Fleet Foxes, tomar pilchas y volverse a las montañas
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Hay música que cuando la descubres se te impregna en la mente, el alma y hasta en la ropa, como el humo de la cannabis o el olor a sopaipillas (no estoy muy seguro si fue adecuada la analogía). Sonidos que entran a tu vida como aire fresco y que no puedes dejar de oír una y otra vez. En cada nueva canción te encuentras un pequeño tesoro, un manuscrito del Mar Muerto o un Arca de la Alianza atrapado en formato mp3. Son mementos únicos y memorables en los que aunque sea por un rato el fastidio se hace a un lado y te das cuenta que no has perdido la facultad de soñar y emocionarte.
Algo así me pasó hace unos meses cuando me tropecé en la web con Fleet Foxes, banda de Seattle (¿les suena esa ciudad?) etiquetada con el mote del Indie-folk; gringos barbones que parecen sacados de Woodstock o Monterey y que se han ganado un sitial importante gracias al boca en boca, sobre la base de guitarras, letras honestas y armonías vocales que por momentos te congelan el corazón.
Con un disco (homónimo) y un EP (‘Sun Giant’), los Fleet Foxes están consiguiendo en plena época del IPod recordarnos que la belleza es todavía un lugar posible en los trabajos musicales, como en los mejores discos de Crosby, Still, Nash & Young, Dylan, Beach Boys, Drake, por nombrar a algunos de sus referentes. Creadores geniales que a la vez reivindican la hermosura del canto en días en que sujetos como Michael Bublé se hacen ricos cantando sandías caladas de otros artistas. Pero eso es otra historia.
Fleet Foxes son montañas nevadas, zorros, osos pardos y fogatas al atardecer, pero no sólo eso. Sus canciones además están recubiertas de toda esa espiritualidad que aportan los arreglos corales y las armonías barrocas, destellos medievales que reposicionan la música en su lugar de origen, el arte, o quizás derechamente en la artesanía, como si cada composición fuera una delicada pieza de orfebrería. Mucho de eso hay también en las portadas elegidas tanto para el EP como para el álbum debut, en este caso el bello cuadro “Los proverbios flamencos” del pintor Pieter Brueghel el Viejo.
Resulta imposible escuchar su único disco y no quedarse pegado en canciones como “Oliver James” o “Blue ridge mountains”. Es precisamente esta última la que inspira el título de esta columna, por evocar paisajes maravillosos de cascadas, aire frío y monumentales riscos nevados. Escucho esta música y por un momento quiero seguir la senda de Zaratustra y volver a las montañas, de donde quizás nunca debí haber salido.
Blue ridge mountains
Videoclip de Mykonos
Mykonos from Grandchildren on Vimeo.























