El Zurdo (extracto)

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Cuando desperté esa mañana me fue imposible abrir inmediatamente los ojos. Así, frente a los destellos de color generados por la luz sobre mis párpados, fui distinguiendo lentamente lo vivido de lo soñado hasta reconstruir vagamente las circunstancias en que los había cerrado por última vez. Recobrar la conciencia con la boca seca y los ojos sellados por las legañas no constituían una buena señal. Agucé el oído intentando percibir una voz, algún ruido familiar, pero sólo escuché un televisor a lo lejos y a un anciano rezongando porque no le habían cambiado las sábanas en semanas. Me restregué los ojos con el pulpejo de la mano hasta deshacer los grumos de secreción de mis pestañas, y recién entonces los párpados pudieron abrirse ansiosos. Una raída cortina blanca rodeaba aquel catre oxidado en el que yacía tumbado, y en las vigas del techo reconocí el crema opaco y resquebrajado de los hospitales públicos. Debería estar muerto, pensé, ¿Pero cómo comprobarlo? Recordé la escena de una película en la que el espíritu de un muerto no lograba empañar el vidrio con su hálito. En la misma película (una película malísima, por cierto) la fantasmagórica presencia generaba una violenta reacción en un gato, que engrifado le mostraba los dientes al aire, ante su desconcertado amo que no lograba explicarse la extraña conducta del animal. En mi caso ambos métodos resultarían vanos: era una tarde cálida y no había ningún gato en el radio visible. Con dificultad me puse de pie y voltee a mirar la camilla, pero no vi mi cuerpo yerto, sólo el rastro de mis noventa kilos dibujados sobre la sábana. Talvez morí y ahora estoy resucitando, deduje. Todos estos detalles más una sed insoportable ya eran suficiente indicio para hacerme una idea de lo que ocurría, pero era tal la confusión, más esa dificultad tan mía para comprender lo simple, que la duda persistió…Me senté en el borde de la camilla y con el pie entreabrí la cortina. Alrededor más cubículos como el mío, con las cortinas descorridas, en los que otros cuerpos reposaban mirando el televisor. Quise ir hacia ellos pero sólo alcancé a dar un par de pasos sobre la fría baldosa antes que un pedestal metálico cayera estridentemente al suelo, y una aguda punción en el tórax me contrajera de dolor. No había notado que tenía el pecho aparatosamente vendado y que un catéter me conectaba el brazo a una bolsa de suero. Con eso bastó para corroborar lo evidente. Todo había salido mal.

La enfermera de turno apareció en la sala advertida por  el ruido. Al verme tirado en el piso los ojos se le desorbitaron y corrió a auxiliarme, pero luego de tomarme el pulso y de ver que no tenía rastro de sangre sonrió aliviada y me preguntó qué tal me sentía. A duras penas balbucee un pésimo y le pedí un vaso de agua. La enfermera me levantó del brazo y me llevó de vuelta a la cama. Tiernamente me arropó y se marchó. Diez minutos después estaba de vuelta acompañada de un par de doctores y una mujer de delantal azul que acarreaba un balde.

Asombroso, un verdadero milagro, ¿no le parece colega?, le dijo el doctor que revisaba mis vendajes al otro que leía mi ficha con recelo acariciándose el mentón. La enfermera ajustó nuevamente la sonda en mi brazo y la mujer del aseo luego de trapear el suero desparramado se quedó escuchando apoyada en el mango de la escoba. Los demás pacientes de la sala cuchicheaban en sus camastros. Cuando los miré volvieron la atención  al televisor que colgaba en una esquina. En el pasillo bullía un enjambre de enfermeras, camilleros, más gente de delantal azul, también otros pacientes en bata y con sus rostros lívidos, que circulaban tambaleándose rumbo al baño o simplemente estirando las piernas. Uno al verme tan disminuido puso cara de espanto y con la mano me hizo la señal de la cruz.

Agua, volví a implorar. La enfermera se acercó para oírme y los pulmones me ardieron cuando inhalé para hablar más fuerte. A-gua, repetí marcándole las sílabas, pero mi voz se perdió entre los chillidos y la música de violines y tambores que avanzaban in crescendo por el pasillo. Los doctores se desentendieron de los pacientes y la enfermera comenzó a aplaudir. Una cohorte de malabaristas y músicos, encabezados por un doctor disfrazado de payaso, o un payaso disfrazado de doctor, irrumpió en la sala con risas y cabriolas, cargados de globos con formas de animales que repartieron entre los enfermos. El doctor-payaso saludó con una afectada reverencia a los presentes y luego le lanzó un chorro de agua destilada a la enfermera con una flor que le colgaba del delantal. El indecente se lo dirigió directamente al busto. No quise desentonar con el espíritu festivo que se había apoderado de la sala y aplaudí débilmente a pesar del dolor. Un niño calvo desde su silla de ruedas se percató de mi esfuerzo y me mostró su puño con el dedo del corazón alzado, luego lanzó una vulgaridad que leí claramente de sus labios…

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