Frío
Tags: balon de gas, frio, invierno, Locademia de Imbéciles, scaldasonoDios bendito, pero que mañana tan helada. Mediados de julio. Un hato de estupideces climáticas, entre ellas un tal fenómeno del niño, han hecho de este invierno un verdadero infierno (si, un infierno, los primeros círculos según Dante son glaciales). En Santiago no nieva, pero se intuye allá afuera algún témpano perdido en el viento blanco y sobre él un puto pingüino empollando un huevo muerto. El hielo engrosa el vidrio por ambos lados de la ventana y contra esa costra hialina los árboles bailan y chasquean sus hojas al ritmo del viento que arrecia. Me quedaría en cama, sepultado bajo esta colina de frazadas y chaquetas (hasta una alfombra me tiré anoche encima, pero soñando que me follaba a una gorda terminé tirándola al suelo) por lo menos hasta que se asome el equinoccio y con él el sol, pero si no me levanto ahora mismo encontraré el banco cerrado y no alcanzaré a cambiar el cheque con el dinero que le rogué a mi padre so pretexto visitar al médico…
Si no lo hago sería mi tercera semana sin gas, el mismo tiempo que llevo sin bañarme. En esa última ducha Priscilla tuvo que zarandear el balón amarillo de Abastible hasta que el calefont arrancó tímido. Sus brazos enérgicos lograron soltar los últimos suspiros de gas arrebujados en las concavidades del frío metal. Esto me permitió un par de minutos bajo un chorro tolerable. Después sólo gritos y espasmos bajo una lluvia de estalactitas. El ruido de unas piedrecillas rodando al fondo del balón alertó a Priscilla. ¡Estos desgraciados nos están robando!, acusó a gritos desde la cocina, secándose la frente transpirada con el repollo de su blusa arremangada. Me vestí ágilmente y fuimos de inmediato al teléfono de la esquina a llamar a la compañía. Una amable señorita contestó y nos pidió que le explicáramos nuestra situación. Priscilla sonrió malévolamente y comenzó un relato en que resaltaban palabras como robo, inoperantes, sinvergüenzas, abogados, demanda, indemnización. La señorita escuchaba pacientemente y le pedía que se calmara. Esto azuzó aún más a Priscilla. Comenzó a llamarla puta, culisuelta, cerda judía. No paró de basurearla hasta que la pobre rompió en llanto. No es mi culpa -sollozaba- yo sólo contesto el teléfono ¡y no soy judía! . Priscilla se largó a reír. Pensé que dejaría de torturarla y la tranquilizaría diciéndole que se trataba de una broma, pero por el contrario continuó increpándola hasta que la pobre le colgó sumida en un ataque de histeria. Esa tarde nos visitó una pareja de amigos y Priscilla les reprodujo todo el diálogo que tuvo con esa pobre funcionaria. Cada cuanto hacía una pausa para llenar de vino las copas y me interpelaba para que legitimara su historia, yo asentía con la cabeza, convencido de que vivía con una loca. Relataba con un entusiasmo que sólo he visto en mis amigos cuando descubren un prostíbulo o en los niños al contar sus peleas. Para nuestra sorpresa dos días después un técnico llamaba al timbre. Llevaba un cortaviento con una piocha de Abastible en el pecho y por su semblante pudimos ver que odiaba su trabajo. Nos saludó parcamente y con una pesa digital revisó el balón. Mientras calibraba el aparato Priscilla repitió en un lenguaje suave lo mismo que le dijo a la telefonista.Ante nuestra atenta mirada el técnico se largó a reír: las piedrecillas no alcanzaban a pesar dos gramos.

























Agosto 19th, 2010 at 15:50
chimuchunflisurri.