Nunca sabemos cuando estamos muertos.
Tags: aliceantoin, natalia berbelaguapor Natalia Berbelagua
Había que ser hábil para no convertirse en delincuente o volverse loco. Nosotros lo supimos antes que todos por tener una vida cargada de miserias y desgracias. Nací bajo los nubarrones del último septiembre de mi padre, un mes antes de que falleciera producto de un disparo en la boca frente a la municipalidad de Casablanca. A los catorce años me fui de la casa, pasé las primeras noches durmiendo en un departamento en ruinas que para mi suerte, tal vez mi única suerte en la vida, no había sido tomado por vagabundos y pastabaseros. Trabajé de garzona en una fuente de soda. Las propinas eran desgraciadas. Trabajaba doce horas para ganarme cuatro mil pesos diarios aguantando las propuestas sexuales de tipos que podían haber sido mi padre si no se hubiera muerto, o mi abuelo, si tampoco se hubiese muerto de cáncer. Me fui a Concepción sin tener ni un solo pariente o amigo que me recibiera. Cuando se traspasa la barrera del desapego poco importa donde se sufra. Eso lo aprendí a los dos meses de vivir como indigente.
En el terminal de buses conseguí un pasaje para las 7 de la tarde de un día jueves. Llegaría cerca de las 12 de la noche. A esa hora lo único que se encuentra para dormir son moteles con sábanas sucias y jabones con pelos. Siempre es mejor pensar en el resultado de las acciones que vas a tomar, así que me aboqué a imaginar un plácido descanso sobre el colchón, acurrucada en mi chaqueta. Durante la primera hora leí unos cuentos de Horacio Quiroga. Ese tipo sí que conoció la infelicidad. Hay gente que nace bajo una buena estrella, otra como él, que se levanta una y otra vez para sobrellevar la tragedia, pero que sabe que su destino está marcado con una cruz de sangre. Lástima que murió hace más de 70 años, de lo contrario me hubiese lanzado en su búsqueda por el Chaco.
Cuando terminé su último cuento “La meningitis y su sombra” me habló el hombre que venía sentado a mi lado. Como estábamos tan solo separados por el apoyo de brazo, lo único que alcanzaba a ver eran sus manos, tan morenas que parecían cubiertas por guantes oscuros o escondidas bajo el abrigo. Tenía olor a colonia inglesa, su aliento era de quien fuma desde hace décadas. Me preguntó la hora. Mi reloj se había descompuesto, por eso no supe qué decirle, pero él con buena vista advirtió el problema.
-Se averió el reloj. Yo ya he cambiado de pila unas 4 veces este año. No pensé que duraran tan poco. Hace unas horas me ocurrió lo mismo. Casi pierdo el bus.
-¿Tienes prisa por llegar?
-No demasiada, pero el tiempo es un asunto importante para mí. En cada momento trascendental de mis treinta años, he sabido la hora exacta. Al momento de haber muerto nuestra abuela, con quien vivíamos, se nos detuvo el reloj y el auto. Nunca más pudimos hacerlo andar, por eso nos movilizamos en bus yo y mi hermano, el que duerme en el asiento de enfrente. A ti no te gusta el tiempo. Te gusta leer.
-Leer es una forma de detener el tiempo o prolongarlo, quién sabe.
-Interesante. Si vieras nuestra casa, está llena de relojes, tenemos murales, análogos, digitales, de bolsillo, con números romanos, de arena, de cuarzo, despertadores de distintas épocas. Dicen que en Valparaíso hay uno muy bonito que se parece un poco a la torre de Londres.
- Tú piensas en el Turri, Yo sueño con el río Ancho. No saco de mi cabeza desde hace días al Bío Bío.
-A nosotros nos bañaron en ese río como una forma de bautizarnos. Fue un 15 de julio a las 9:45. Un tío nos llevó en su camioneta hasta donde se pudo y luego seguimos de a pie. Nos sumergieron a los dos en el agua fría por 15 minutos. Fue lo que pudimos aguantar, no queríamos morir de hipotermia. ¿Tienes parientes en Concepción? ¿Vas a visitar a alguien?
-No, no tengo a nadie. Voy a probar suerte.
-¿Tienes donde quedarte?
-No, aún no, tenía la esperanza de encontrar algún dato de pensión en el terminal de buses.
-Puedes quedarte en nuestra casa. Como estamos solos arrendamos piezas. Yo soy comerciante. Tengo un local de abarrotes. Mi hermano se hace cargo de la residencial. Te ofrezco que te quedes ahí, si no te gusta o estás incómoda puedes irte mañana temprano.
-Creo que me gustará, no estoy para regodearme.
-¿Cómo te llamas?
-Ana. ¿Y tú?
-Andrés. Mi hermano se llama Antonio.
-Los tres nombres comienzan con A, eso sí que es una coincidencia.
-Tal vez lleguemos a ser tres buenos amigos, palabra que también comienza con A.
Fue la primera vez que esbocé una sonrisa en todo el viaje. Para ser honesta en la última semana. Me había convertido en una amarga. Perdí ese infantilismo, la espontaneidad que tanto le llamaba la atención a la gente. Soy un envase sin nada. Me quedé sin contenido.
***
A las 12 y media arrivamos al rodoviario. Cuando encendieron las luces fue la primera vez que les vi las caras. Andrés era bastante más agraciado de lo que me imaginaba, tenía la piel morena, los ojos marrones, la nariz aguileña. Antonio no tenía tanta gracia como su hermano, pero su aire de indefensión, sumado unas pestañas largas y crespas le daban un aspecto apacible que he encontrado pocas veces en un hombre. Me ayudaron a cargar la maleta. Subimos a un taxi mientras conversábamos de las veces en que el bus aceleró de improviso, además de una frenada brutal cuando le hicimos el quite a un perro. Antonio reía mucho porque no se percató de nada. Con Andrés le relatamos las palabras intercambiadas durante el viaje. Él se mostró entusiasmado de que yo me quedara en su casa.
Llegamos a una construcción antigua, con un antejardín pequeño y mal cuidado, a una mampara con vitrales. Entramos arrastrando nuestro pesado equipaje, caminamos por un corredor lleno de puertas a los costados. En el salón principal había, como nunca me imaginé, una colección tan grande de relojes como para poner una tienda especializada. Estaban todos sincronizados. Jamás olvidaré que llegamos a la una de la mañana. Andrés me ofreció un café o un trago de Amaretto. Opté por lo segundo porque hacía un frío de la puta madre.
Mientras llenaba tres vasos pequeños exclamó luego de suspirar ronco.
-Esta es nuestra casa.
-Muy bonita tu casa. Se nota que aquí no viven mujeres, el jardín está un tanto descuidado. De todas maneras es muy acogedora. Aunque debo admitir que lo de los relojes me desquicia un poco.
-Te terminarás acostumbrando. Yo duermo poco por las noches, el tic tac de los relojes es la mejor pastilla inductora del sueño. Cuando me concentro en eso, me entrego. Dijo Antonio.
-¿Hasta cuando piensas quedarte? Podemos, si quieres, mostrarte la ciudad. Sería bueno que vieras el mural de la Universidad- Agregó Andrés.
-No lo tengo definido. Puedo regresar en dos días o quedarme para siempre. Hasta que me den ganas de escapar. Esa es la consigna.
-Pues bien, esperemos que te quedes por mucho tiempo. Hagamos un brindis por nuestra nueva amiga.
Y los tres cristales sonaron al mismo tiempo. No hubo risas. Todos nos observamos en silencio.
***
Me dieron una habitación al fondo de la casa para tener más privacidad, dejaron sobre mi cama un par de sábanas limpias, un jabón de afrecho y una toalla de mano. La pequeña luz sobre el velador estaba encendida. Terminada nuestra tertulia me acosté de inmediato. Cada vez sentía los relojes más lejos, hasta que me dormí.
Desperté temprano, la luz ya entraba por la ventana. Me arrepentí de no dejar las cortinas cerradas. Me levanté, me di una ducha y aparecí en el comedor. Ahí estaba Antonio, algo demacrado pero de buen humor.
-Buenos días inquilina.
-¿Cómo amaneciste?
-La verdad es hora de que me trague mis palabras, anoche me costó mucho conciliar el sueño por culpa del ruido. Me quedé viendo televisión hasta tarde.
-¿Y Andrés?
-Fue al negocio. Tenemos una dependienta, pero como nos ausentamos durante varios días quería ver que estuvieran las cosas en orden.
-¿Qué hora es?-Pregunté
Antonio levantó la mano y la movió de izquierda a derecha, mostrándome los relojes.
-Perdón, es que me levanté algo distraída y confusa, tuve pesadillas.
-¿Siempre las tienes?
-Generalmente. He visto imágenes realmente aterradoras. Pero prefiero no hablar de eso hasta después del desayuno.
Antonio partió rápidamente a la cocina. Llegó con una bandeja donde bailaban un té con leche, una panera con unas tostadas y pocillo con mermelada de mora. Fue mejor de lo que me esperaba.
-¿Tienes planes para hoy?
-Ninguno. Pensaba caminar un rato por la ciudad.
-Podemos hacer eso, pero también puedo llevarte al café de un amigo en el centro.
-Me parece perfecto.
Tras el desayuno tomé mi bolso, en él iba el libro de Quiroga, unos cuantos billetes en una bolsa, caramelos, una foto de mi familia. Caminamos prácticamente toda la tarde. El café donde me llevó Antonio era realmente bonito. En él tocaban música de mi agrado así que lo tomé como un lugar para frecuentar. Durante el trayecto Antonio me preguntó algunos datos de mi vida, los que me negué a contestar. Sé que quedó intrigado, pero es mejor que no sepa, de lo contrario podría asustarse. Él se mostró relajado, compró unos algodones de azúcar al organillero, y sin decirme nada muy profundo sobre su vida pasada, me llevó al negocio de su hermano. Andrés tenía puestas unas gafas y revisaba un libro de contabilidad. Nosotros llegamos radiantes para alborotar el trabajo del negocio. Él se puso contento al vernos, aunque pude intuir en sus ojos algo parecido a la tristeza.
***
Una noche, cuando llevaba cerca de un mes viviendo en la vieja casa penquista, sentí que llamaron a mi puerta. Yo ya estaba acostada, leía un libro de Cesar Vallejo que compré en una librería de títulos usados. Era Antonio.
-¿Puedo pasar?
-Adelante.
-¿Podríamos conversar un poco? Tengo insomnio.
-Entra. Saca del closet una botella de Gin que está envuelta en papel de diario.
(Botella que ya estaba a la mitad producto de que cada noche bebía un corto para poder relajarme. Los relojes cada vez sonaban más fuerte en mi cabeza).
Bebimos varios tragos conversando sobre nuestros gustos. A mí me gustaba la música de piano, a él la guitarra. Me ofrecí para poner un disco. Cuando terminó ya estábamos un poco ebrios, Antonio se había recostado a mi lado y me acariciaba lentamente el brazo.
-Sé que voy a morirme.
-Todos sabemos eso.
-Pero puedo morirme en cualquier minuto y de la forma más terrible.
-¿Estás enfermo? ¿Tienes cáncer? ¿Sida?
-Peor que eso. Mi corazón se ha paralizado unas cuatro veces. En tres de esas oportunidades me desmayé y dejé de vivir. La última vez fue en la mañana cuando dormía. Como mi hermano sabe de mi problema viene a verme cada día apenas se despierta. Llamó a la ambulancia. Los paramédicos dijeron que no se podía hacer nada. Andrés impidió que me dieran por muerto hasta que se cumplieran 48 horas. A la hora número 15 desperté. No recordaba nada.
-He leído historias así. Pero nunca conocí a nadie que tuviera algo como eso.
En fracción de segundos vino todo como una nube cargada de agua a mi cabeza. El deseo por Antonio, que cada vez era más agudo, el momento de su muerte que podía adelantarse si concretábamos ese deseo, la erección final. Me arrimé a su costado y acerqué su boca hasta la mía. Él temblaba no sé si de nervios o de miedo, pero cuando nos juntamos en un beso lento y mojado su piel dejó de erizarse. Me tomó y se aferró a mí con desesperación. En el momento crucial sus jadeos eran cada vez más fuertes y roncos. Su corazón palpitaba como si hubiese corrido la maratón. No me detuve. Despertamos desnudos a la mañana siguiente. Andrés como de costumbre, fue a verlo a su pieza, como no lo encontró supuso que estaba en la mía, era evidente que un día, más temprano que tarde, abriríamos los ojos abrazados.
Desde ese día comenzamos a dormir juntos, Antonio trasladó algunas de sus pertenencias hasta mi pieza, entre ellas un diario de vida, con una etiqueta en la portada que decía Adiós mundo cruel. Me admiré de que aún tuviera sentido del humor. Al parecer se estaba preparando para el desenlace, dato que corroboré al leer los cinco primeros encabezados. Mi último día 1…5.
Lo leí a los dos meses del cambio. Para esos días, yo experimentaba dos clases de sentimientos que me tenían aturdida. Una sensación de dependencia emocional, que en buenas palabras podríamos llamarle amor, y como consecuencia de esto un deseo irrefrenable de arrancar. En las primeras semanas de constituirnos como pareja hice oídos sordos a las voces fantasmales que me decían que me fuera, pero en vez de erradicarlos se fueron acrecentando. Cuando ya no pude obviarlos porque era en lo único que pensaba decidí partir. Antonio había salido para comprar algunos víveres. Tomé el bolso, guardé los libros, alguna ropa, le dejé una nota sobre la cama. No decía más que Gracias.
Tal vez fui un poco dura. Pero es la única forma en que sé hacer las cosas. Tomé un taxi hasta el terminal, subí al primer bus que encontré temiendo que Antonio pudiera llegar a buscarme. Con los ojos llorosos y aguantando la pena me senté y miré por la ventana. Desde lejos se veía la casa. Me pareció verlo llegar, con unas bolsas en las manos. Tal vez lo imaginé. Es lo más probable.
***
Pasaron dos años desde que me fui. Estuve viviendo en Puerto Montt. Desde mi pieza veía la isla Tenglo, con su cruz en la cima, cuidando a los pescadores. Rearmé mi vida. Tuve relaciones esporádicas, amigos sexuales más que novios o enamorados. En algunas noches mirando Angelmó pensaba en Antonio, en Andrés, en lo buenos amigos que fuimos, en el jardín que dejé lleno de Hortensias florecidas. En el profundo cariño que sentí aquella vez y que no se comparaba con nada de lo vivido ni en Valparaíso ni en la décima región. Los recordé día a día, cuando veía los relojes en los restaurantes o en las ferias. Así como me fui, decidí volver, asumiendo las consecuencias. Durante el viaje pensé en que me dirían que fui una malagradecida, que ya las excusas no bastan, que les rompí el corazón a ambos, porque en el fondo siempre supe que Andrés me quería, pero cedió el puesto de amante a su hermano enfermo. Lo que me ¿enamoró? De Antonio, fue que era un ser más desvalido que yo, y menos acerbo.
Al llegar hasta la casa que algún día fue de los tres más felices, toqué el timbre, como no me abrieron golpeé la puerta con fuerza. A los minutos salió Andrés, con una barba descuidada, los ojos caídos, el aspecto de un hombre que vive en la calle. No me reconoció. Tuve que decirle quien era. Él me miró intentando buscar algo en mis facciones que le recordara alguna cosa, cuando lo consiguió me dio la mano y me hizo entrar. La casa parecía el mal dibujo de lo que fue un día. Las paredes estaban agujereadas por las termitas, el piso tenía kilos de polvo, los relojes estaban casi todos parados, la mayoría tenía horas diferentes.
-¿Y Antonio?- Pregunté cuando nos sentamos. En ese momento Andrés se derrumbó sobre la mesa. Intenté consolarlo para que me contara qué había sucedido. Cuando lo conseguí escuché la historia que no quería oír.
- El día en que te fuiste a Antonio se le cayó el mundo a pedazos. Dijo que llegó con un presentimiento a la casa, cuando no te encontró tiró las bolsas y partió corriendo al terminal. Le preguntó a la gente si te había visto. El vendedor de bebidas le dijo que una mujer de tus características ya se había ido. Cuando le preguntó el destino del bus, dijo que no se acordaba. Llegó a la casa derrotado, lo vi mal. Esa sonrisa tan típicamente infantil suya se le apagó durante meses. Eso no es lo peor. Cuando por fin logró recuperarse, ya estaba de mejor humor, con buen semblante, y mejor salud, tuve que hacer un viaje a Argentina para conseguir matute. Me fui por dos semanas. Lo llamaba cada día. Viajé de sur a norte, llegué a un pequeño pueblo que se llamaba O´Higgins…
En eso paró la narración para ir hasta otra pieza para traer una botella de pisco. La abrió y bebió del gollete. Me la pasó. Bebí un trago.
Retomó la historia.
“El lugar era bonito, yo nunca había salido de Chile, había sapos, cuyes, iguanas por todos lados. Me enamoré de una mujer. Una rubia descendiente de italianos que cocinaba masas todos los días. Los sistemas de comunicación eran pésimos. Había solo tres casetas de teléfonos que estaban en mal estado. Cuando lograron habilitar una luego de una semana sin tener noticias de Antonio, llamé a la casa y nadie contestó. En ese minuto decidí volver. Temí lo peor. A los dos días cuando pisé Concepción con la angustia más grande de mi vida, corrí por cuadras hasta abrir la puerta de un empujón. No había nadie en la casa. Salí a la calle rumbo al almacén. La mujer que trabajaba conmigo en cuanto me vio estalló en llanto.”
Bebimos otro sorbo de la botella, esta vez con más fiereza porque intuía lo que se venía.
Al calmar su llanto me dijo que Antonio había muerto. Que le avisaron unos arrendatarios de las piezas, que fue inmediatamente y lo encontró con los labios morados, el cuerpo rígido, sin signos vitales. Que trataron de ubicarme infructuosamente en el último hotel donde me hospedé en Junín. A los tres días, nuestro amigo del café dio la orden de que se le diera inhumación. Ya no podían esperarme y las opciones de que despertara eran nulas, había pasado el tiempo para que alguien con catalepsia despertara. Lo velaron en la parroquia del centro, asistieron algunos amigos de la familia y gente que nos conocía. Pusieron una foto suya sobre el cajón. El rictus mortis era de quien dormía plácidamente. Encontraron los papeles de nuestra sepultura, la empleada del negocio pagó los costos fúnebres. No pudo pagar un ataúd de los más caros, pero se fue digno y bien vestido.
-Como un loco llegué al cementerio a llorar sobre la tumba. Alguien conocido me llevó a casa y me dio una tableta para los nervios. El tic tac de los relojes me volvía loco. Entré a su cuarto a oler sus camisas. Ahí fue cuando encontré su diario y me puse a leerlo. Dicen que mis aullidos de dolor se escucharon en toda la cuadra. Cuando dieron las tres de la mañana salí enajenado rumbo al campo santo. Estaba cerrado como me lo temía, así que salté la pandereta armado con un chuzo que saqué de la casa. Desprendí la tapa que aún no tenía cemento, la tiré a un lado. No sé de adonde saqué tanta fuerza si era pesada como un tonel. Escarbé en la tierra durante dos horas hasta que di con la urna. Tomé aire y abrí la tapa. Lo primero que vi fueron sus ojos, llenos de espanto. Luego su cara, donde sus manos enterradas habían desgarrado parte de la piel la boca estaba abierta, como gritando. Azoté la cabeza contra el pavimento con fin de matarme, hasta que llegó un guardia alertado por los gritos. Me dejó tendido mientras yacía desmayado. Buscó en mi ropa algún teléfono. Fueron a buscarme. Me internaron en el hospital, pasé sedado bastante tiempo.
Para cuando terminó de hablar yo ya había caminado hacia la puerta y él no se había percatado.
La última parte la escuché desde el patio que ahora estaba lleno de escombros. Tal como me vine afirmé mi bolso bajo el brazo y caminé nuevamente a buscar un bus. Ese día supe que por más que intentara huir, un mal recuerdo me perseguiría para siempre. Decidí volver a embellecer el jardín y amar a Andrés.
No lo conseguí. A la mañana siguiente tenía un pasaje con destino al norte.
























