Crónicas de un viaje en metro después de fumar mota y con el último disco de Mogwai en mi emepependrive

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Condiciones ambientales:  Sol. a pesar de que el tipo de la tele pronosticó chubascos.

Condiciones mías: sed

Equipamiento táctico: bitácora, libro Los Boys/Junot Díaz, tarjeta bip.

15:00: Salgo de casa sin un destino claro. Me subo a un metro repleto. Adentro la mayoría viste bien. Van peinados, humectados. Contienen el hálito en sus bocas selladas con lacre. Huelen agradable, sus perfumes. Da la impresión de que todos han comido bien antes de montarse en este vagón inmundo.

15:15: Yo y unos cuantos miramos por la ventana, y vemos pasar edificios, enormes carteles publicitarios, semáforos en rojo que se eternizaban bajo un sol que rezuma gotas de plomo. Cuando vemos pasar una iglesia, abuelas, mujeres gordas y un joven amanerado se persignan sincronizadamente como haciendo un paso de baile.

15:20: Transbordo. Pienso en Claudia y en la vez que me habló de un perro que todos los días se sube en Moneda, hace transbordo en Baquedano y se baja en Ñuble, a vista y paciencia del resto de pasajeros. Nadie sabe por qué lo hace. Nadie salvo él y los perros que lo esperan.

15:35: En alguna estación sube una mujer preciosa, fantástica, a la que todos quedamos mirando como chimpancés hambrientos. Viste un conjunto amarillo–canario, debe trabajar en un banco. Y se va de pie, absorta en la lectura de un libro que no alcanzo a distinguir porque: 1-mi miopía sigue in crescendo. 2-mi organismo me blinda ante la desilusión de ver a un ángel leyendo porquerías. Cuando ella voltea a encontrar nuestras miradas, los otros vuelven a sus conversaciones y yo fijo la mirada en el mapa de estaciones que ya conozco de memoria.

15:50: En una estación que no recuerdo me dan ganas de hacer pichí y me dispongo a bajar. El tren se detiene y en el andén un ejército de oficinistas con los rostros mal dibujados aguarda la apertura de puertas, expectantes por conseguir algún asiento vacío. Las puertas abren y nadie baja, nadie sube, pasan segundos y a duras penas logro zafarme de esa masa repugnante y quedo a la deriva, en medio de dos ejércitos de terracota triste y gris. Nadie se alarma, nadie siente temor. Todos nos vemos abordables, embaucables.

16:00: Salgo de la estación, Santa Ana se llama la gueá, meo en un árbol y decido seguir mi viaje caminando. Durante todo el trayecto pienso en lo bueno que sería arreglar mi bicicleta.

16:20: Busco un teléfono público. Un hombre de estatura mediana se para frente al teléfono del lado y me tiende un papelito pidiéndome que por favor le marque el número que ahí aparece. Aclaro lo de la estatura porque este tipo de peticiones uno lo puede esperar de un niño pequeño, o de un enano, no de un adulto normal que perfectamente puede alcanzar el auricular y las teclas. Me doy cuenta que es la primera vez que departo conscientemente con un analfabeto.

3 Responses to “Crónicas de un viaje en metro después de fumar mota y con el último disco de Mogwai en mi emepependrive”

  1. Tallarin ex Porotin Says:

    Mogwai & Mota = Combinacion ganadora

  2. La Gran Arcada Says:

    sácate un Mogwai!!!

  3. IVAN RIVERA Says:

    QUE BUEN RELATO, ME SACASTE RISAS MAN.

    UN DIA NORMAL EN EL SANTIASCO, CON GENTE QUE NO ESTA NI AL LADO DE IMPORTARLE QUIEN ESTA A TU LADO…Y UNO SE ENCIERRA EN EL EMEPEPENDRIVE CON BUENA MUSICA…

    SALUDOS COMPA!

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