Teoría del tema
Tags: Literatura, Poesia
Sucede que N no entiende los temas. Suele derivar conclusiones erróneas, incluso opuestas a toda lógica. Una pareja que camina de la mano es para N la imagen de la muerte –la del sujeto–; niños que juegan en los parques, son viejos neuróticos, solo que años antes; una mirada lasciva, una intrusión imperdonable. N nunca ha entendido los temas. Aún a tiempo comprendió que ese era su problema y se propuso aprender a entender… Como no le era posible entender “naturalmente” los temas, creyó como creen los que sí los entienden, que practicando la comprensión habitual de los temas, llegaría un momento en que se naturalizase esta forma de entender en su cabeza. Tanto fue lo que practicó, que efectivamente memorizó todas las formas posibles de entender los temas. Si se hallaba entre matemáticos, podía recordar como ellos los temas, y parecía que entendía; efectivamente entendía, pero solo con aquella parte de su cabeza que se empleaba en recordar cómo se traduce a su entendimiento el tema en cuestión. El resto, el entendimiento auténtico de N, imaginaba las ecuaciones como colchones que flotan y se encuentran a veces con amantes que los calientan, los agitan y los dejan: ecuación resuelta en la cabeza de N, equivalente al binomio al cuadrado.
Los artistas. Esto tomó mucho tiempo al pobre entendimiento de N. Pero memorizó. Cuando la estética es sublime, a N se le opacan las imágenes y puede sentir el pulso de su vientre entre las piernas. Cuando es grotesca, N siente el mismo pulso, pero le duele. De este modo, N construyó su propio diccionario. Logró tal maestría que más de alguno pensó incluso que N era una gran conocedora de todos los temas. Tanto se engolosinó N con este prestigio, que de pronto su entendimiento, el auténtico, comenzó a rebelarse. Sigilosamente, el entendimiento de N desplazaba a la memoria. Primero los registros secundarios, luego los centrales, fueron siendo reemplazados por el entendimiento auténtico. De pronto N no recordaba sus traducciones y sólo encontraba en algunas zonas de su cabeza nuevamente esa tortuosa forma de no entender los temas. Vivía con la culpa de no entender. Restringió su campo de acción a los temas en donde todavía retenía la traducción.
L la sorprendió en ese trance. L tenía la habilidad de penetrar en los espacios desmemoriados de N. Hablaban del lenguaje y de sus formas y N debía recordar que poesía era eso que acariciaba su cuerpo; que discurso era un escudo de luz encandilante y que nada era posible hacer salvo blandir otro similar –también había memorizado algunos–. Pero algo del entendimiento de N se translució para L que rápidamente descubrió la estratagema de N. Le mencionaba palabras de distintos campos –precisamente de los que N ya no recordaba la traducción– y la desafiaba a mostrarle su entendimiento auténtico. N tuvo que optar por el silencio y con él, por la ignorancia, el desdén y todas las palabras implicadas en callar. L montó en cólera. La fustigó, insistió en los temas que N no entendía y ante sus evasivas, golpeó fuerte en los olvidos de N. Le exigió posición frente a la historia, eso que para N era la sensación del carrusel. N dijo que su posición era jugar entre los animales con el carrusel en marcha. Que la sensación de caminar a favor o en contra de un plano en movimiento era su posición frente a la historia; pero la traducción de eso era horrible: ¡Hijita de los valores de una clase media arribista y ultraconservadora! Dicho estaba. L no conocía las traducciones del diccionario de N. N no podía, nuevamente, darse a entender. N lo miró desde su tan solitario no entendimiento y volvió a comprender la gravedad de su defecto. Le importaba mucho L, hasta pensó que podía ser uno de su especie –antes había conocido uno como ella, pero tuvo tan buena memoria que se quedó con las traducciones y desechó las entradas–.
Desde aquel día de la discusión cotidiana, la sensación de contraderrame, que en su diccionario aparece bajo la entrada de “justa distancia”, se instaló entre ambos. Por más que L se disculpó, que la abrazó y se derramó con ella, en los términos de N –un caudal en derrame–, N sabe que L volverá a enojarse y que en sus temas y en todos los temas, siempre tendrá razón, porque N no entiende los temas.























