Dos Zanahorias
Tags: Ciencia, Diccionario de Bestias Magníficas, Droga, Locademia de Imbéciles, santos de civilEste 2012 tendremos una nueva sección en LGA: Ficciones de temáticas varias, escritas por Carlos Moyab e ilustradas por l’enfant terrible de la acuarela argentina, don Andrés Casciani. El proyecto aún no tiene nombre e inicialmente tendrá un carácter quincenal.
Partimos con “2 Zanahorias”.
Era una tarde cualquiera. Una más del verano infernal por el que atravesaba Santiago. La gente comenzaba a salir de sus trabajos y, como cada día, las muchachas del café se preparaban para recibir al ejército de oficinistas sedientos que pasarían a refrescarse antes de volver a sus casas. A esa hora aún había pocos clientes. Tres mesas ocupadas, dos personas sentadas en la barra. Una de las chicas recorría las mesas mientras las otras dos revisaban sus correos en la computadora.
De pronto un enorme conejo apareció en el lugar. Los pocos que lo vieron entrar creyeron que se trataba de un chiste. Un niño disfrazado de conejo que pasaría por las mesas dejando calendarios o rosas a cambio de una moneda. Por su tamaño más que un conejo parecía un orangután. Medía más de un metro cincuenta, sentado, como suelen permanecer los conejos. Sus patas enormes parecían las pantuflas de un payaso. Avanzó entre las miradas de asombro y de un salto se acomodó en una de las sillas.
-No trae cadena- dijo una de las meseras.
-No seas imbécil. Ve y pregúntale qué quiere.
-¿Yo? ¡Pero por qué yo!
-Porque a ti te toca. Y porque eres la nueva…
La mesera gruñó y fue lentamente hacia la mesa donde el conejo había depositado toda su conejidad. Los presentes la miraban expectantes, como quien mira a alguien que va a probar la última llave para ganar un concurso; O a desactivar una bomba.
-¿Qué se va a servir señor conejo?- preguntó la joven, torpe.
En el silencio incómodo, mesera y conejo se quedaron mirando. A la joven las manos le sudaban heladas. Los párpados trémulos; las fosas de la nariz se le dilataban rítmicamente a imitación involuntaria de las del conejo, que sondeaba el aire en busca de quién sabe qué estímulo. En esa misma mesa, los clientes previos a tan extraña visita habían dejado en el cenicero un cigarrillo que aún se consumía lento. La ceniza permanecía en un frágil equilibrio.
Con un ademán el conejo le señaló el lápiz de la solapa y ella se lo entregó. El conejo lo tomó y anotó algo en una servilleta, le hizo tres dobleces y se la tendió. La mano de la muchacha avanzó vacilante hasta hacer contacto con la suave pata. La mesera apretó el papel con los dedos y retiró la mano ipso facto, como si las pezuñas del animal hubiesen estado tan afiladas que bastó ese contacto breve, casi a nivel atómico, para producirle un dolor punzante.
Una mujer observaba la escena desde la barra. Apenas la mesera se alejó ella avanzó hacia la mesa. ¿Puedo? Preguntó, entornando los ojos. El conejo ni chistó.
Encendió un cigarrillo y con un movimiento ceremonial se acomodó el escote hasta que las tetas le estuvieron a punto de salir disparadas.
-¡Que eres lindo tú!- exclamo, alegre- ¿Tienes nombre?
El conejo parpadeó. Esa pudo ser su respuesta.
La mujer bebió de su trago y le acercó la copa al hocico. El conejo olfateó y tímido remojó la lengua en el líquido. Abrió los ojos sorprendido y volvió a probar.
La mujer estalló en risas, y aplaudiendo se acercó hasta quedar palmo a palmo con él. Restregándose contra el suave pelaje respiró hondo. Acariciándole la nuca le habló al oído:
-Yo te cuidaría. Te daría de comer. No tendrías de qué preocuparte. No te estoy pidiendo que me ames, sólo que me brindes un rato agradable, que me dejes quererte.
El conejo permaneció inmutable. Con suerte movió un poco los bigotes.
La mujer se excusó para ir al baño y el conejo aprovechó de cambiarse a una mesa cercana a la ventana y se quedó un instante observando la calle. Cuando volvió su atención al interior la mujer ya se había arrimado a otra mesa. Conversaba con un tipo. Le decía más o menos lo mismo.
Desde la barra las meseras miraban la escena con recelo. La que oficiaba de dj fue alternando la música, expectante de alguna señal. Se detuvo cuando el conejo alzó bruscamente las orejas y su enorme pata comenzó a moverse rítmicamente.
Un fuerte frenazo en la calle acaparó todas las miradas. Las orejotas del conejo se volvieron a enderezar y una expresión de asombro-susto dejó a la vista sus enormes dientes. De un salto corrió a guarecerse tras la pared. Los presentes se quedaron mirándolo pasmados. De una destartalada camioneta descendió un hombre armado de una escopeta y entró al bar resoplando, con los ojos desorbitados y sudoroso. Algo preguntó en un español precario. El conejo avanzó hacia la puerta sigilosamente sin darle en ni un instante la espalda. El hombre al notar que todos miraban hacia el mismo punto volteó y entonces el conejo saltó raudo hacia la calle, volteando mesas y botellas. El hombre hábilmente enristró el arma y percutó dos veces. Un puñado de palomas alzaron el vuelo histéricas, mientras el conejo giraba veloz en la esquina. Un ventanal y un par de maceteros estallaron a la vez que la mujer del escote se desvanecía sobre, curiosamente, los brazos de su nuevo galán. El tipo de la escopeta corrió hacia la esquina y realizó dos disparos más. Luego maldijo en un idioma que podría ser alemán. Se agachó a revisar el piso. Nada de sangre, sólo un par de heces perfectamente esféricas, del tamaño de una pelotita de golf, y unas cuantas motas de pelo pardo y blanco, probablemente de la cola.
Recogió los cartuchos de los tiros y entró nuevamente al bar. Paralizados de pánico los parroquianos y las meseras trataban de no hacer nada que llamase la atención del desquiciado. El hombre se quitó la gorra de cazador, dejando a la vista su prominente calva, cercada por pequeñas porciones de pelo rubio que sobrevivía en sus parietales como una diadema de paja.
-Dónde ir conejo- bramó. Todos se encogieron de hombros. Las meseras miraban apuntando con sus mentones a la que le tocó hacer el pedido del conejo, que a esas alturas, con el cúmulo de distracciones, jamás llegó a destino. La pobre estaba lívida, con las piernas a punto de ceder. Buscó temblorosamente entre las comandas, dejando caer unas cuantas, hasta que dio con la indicada y se la entregó al hombre sin mirarlo a los ojos.
-No entender un carajo. Lee tú- ordenó.
La muchacha miró el papel y lo que vio le pareció la caligrafía de un niño de primero básico, o de un enfermo mental. Con dificultad y algo de imaginación logro desencriptar lo ahí escrito.
-Ahí dice dos zanahorias, señor.
























