“María Galleguillos” VALPORNO. Una gorda indecente como las de antes
Tags: Alice Antoin, Literatura, Mujeres
por Alice Antoin
En el año 92 tenía dos obsesiones: La primera era la comida y la segunda mi marido. Pasé más de un año en cama, ya no podía levantarme debido a la cantidad de kilos y de grasa que anidaba mi cuerpo. Algunos hongos se habían hecho casa en mis gruesos pliegues, y un olor avinagrado era mi perfume diario.
A mi marido lo celé día y noche, sentía miedo de mis amigas, a las que fui dejando una a una por este motivo, de mis sobrinas, no importaba que tuvieran diez u once años, para mi todas eran potenciales rivales. Nunca permití que se atrasara siquiera diez minutos. A las seis en punto me levantaba con dificultad, afirmándome del velador de bronce. A las seis y cuarto ya estaba frente al espejo, pintándome los labios, parte de la cara y los dientes, pues además de mi gordura tenía un pésimo pulso.
A las seis y media llegaba él con su pesado maletín de vendedor de seguros. Yo lo primero que hacía era recriminarle su tardanza. Él me miraba triste, agobiado, y partía directamente a recostarse sobre el colchón.
La cama era tan pequeña para nosotros dos. Yo caía en un sueño profundo, como el de un pesado animal, y mi ronca respiración le alteraba su propio dormir causándole interminables insomnios. Algunas veces intenté besarlo. Me acurruqué a su lado para que sintiera que yo aún tras mi gran disfraz de piel seguía siendo su mujer. En otras ocasiones froté mis senos sobre su pecho como lo hacía antes, pero no reparé en que ya estaban irreconocibles a causa de mi obesidad.
Sufrí mucho, callada.
Hasta las lágrimas desaparecían entre las bolsas que tenía bajo los ojos. Tal vez por eso nunca supo que estaba triste, ya que jamás me vio llorar.
Una tarde, antes de que comenzara la rutina de las seis, me levanté con un grave presentimiento. Me acerqué a la ventana. Él conversaba con una mujer. Quise salir y gritarle para causarle vergüenza, pero temí que la voz se me hiciera eco dentro de mis pesados músculos, como en las peores pesadillas que suele tener la gente. Cuando se decidió entrar a la casa lo esperé en la mampara. Armada de un balde con cloro lo bañé de pies a cabeza, con soda cáustica le rocié el pantalón y con tijeras le corté la ropa. Él me miró con odio, luego con lástima.
Esa fue la última vez que lo vi.
Supe que se fue a vivir al extranjero. A mí me internaron en un hospital que queda por Recoleta, cerca del cementerio. Los domingos son mis días de asueto. Camino la mañana completa hasta llegar a una pequeña plaza. En la casa de enfrente vive una pequeña niña rubia de trenzas largas. Me gustaría que fuera mi hija. No sé si es porque soy gorda o mi cabeza no anda bien, pero lo cierto es que cada vez que me ve corre a esconderse tras las piernas de su madre.
























Febrero 23rd, 2010 at 2:35
Es una delicia leer esta página. Este cuento no es la excepción.
Saludos,
Felipe.
Febrero 25th, 2010 at 15:46
Muy bueno el texto! ta wena la página…
Marzo 12th, 2010 at 16:51
OH que buena la historia… están realmnte buenos los artículos
Marzo 16th, 2010 at 13:27
que bien narrada está
exelente (y)
Julio 22nd, 2010 at 1:44
Increible que me haya estado perdiendo esta pagina por tanto rato!!
…
me encanto el cuento!
Agosto 2nd, 2010 at 18:17
Gracias a todos por sus comentarios!