cuando la viejita bailarina, la vieja viejita bailarina, la joven viejita bailarina, la viejita bailarina sin edad, erguía el cuerpo y se sentaba a desperezarse y refregar los ojos que recibían la imagen de mil pies santiaguinos que avanzaban como hormigas y legañas resbaladizas sobre la piel de la viejita bailarina….

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