La vecina Mercedes (extracto de “Los Griegos”)

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pastorExtrañas coincidencias cambiaron diametralmente la vida de la vecina Mercedes y de paso la de varias familias del barrio, incluynedo a los Espinoza. Un buen día Panchito, el único hijo de la vecina Mercedes, renunció a la esquina donde vegetaba junto a los demás holgazanes de su edad. Esa mañana volvió a sacarle dinero de la chauchera a su madre, pero en vez de gastarlo en pilsener y pasta base como de costumbre, se fue a una peluquería a cortarse sus espantosos dread locks y a afeitarse. Buscó en el armario uno de los trajes que había dejado su padre y salió a buscar un trabajo. Un mes después el INP notificaba a la vecina Mercedes de la trágica muerte de su marido en una faena minera en el norte, y de la pensión que por ser legalmente su cónyuge le correspondía. Todo habría quedado sólo como una justa compensación del Destino, que hasta ese día parecía haberse ensañado especialmente con esa pobre mujer, de no haberle abierto la puerta una semana antes a un par de viejitas pentecostales que fumigaban el barrio con la palabra del Señor. Mercedes identificó a ese par de ángeles como las responsables del milagro que estaba obrando en su vida. A partir de ese día se consagró a la propagación del Evangelio. Comenzó a recorrer desesperada las calles narrando a los vecinos su experiencia y repartiendo trípticos que pregonaban la bondad del Señor y de paso la inminencia del Juicio Final y las nefastas consecuencias del pecado. Para los más aprensivos tenía como prueba de fe a su hijo, irreconocible tras su sorpresiva transformación…

Laura no hacía más que hablar del curioso caso de la señora Mercedes. ¿Lo recuerdas Tobías?, el Francisco, aquel vago impresentable que iba en el curso de Carlitos. Deberías verlo,-decía esperanzada- ahora es todo un caballero. Trabaja en un centro de llamados y la misma empresa le está costeando un curso de computación. Con la plata de su sueldo más la pensión, están planeando cambiarse de casa. ¿No es cierto Josesito?- interrogaba al niño, quien asentía sin desviar la mirada de lo que fuera que estuviera mirando. Al hablar, el rostro de Laura recobraba algo de la luz de antes. Tobías no lograba recordar la última vez que la vio tan entusiasmada. Reconoció la esperanza volviendo a irrigar los días de su mujer. Por eso y porque se sentía el gran responsable de que anteriormente la haya abandonado, aceptó acompañarla el domingo siguiente a la Iglesia.

-Tobías, ya son las nueve- lo despertó Laura dándole golpecitos en la frente. Tobías deshizo las legañas de sus ojos y la distinguió sonriente a los pies de la cama, sosteniendo el terno gris. Ella vestía su traje de gala y lucía las pocas joyas que escondía como un tesoro en un rincón recóndito del armario. Tomaron desayuno y salieron a tomar la micro. Un joven trasnochado le ofreció el asiento a Laura, pero ella se negó amablemente para no arrugar su vestido. Se bajaron de la micro frente al templo y entraron nerviosos tomados del brazo, cual pareja de novios. La enorme edificación estaba atiborrada de ruidosos fieles. Al fondo, sobre el tablado, se podía leer BENDECIDOS PARA BENDECIR, en letras gigantes y doradas que reverberaban bajo los tragaluces. A ambos lados del púlpito las banderas de Chile e Israel. A medida que se adentraban, la gente les daba la bienvenida con sonrisas y abrazos, como si de amigos de toda la vida se tratase. Apenas los divisó, la vecina Mercedes corrió a recibirlos y los empujó a conocer al pastor. Absalom Pereira, se presentó el hombre, con un grácil tono caribeño. No medía más de un metro sesenta y vestía como un playboy, de impecable traje blanco, y por su camisa floreada se dejaba entrever una gruesa cadena que resplandecía entre su vello pectoral. El cabello cano y correctamente peinado envolvía una asombrosa cara de sinvergüenza. Tobías inmediatamente reparó en las manos del pastor. Se veían tan suaves e impecables, cargando tanto oro en esos anillos grotescos. Al saludarse, la mano ríspida y agrietada de Tobías parecía una blasfemia. Ni el pequeño bastardo que tenía por nieto tenía las manos tan delicadas. Por un momento pensó que debía arrodillarse ante él y besarle uno por uno los anillos. Finalmente, después de saludar a la familia del pastor y a un mar de desconocidos, la vecina Mercedes los ubicó en una banca frente a ella y comenzó el culto.

En el internado de Lebu el sacerdote oficiaba la misa en latín. Con los brazos en alto enfrentaba al crucificado, de espaldas a los niños. Los diáconos permanecían atentos a que ningún niño fuera a dormirse y dejase de cantar o persignarse en el momento correcto. Ya en Santiago, las pocas veces que Tobías volvió a asomarse por una iglesia, la liturgia había evolucionado a un dinámico sermón casi coloquial, comandado por un cura comprensivo y amigo. Tobías nunca antes había participado en una iglesia que no fuera católica, y durante los primeros minutos del culto no detectó diferencia alguna, salvo, quizás, la atmósfera exageradamente festiva que imperaba en el lugar.

Sentado en esa banca, la memoria insistía en volver a las frías y húmedas mañanas de domingo allá en el sur, cuando los niños brotaban de las humeantes ranchas de madera y fonola, y corrían esquivando las pozas que se formaban en el ripio del camino, hasta la única casa en la que había un televisor. Don Froilán los esperaba con una serie de banquitas de madera dispuestas frente al despaturrado artefacto. Por una moneda podían ver Tarzán, Los tres chiflados, en la sucia pantalla que fluctuaba entre tonalidades de gris y de verde. Con lo poco que se distinguía bastaba para que los niños celebraran a gritos las astucias del héroe y las burradas de los comediantes. No faltaron las veces en que la batería se descargó o los transistores del televisor humearon, entonces don Froilán repartía golosinas a los niños para que no reclamaran el dinero de vuelta. Tobías suspiró complacido, nostálgico de la ingenuidad de aquellos años. La vecina Mercedes al sorprenderlo sonrió satisfecha. Para ella, aquel suspiro era una señal inequívoca de que el poder divino ya estaba interviniendo en su espíritu.

Entonaron salmos. Jovencitas recorrieron los pasillos recaudando la ofrenda con artilugios similares a raquetas de pesca. A Tobías le perturbaron los gritos y la extraña tendencia al llanto tanto de hombres como de mujeres. La banda dejó a un lado sus instrumentos y el maestro de ceremonias invitó al pastor Pereira a subir al escenario. Absalom dejó su chaqueta en su sillón y con una seguridad pasmosa subió corriendo en medio de una ovación. Pereira comenzó a declamar con vehemencia el sermón. Después de cada cliché alzaba el puño y la muchedumbre gritaba enardecida ¡Amén Señor!, ¡Aleluya!. En la banca de atrás la vecina Mercedes chillaba como una guacamaya, atomizando litros de saliva sobre la nuca de Tobías. Tobías la miraba de reojo, secándose el cuello con deseos de abofetearla, pero ella seguía saltando y berreando sin darse por aludida. Luego de otra tanda de salmos, el pastor Pereira invitó adelante a quienes estuvieran aquejados por algún mal o enfermedad. -Tobías, aprovecha- le dijo Laura, sorbiéndose los mocos, en alusión a tu lumbago crónico. -No seas ridícula. Oye ¿Estás llorando?- le preguntó Tobías extrañado, pero ella no se molestó en contestar, ya se dirigía con paso seguro hacia las manos afeminadas y milagrosas del pastor.

puente_julaUn batallón de enfermos y tullidos se formó sobre el escenario. Algunos iban con alguien que empujaba sus sillas de ruedas y sostenía sus botellas de oxígeno. El pastor Pereira se arremangó la camisa y con expresión de dolor elevó una ardorosa plegaria por los pobres desgraciados que tenía enfrente. El resto de fieles lo siguió como un orfeón de orates. La vecina Mercedes había pasado de los gritos a transmitir sinsentidos en una lengua ficticia. Krama,Krama Kramachizass, parloteaba la vieja con los brazos hacia el cielo. Todo en aquel galpón eran lamentos y gritos. Más que un templo de alabanza parecía el lobby de un rascacielos después de un atentado. El pastor Pereira paseaba frente a los enfermos, aleatoriamente elegía a uno y depositaba las manos en su cabeza. Los pobres caían de espaldas, fulminados por lo que debía ser el espíritu santo, Algunos minusválidos intentaron sin éxito levantarse de sus sillas de ruedas. El niño del oxígeno se quito por sus propios medios la mascarilla, pero un brutal acceso de tos obligó a su madre a conectarlo nuevamente. Desde esa ubicación, por más que se estirara y se pusiera de puntillas, Tobías no lograba divisar a Laura en el escenario,. De pronto la vibración del suelo y un ruido acusó una caída y Tobías se volteó a mirar. La vecina Mercedes tiritaba tendida en el piso. Tobías cruzó la banca para ayudarla a ponerse en pie. Apenas sintió el contacto de la mano de Tobías, la vieja abrió exageradamente sus ojos lúgubres y se aferró fuertemente a sus brazos, clavándole las uñas y acercándose a su rostro entonando ese mantra diabólico. La vieja estaba poseída por una fuerza sobrenatural que, a pesar de su edad y de sus miembros descalcificados, le permitía sobreponerse a la resistencia de Tobías hasta dejar su rostro a sólo centímetros del suyo. Abrió una boca enorme lanzando espumarajos, y cuando se aprestaba a clavarle su dentadura repugnante Tobías le descargo un fuerte palmetazo en la cabeza.-¡Sosiégate vieja de mierda! le gritó asustado. Por el caos reinante nadie se percató del grito ni del golpe. La vecina Mercedes volvió de su trance, se sentó, sacudió un par de veces la cabeza y se quedó mirando a Tobías algo confundida. Al reconocerlo le sonrió dulcemente. Antes de que mencionara palabra Tobías trotaba camino a la salida del templo, esquivando a los fieles que se deshacían en espasmos en el suelo y a los que deambulaban de un lado a otro, hablando en lenguas y tambaleándose como sonámbulos…

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