La matanza de garzones de Huifquenco (cap. I)
Tags: Literatura, UcroniaEl trabajo dignifica, el trabajo dignifica repito como un mantra cada vez que Hernaldo aparece en el pasillo y nos apura chasqueando los dedos.
Me llamo Rolf von Imaha y soy el garzón más viejo de este hotel. Tengo 45 años de los cuales 25 me los he pasado atendiendo mesas. Allá en Colonia Dignidad a los jóvenes más destacados nos reclutaban en un escuadrón de elite dedicado exclusivamente para servir a los dirigentes. Nos enseñaban gastronomía, historia y protocolo. Yo mismo hablo cuatro idiomas y se tocar el piano y el laúd. Si fuese por experiencia el puesto de maitre debería ser mío, pero Hernaldo, que podría ser mi hijo, estuvo un año en una lujosa academia de París aprendiendo quien sabe qué. Además es sobrino del dueño del hotel. En mis tiempos un garzón debía ser un tipo cultivado, capaz de opinar sobre todos los temas y dar todo tipo de consejos. Debíamos tener buen gusto y capacidad de análisis. Ahora parece más importante correr con la mayor cantidad de platos posibles. Nuestra función se limita a sonreír y llenar las copas cada vez que nos lo pidan…
A Hernaldo esta dinámica le fascinaba. Volaba de un lado a otro dando órdenes, vestido y peinado como un muñeco de torta. Su impronta de niño más su metro sesenta hacían imposible verlo como una autoridad. Más aún cuando su novia, otra joven garzona, cargaba una cara de insatisfacción como nunca volví a ver en mujer alguna. El resto de garzones poco lo tomaba en cuenta. A ellos sólo les importaba reunir la mayor cantidad de propinas posible y largarse después del trabajo a beber. Una vez acompañé a los muchachos, pero al ver las mismas caras que en el hotel y que eran los mismos garzones quienes servían los tragos, no volví a ir más.
Andrés llegó al hotel para un congreso de médicos. Al ver cómo llevaba la bandeja con pisco sours supe de inmediato que era la primera vez que trabajaba en esto: caminaba lento y concentrado, con la mirada fija en las copas y cruzándose en el trayecto de los demás garzones. Luego lo vi recogiendo las copas del suelo mientras Hernaldo lo reprendía. Me acerqué, le ordene la camisa y le enseñé la manera correcta de llevar la bandeja. -Pon tu mano al centro y estira los dedos, luego la apoyas en el antebrazo- le indiqué. -Gracias, ya casi no siento los brazos- respondió asustado.
Al terminar la recepción salí al pasillo a fumar y lo vi sentado en un rincón. Los demás garzones cuchicheaban preguntándose de donde había aparecido semejante lerdo. Me acerqué y le ofrecí un cigarrillo. -Gracias, estaba desesperado por fumar- respondió, y lo encendió con las manos temblorosas. -Traté de conseguirme un pucho pero no tenían- dijo, apuntando a un grupo que conversaba animadamente, todos con un cigarrillo en los dedos.
Andrés estudiaba música en Santiago, pero congeló la carrera y se vino a Pucón impulsado por una búsqueda. Cuando le pregunté qué era lo que buscaba sonrió y dijo que no tenía la menor idea. -Sólo se que acá hay bosques, lagos y volcanes, deberían suceder cosas importantes-afirmó. Lo tomé por un chiflado. Al salir los muchachos me invitaron a una copa. Oiga tío Rolf, nos vamos al Central, ¿se anima?. Estoy cansado, pero inviten al nuevo, les dije señalando a Andrés. Los muchachos lo miraron y luego enfilaron en ruidosa patota hacia el bar. Andrés se encogió de hombros y se marchó a su casa.
Con el correr de los días nos fuimos haciendo amigos. Me habló de su vida en Santiago, de la música que tocaba y de libros, sobre todo de libros. Yo le enseñaba la manera correcta de colocar una mesa, doblar un mantel y algunos tips gastronómicos. Andrés era educado y cortés y eso a los demás garzones los sulfuraba, confundiendo su hablar correcto y sus modales con arrogancia. A las chicas les fascinaba este joven desgarbado que hablaba cosas tan bonitas. Sobre todo a Raquel, la mujer de Hernaldo, a la que no le importaba que todos la vieran feliz cada vez que coincidía con Andrés. Los rumores no tardaron y Hernaldo y sus adláteres comenzaron a acosarlo. Andrés cuenta hasta diez, se decía en voz baja cada vez que Hernaldo lo retaba frente a todos, luego se reía de esa rima sarcástica.
Una vez por semana teníamos que quedarnos repasando platos hasta el amanecer. Andrés hablaba relajado como si todo esto formara parte de una terapia.-Un plato que no está bien seco,¡no merecen que sirvan en él!, Andrés Bidart presenta ¡El Repasador!- decía con voz grave, emulando la propaganda de Radio Bio Bio. Una de esas noches le quise dar una sorpresa y lo llevé al salón principal y me senté frente al piano. No tocaba hacía años, precisamente desde que Hernaldo me lo prohibió por temor a que lo desafinara. Acaso estás sordo imbécil, no te das cuenta que se tocar, pensé en decirle esa vez, pero afloró el bendito mantra y cubrí el piano en silencio. Toqué como si estuviera en un concerto en el ópera de Berlin y no frente a Andrés y al frío silencio. Al terminar voltee a mirarlo. Schumann, exclamó extático. Una poza de orina rodeaba sus zapatos.
Un día libre me invitó a almorzar. Arrendaba una pequeña pieza en las afueras de Pucón. Nos zampamos unos tallarines con salsa sentados en la cama escuchando Rachmanninov, apretujados entre bolsos y torres de libros.-Y cómo te ha ido en tu búsqueda-le pregunté. –Bien- respondió, señalando las paredes tapizadas en papeles escritos. Nos quedamos escuchando discos y revisando libros. Tocaron la puerta y Andrés salió a abrir. Volvió con un queque envuelto en un mantel.-Raquel nos trajo esto-dijo relamiéndose-.No quiso pasar. -Deberías tener cuidado con esa niña-le advertí. Él partió el queque con las manos y me ofreció un trozo sin prestarme atención.
II
El menú de esa noche infame era civet de jabalí con especias acompañado de puré pilaf y verduritas glaseadas. Deentrada un festival de camarones y locos y carpaccios de avestruz, y de postre un mousse flambeado. A la hora del postre bajaron las luces del salón y los garzones hicieron una fila con los platos en sus manos. En la entrada el chef vertía whisky alrededor del mousse y Cascarita, otro garzón, les daba lumbre con un encendedor.
Cuando le tocó el turno a Andrés, el chef se le acercó por detrás y le atomizó licor en el pelo sin que se percatara. -¿Estás listo?- le preguntó, y Andrés asintió nervioso. Cáscara encendió los postres y cuando Andrés partió con los platos iluminados de una flama azul acercó el fuego a su nuca. Una vigorosa llamarada ascendió de su cabeza sin que Andrés lo notara. Siguió internándose en el salón rastreando a Hernaldo para que le indicara la mesa donde servir. Las llamas no tardaron en alcanzar la tela de su chaquetilla y en cosa de segundos Andrés era una zarza ardiente que deambulaba desorientada. Los asistentes quedaron boquiabiertos. Creyendo que era parte del espectáculo comenzaron a aplaudir. A Andrés la piel se le derretía y así y todo no soltó jamás los platos. Encontré a Hernaldo mirando oculto tras la cortina. Arde conchatumadre, repetía feliz. Cuando vi a Andrés en llamas corrí hacia él y le lancé un jarro con agua. Andrés cayó y la gente comenzó a gritar. Los pasajeros desesperados derramaban sus copas sobre él. No problem, its all under control, los tranquilizaba Hernaldo sonriendo y convidándolos a volver a sus mesas. ¡Música carajo! gritó, y la banda empezó a tocar un fox-trot mientras arrastrábamos el cuerpo humeante fuera del salón.
Andrés estuvo una semana hospitalizado con quemaduras severas. Los únicos que fuimos a verlo fui yo y Raquel. En una de las visitas me encontré con una anciana de aspecto aristócrata sentada junto a su camilla. Me agradeció por todo lo que había hecho por su nieto y me entregó un cheque. Obviamente lo rechacé. Al día siguiente Andrés ya no estaba en el hospital…
Continuará…

























Mayo 27th, 2010 at 16:25
notable!!!!
Mayo 28th, 2010 at 16:20
Hola¡
Permiteme presentarme soy Catherine, administradora de un directorio de blogs, visité tu web y está genial,
me encantaría poner un link de tu web en mi sitio web y así mis visitas puedan visitarlo tambien.
Si estas de acuerdo no dudes en escribirme a munekitacat19@hotmail.com
Exitos con tu web.
Un beso
Catherine
Mayo 30th, 2010 at 6:22
spam aquí y en la quebrada del hachís
Junio 2nd, 2010 at 20:32
Esta buenísimo, pero es que la cagó!
hace un libro y te lo compro.