Aquella mujer que interpretaba los agónicos chispazos de neón

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por Pablo Rumel

Miraba desde mi departamento cómo la enorme ciudad se desplegaba a lo largo del valle infecundo, emborronado por las calles laterales y las construcciones gigantescas. El gabinete del gobierno tecno-empresarial, imponente, dominaba toda la ciudad. He soñado con el colapso total de sus estructuras, con chispazos inaugurales de una nueva forma de hacer las cosas. No es que deteste en especial a los que detentan al poder, a la gente que acumula en sus escamosos estómagos piedras preciosas y brillantes. No me molesta que ellos tengan asegurados el porvenir de antemano, que puedan corregir la amnésica ciudad a destajo. Todos vivimos bien, todos tenemos seguros sociales, techo y comida. Todos somos autómatas pre-programados para no poder ser infelices. Pero siento que algo va mal. Siento un impulso cavernario, una vibración interior que me dice: estamos viviendo un mundo simulado. Hace unos cinco años comencé a trabajar en una fábrica de tuercas y pernos. Recuerdo que estaba en una máquina de fundición junto a un colega. No me puedo quejar, nos pagaban bien. Pero uno de esos días, ese colega accidentalmente hundió uno de sus codos en un recipiente de químicos altamente tóxicos. Su extremidad se le pulverizó casi al instante. Los gritos, los ruidos de alarma, martillearon el angosto y frío pasillo en el que nos desempeñábamos. Mi colega se desmayó casi en el acto. Su brazo era un muñón cauterizado con unas pequeñas gotas que goteaban por el piso. Llegaron los guardias y se lo llevaron a la enfermería. No lo volví a ver hasta una semana después. Apareció con un nuevo brazo mecánico, sonriente, empeñándose en sus labores con más eficacia que antes.

No está de más decirlo, pero trabajábamos unas cuatro horas diarias…

Entrábamos en la mañana y a mediodía ya estábamos listos. Yo me iba a dar una vuelta a la Galería Comercial, comprándome ropa o algunos discos de jazz electrónico. En las noticias aparecía el periodista robot dando las últimas nuevas: subida de la moneda oficial, nueva creación de establecimientos industriales, dos intelectuales que se habían doctorado no sé en qué universidades, un nuevo descubrimiento que eliminaba para siempre la gripe.

Las enfermedades ya prácticamente no existían, solamente las de que se heredaban de padres a hijos. Pero la ingeniería genética  avanzaba a pasos de cíclope. Tarde o temprano también se erradicarían las enfermedades congénitas. Los antiguos libros de historia hablaban de problemas sociales, de huelgas, de motines contra el gobierno, de gente mendigando y sufriendo en las calles. Ya no ocurría nada de aquello. Pero yo sabía, no era una tarada, que había algo no podíamos ver.

Aquel día empecé a caminar por la zona limítrofe de la prefectura. Calles, edificios, guardias, todo era idéntico, hasta que atravesé esa invisible frontera. Las caras de las personas eran iguales: inexpresivas, utilitaristas, efectistas con el sistema de vida que teníamos. Las pantallas repetían una y otra vez los mensajes publicitarios, colgando al abismo de las techumbres de los rascacielos. Seguí avanzando. En algunos parques unos niños corrían dando vueltas en un carrusel, bajo la atenta mirada de los tutores que designaba el gobierno para tales tareas. Me detuve unos momentos ante una enorme pileta plateada, los chorros de agua me salpicaban en la cara. Bebí un poco y me mojé la nuca y los antebrazos. La temperatura era agradable, pero tras tantas horas de caminar me había acalorado un poco. Entonces, sentada en una banca de cristal, vi a un grupo de jóvenes rabiosos. Iban trajeados de negro, con macanas eléctricas y porras de silicio en las manos. Me sentí intimidada. No parecían ser parte de un carnaval. Se veían algo mugrosos y andrajosos, pero reales, con una furia contenida que parecía estar al borde de la locura. Conté unos veinte más o menos. Llevaban en una improvisada camilla a un joven herido. De lejos pude ver que iba seriamente dañado, con mucha sangre. Los jóvenes rabiosos pateaban los basureros y rompían las vitrinas de las multitiendas. Gritaban proclamas que no alcanzaba a entender. Algo de que todo era una gran mierda, una mentira, y que pronto algo nuevo y mejor florecería. Mucho más atrás de ellos aparecieron de pronto una larga corrida de policías androides. Apoyaron una rodilla en el suelo y sacaron unos largos tubos opacos y grises. De esas extrañas armas salió una presión que distorsionaba el aire. Un ruido ensordecedor casi me rompe los tímpanos. Los jóvenes se dispersaron rápidamente, cada uno en distintas direcciones. Sentí pánico, tenía que salir de ahí a como fuera lugar. Pero estaba paralizada, no podía moverme ni un centímetro. Detrás de las filas de los policías, sacaron de una furgoneta a un enorme y gordo policía, como un globo aerostático. Uno de los androides le introdujo un puño por la espalda, lo que provocó que de la barriga del policía se abriera una compuerta mecánica. Salieron de sus entrañas muchos perros pequeñitos, todos metálicos y resplandecientes. Eran como poodles pero con una mandíbula ancha y unos dientes gruesos y filudos. Salieron disparados en todas las direcciones. Mi cuerpo reaccionó, comencé a correr, quería salir de ahí, no entendía nada de lo que pasaba. Nunca antes había visto una represión de esa forma. Me refugié en una farmacia que estaba a pocos metros de ahí. Afuera me llegaban los gritos y más ruidos de explosiones. La gente, al interior de la farmacia, parecía seguir inmutada, escogiendo de los escaparates ansiolíticos, somníferos y vitaminas. Prácticamente era lo único que se vendía, además de parches y kits curativos en caso de accidentes.

En mi bota izquierda tenía un pedazo de papel adherido a la suela. Decía:

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste el sonido del mar? ¿Cuándo contemplaste por última vez una cordillera nevada? Nos tienen cogidos del cuello. Únete a nuestra causa.

Seguí mirando desde el interior de los vidrios fluorescentes de la farmacia. Pensé que un mundo completo nos separaba. Que ellos no formaban parte de nuestra sociedad. Que la calaña éramos nosotros, no ellos. Me guardé el papel en la cartera y anoté una frase en mi block digital.

Si alguien pudiera hablarme mirándome a los ojos. ¿Qué cosas me diría?

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