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	<title>La Gran Arcada</title>
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	<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 18:21:35 +0000</pubDate>
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		<title>Aquella mujer que interpretaba los agónicos chispazos de neón</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 18:21:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Pablo Rumel]]></category>

		<category><![CDATA[Profecías]]></category>

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por Pablo Rumel
Miraba desde mi departamento cómo la enorme ciudad se desplegaba a lo largo del valle infecundo, emborronado por las calles laterales y las construcciones gigantescas. El gabinete del gobierno tecno-empresarial, imponente, dominaba toda la ciudad. He soñado con el colapso total de sus estructuras, con chispazos inaugurales de una nueva forma de hacer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2012/01/1205_4031.jpeg"><img class="aligncenter size-large wp-image-2696" title="1205_4031" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2012/01/1205_4031-665x1024.jpg" alt="1205_4031" width="308" height="471" /></a></p>
<p style="text-align: right;">por <strong>Pablo Rumel</strong></p>
<p>Miraba desde mi departamento cómo la enorme ciudad se desplegaba a lo largo del valle infecundo, emborronado por las calles laterales y las construcciones gigantescas. El gabinete del gobierno tecno-empresarial, imponente, dominaba toda la ciudad. He soñado con el colapso total de sus estructuras, con chispazos inaugurales de una nueva forma de hacer las cosas. No es que deteste en especial a los que detentan al poder, a la gente que acumula en sus escamosos estómagos piedras preciosas y brillantes. No me molesta que ellos tengan asegurados el porvenir de antemano, que puedan corregir la amnésica ciudad a destajo. Todos vivimos bien, todos tenemos seguros sociales, techo y comida. Todos somos autómatas pre-programados para no poder ser infelices. Pero siento que algo va mal. Siento un impulso cavernario, una vibración interior que me dice: estamos viviendo un mundo simulado. Hace unos cinco años comencé a trabajar en una fábrica de tuercas y pernos. Recuerdo que estaba en una máquina de fundición junto a un colega. No me puedo quejar, nos pagaban bien. Pero uno de esos días, ese colega accidentalmente hundió uno de sus codos en un recipiente de químicos altamente tóxicos. Su extremidad se le pulverizó casi al instante. Los gritos, los ruidos de alarma, martillearon el angosto y frío pasillo en el que nos desempeñábamos. Mi colega se desmayó casi en el acto. Su brazo era un muñón cauterizado con unas pequeñas gotas que goteaban por el piso. Llegaron los guardias y se lo llevaron a la enfermería. No lo volví a ver hasta una semana después. Apareció con un nuevo brazo mecánico, sonriente, empeñándose en sus labores con más eficacia que antes.</p>
<p>No está de más decirlo, pero trabajábamos unas cuatro horas diarias&#8230;</p>
<p><span id="more-2697"></span>Entrábamos en la mañana y a mediodía ya estábamos listos. Yo me iba a dar una vuelta a la Galería Comercial, comprándome ropa o algunos discos de jazz electrónico. En las noticias aparecía el periodista robot dando las últimas nuevas: subida de la moneda oficial, nueva creación de establecimientos industriales, dos intelectuales que se habían doctorado no sé en qué universidades, un nuevo descubrimiento que eliminaba para siempre la gripe.</p>
<p>Las enfermedades ya prácticamente no existían, solamente las de que se heredaban de padres a hijos. Pero la ingeniería genética  avanzaba a pasos de cíclope. Tarde o temprano también se erradicarían las enfermedades congénitas. Los antiguos libros de historia hablaban de problemas sociales, de huelgas, de motines contra el gobierno, de gente mendigando y sufriendo en las calles. Ya no ocurría nada de aquello. Pero yo sabía, no era una tarada, que había algo no podíamos ver.</p>
<p>Aquel día empecé a caminar por la zona limítrofe de la prefectura. Calles, edificios, guardias, todo era idéntico, hasta que atravesé esa invisible frontera. Las caras de las personas eran iguales: inexpresivas, utilitaristas, efectistas con el sistema de vida que teníamos. Las pantallas repetían una y otra vez los mensajes publicitarios, colgando al abismo de las techumbres de los rascacielos. Seguí avanzando. En algunos parques unos niños corrían dando vueltas en un carrusel, bajo la atenta mirada de los tutores que designaba el gobierno para tales tareas. Me detuve unos momentos ante una enorme pileta plateada, los chorros de agua me salpicaban en la cara. Bebí un poco y me mojé la nuca y los antebrazos. La temperatura era agradable, pero tras tantas horas de caminar me había acalorado un poco. Entonces, sentada en una banca de cristal, vi a un grupo de jóvenes rabiosos. Iban trajeados de negro, con macanas eléctricas y porras de silicio en las manos. Me sentí intimidada. No parecían ser parte de un carnaval. Se veían algo mugrosos y andrajosos, pero reales, con una furia contenida que parecía estar al borde de la locura. Conté unos veinte más o menos. Llevaban en una improvisada camilla a un joven herido. De lejos pude ver que iba seriamente dañado, con mucha sangre. Los jóvenes rabiosos pateaban los basureros y rompían las vitrinas de las multitiendas. Gritaban proclamas que no alcanzaba a entender. Algo de que todo era una gran mierda, una mentira, y que pronto algo nuevo y mejor florecería. Mucho más atrás de ellos aparecieron de pronto una larga corrida de policías androides. Apoyaron una rodilla en el suelo y sacaron unos largos tubos opacos y grises. De esas extrañas armas salió una presión que distorsionaba el aire. Un ruido ensordecedor casi me rompe los tímpanos. Los jóvenes se dispersaron rápidamente, cada uno en distintas direcciones. Sentí pánico, tenía que salir de ahí a como fuera lugar. Pero estaba paralizada, no podía moverme ni un centímetro. Detrás de las filas de los policías, sacaron de una furgoneta a un enorme y gordo policía, como un globo aerostático. Uno de los androides le introdujo un puño por la espalda, lo que provocó que de la barriga del policía se abriera una compuerta mecánica. Salieron de sus entrañas muchos perros pequeñitos, todos metálicos y resplandecientes. Eran como poodles pero con una mandíbula ancha y unos dientes gruesos y filudos. Salieron disparados en todas las direcciones. Mi cuerpo reaccionó, comencé a correr, quería salir de ahí, no entendía nada de lo que pasaba. Nunca antes había visto una represión de esa forma. Me refugié en una farmacia que estaba a pocos metros de ahí. Afuera me llegaban los gritos y más ruidos de explosiones. La gente, al interior de la farmacia, parecía seguir inmutada, escogiendo de los escaparates ansiolíticos, somníferos y vitaminas. Prácticamente era lo único que se vendía, además de parches y kits curativos en caso de accidentes.</p>
<p>En mi bota izquierda tenía un pedazo de papel adherido a la suela. Decía:</p>
<p><em>¿Cuándo fue la última vez que escuchaste el sonido del mar? ¿Cuándo contemplaste por última vez una cordillera nevada? Nos tienen cogidos del cuello. Únete a nuestra causa.</em></p>
<p>Seguí mirando desde el interior de los vidrios fluorescentes de la farmacia. Pensé que un mundo completo nos separaba. Que ellos no formaban parte de nuestra sociedad. Que la calaña éramos nosotros, no ellos. Me guardé el papel en la cartera y anoté una frase en mi block digital.</p>
<p><em>Si alguien pudiera hablarme mirándome a los ojos. ¿Qué cosas me diría?</em></p>
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		<title>Nunca sabemos cuando estamos muertos.</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jan 2012 14:59:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

		<category><![CDATA[aliceantoin]]></category>

		<category><![CDATA[natalia berbelagua]]></category>

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por Natalia Berbelagua
Había que ser hábil para no convertirse en delincuente o volverse loco. Nosotros lo supimos antes que todos por tener una vida cargada de miserias y desgracias. Nací bajo los nubarrones del último septiembre de mi padre, un mes antes de que falleciera producto de un disparo en la boca frente a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2012/01/1309984268_58546973_2-relojes-antiguosreparacionescompra-venta-quilmes1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2686" title="1309984268_58546973_2-relojes-antiguosreparacionescompra-venta-quilmes1" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2012/01/1309984268_58546973_2-relojes-antiguosreparacionescompra-venta-quilmes1.jpg" alt="1309984268_58546973_2-relojes-antiguosreparacionescompra-venta-quilmes1" width="300" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: right;">por <strong>Natalia Berbelagua</strong></p>
<p>Había que ser hábil para no convertirse en delincuente o volverse loco. Nosotros lo supimos antes que todos por tener una vida cargada de miserias y desgracias. Nací bajo los nubarrones del último septiembre de mi padre, un mes antes de que falleciera producto de un disparo en la boca frente a la municipalidad de Casablanca. A los catorce años me fui de la casa, pasé las primeras noches durmiendo en un departamento en ruinas que para mi suerte, tal vez mi única suerte en la vida, no había sido tomado por vagabundos y pastabaseros. Trabajé de garzona en una fuente de soda. Las propinas eran desgraciadas. Trabajaba doce horas para ganarme cuatro mil pesos diarios aguantando las propuestas sexuales de tipos que podían haber sido mi padre si no se hubiera muerto, o mi abuelo, si tampoco se hubiese muerto de cáncer. Me fui a Concepción sin tener ni un solo pariente o amigo que me recibiera. Cuando se traspasa la barrera del desapego poco importa donde se sufra. Eso lo aprendí a los dos meses de vivir como indigente.</p>
<p>En el terminal de buses conseguí un pasaje para las 7 de la tarde de un día jueves. Llegaría cerca de las 12 de la noche. A esa hora lo único que se encuentra para dormir son moteles con sábanas sucias y jabones con pelos. Siempre es mejor pensar en el resultado de las acciones que vas a tomar, así que me aboqué a imaginar un plácido descanso sobre el colchón, acurrucada en mi chaqueta. Durante la primera hora leí unos cuentos de Horacio Quiroga. Ese tipo sí que conoció la infelicidad. Hay gente que nace bajo una buena estrella, otra como él, que se levanta una y otra vez para sobrellevar la tragedia, pero que sabe que su destino está marcado con una cruz de sangre. Lástima que murió hace más de 70 años, de lo contrario me hubiese lanzado en su búsqueda por el Chaco.<span id="more-2685"></span></p>
<p style="text-align: left;">Cuando terminé su último cuento “La meningitis y su sombra” me habló el hombre que venía sentado a mi lado. Como estábamos tan solo separados por el apoyo de brazo, lo único que alcanzaba a ver eran sus manos, tan morenas que parecían cubiertas por guantes oscuros o escondidas bajo el abrigo. Tenía olor a colonia inglesa, su aliento era de quien fuma desde hace décadas. Me preguntó la hora. Mi reloj se había descompuesto, por eso no supe qué decirle, pero él con buena vista advirtió el problema.</p>
<p style="text-align: left;">-Se averió el reloj. Yo ya he cambiado de pila unas 4 veces este año. No pensé que duraran tan poco. Hace unas horas me ocurrió lo mismo. Casi pierdo el bus.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Tienes prisa por llegar?</p>
<p style="text-align: left;">-No demasiada, pero el tiempo es un asunto importante para mí. En cada momento trascendental de mis treinta años, he sabido la hora exacta. Al momento de haber muerto nuestra abuela, con quien vivíamos, se nos detuvo el reloj y el auto. Nunca más pudimos hacerlo andar, por eso nos movilizamos en bus yo y mi hermano, el que duerme en el asiento de enfrente. A ti no te gusta el tiempo. Te gusta leer.</p>
<p style="text-align: left;">-Leer es una forma de detener el tiempo o prolongarlo, quién sabe.</p>
<p style="text-align: left;">-Interesante. Si vieras nuestra casa, está llena de relojes, tenemos murales, análogos, digitales, de bolsillo, con números romanos, de arena, de cuarzo, despertadores de distintas épocas. Dicen que en Valparaíso hay uno muy bonito que se parece un poco a la torre de Londres.</p>
<p style="text-align: left;">- Tú piensas en el Turri, Yo sueño con el río Ancho. No saco de mi cabeza desde hace días al Bío Bío.</p>
<p style="text-align: left;">-A nosotros nos bañaron en ese río como una forma de bautizarnos. Fue un 15 de julio a las 9:45. Un tío nos llevó en su camioneta hasta donde se pudo y luego seguimos de a pie. Nos sumergieron a los dos en el agua fría por 15 minutos. Fue lo que pudimos aguantar, no queríamos morir de hipotermia. ¿Tienes parientes en Concepción? ¿Vas a visitar a alguien?<br />
-No, no tengo a nadie. Voy a probar suerte.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Tienes donde quedarte?</p>
<p style="text-align: left;">-No, aún no, tenía la esperanza de encontrar algún dato de pensión en el terminal de buses.</p>
<p style="text-align: left;">-Puedes quedarte en nuestra casa. Como estamos solos arrendamos piezas. Yo soy comerciante. Tengo un local de abarrotes. Mi hermano se hace cargo de la residencial. Te ofrezco que te quedes ahí, si no te gusta o estás incómoda puedes irte mañana temprano.</p>
<p style="text-align: left;">-Creo que me gustará, no estoy para regodearme.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Cómo te llamas?</p>
<p style="text-align: left;">-Ana. ¿Y tú?</p>
<p style="text-align: left;">-Andrés. Mi hermano se llama Antonio.</p>
<p style="text-align: left;">-Los tres nombres comienzan con A, eso sí que es una coincidencia.</p>
<p style="text-align: left;">-Tal vez lleguemos a ser tres buenos amigos, palabra que también comienza con A.</p>
<p style="text-align: left;">Fue la primera vez que esbocé una sonrisa en todo el viaje. Para ser honesta en la última semana. Me había convertido en una amarga. Perdí ese infantilismo, la espontaneidad que tanto le llamaba la atención a la gente. Soy un envase sin nada. Me quedé sin contenido.</p>
<p style="text-align: left;">***<br />
A las 12 y media arrivamos al rodoviario. Cuando encendieron las luces fue la primera vez que les vi las caras. Andrés era bastante más agraciado de lo que me imaginaba, tenía la piel morena, los ojos marrones, la nariz aguileña. Antonio no tenía tanta gracia como su hermano, pero su aire de indefensión, sumado unas pestañas largas y crespas le daban un aspecto apacible que he encontrado pocas veces en un hombre. Me ayudaron a cargar la maleta. Subimos a un taxi mientras conversábamos de las veces en que el bus aceleró de improviso, además de una frenada brutal cuando le hicimos el quite a un perro. Antonio reía mucho porque no se percató de nada. Con Andrés le relatamos las palabras intercambiadas durante el viaje. Él se mostró entusiasmado de que yo me quedara en su casa.</p>
<p style="text-align: left;">Llegamos a una construcción antigua, con un antejardín pequeño y mal cuidado, a una mampara con vitrales. Entramos arrastrando nuestro pesado equipaje, caminamos por un corredor lleno de puertas a los costados. En el salón principal había, como nunca me imaginé, una colección tan grande de relojes como para poner una tienda especializada. Estaban todos sincronizados. Jamás olvidaré que llegamos a la una de la mañana. Andrés me ofreció un café o un trago de Amaretto. Opté por lo segundo porque hacía un frío de la puta madre.</p>
<p style="text-align: left;">Mientras llenaba tres vasos pequeños exclamó luego de suspirar ronco.</p>
<p style="text-align: left;">-Esta es nuestra casa.</p>
<p style="text-align: left;">-Muy bonita tu casa. Se nota que aquí no viven mujeres, el jardín está un tanto descuidado. De todas maneras es muy acogedora. Aunque debo admitir que lo de los relojes me desquicia un poco.</p>
<p style="text-align: left;">-Te terminarás acostumbrando. Yo duermo poco por las noches, el tic tac de los relojes es la mejor pastilla inductora del sueño. Cuando me concentro en eso, me entrego. Dijo Antonio.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Hasta cuando piensas quedarte? Podemos, si quieres, mostrarte la ciudad. Sería bueno que vieras el mural de la Universidad- Agregó Andrés.</p>
<p style="text-align: left;">-No lo tengo definido. Puedo regresar en dos días o quedarme para siempre. Hasta que me den ganas de escapar. Esa es la consigna.</p>
<p style="text-align: left;">-Pues bien, esperemos que te quedes por mucho tiempo. Hagamos un brindis por nuestra nueva amiga.<br />
Y los tres cristales sonaron al mismo tiempo. No hubo risas. Todos nos observamos en silencio.</p>
<p style="text-align: left;">***<br />
Me dieron una habitación al fondo de la casa para tener más privacidad, dejaron sobre mi cama un par de sábanas limpias, un jabón de afrecho y una toalla de mano. La pequeña luz sobre el velador estaba encendida. Terminada nuestra tertulia me acosté de inmediato. Cada vez sentía los relojes más lejos, hasta que me dormí.<br />
Desperté temprano, la luz ya entraba por la ventana. Me arrepentí de no dejar las cortinas cerradas. Me levanté, me di una ducha y aparecí en el comedor. Ahí estaba Antonio, algo demacrado pero de buen humor.</p>
<p style="text-align: left;">-Buenos días inquilina.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Cómo amaneciste?</p>
<p style="text-align: left;">-La verdad es hora de que me trague mis palabras, anoche me costó mucho conciliar el sueño por culpa del ruido. Me quedé viendo televisión hasta tarde.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Y Andrés?</p>
<p style="text-align: left;">-Fue al negocio. Tenemos una dependienta, pero como nos ausentamos durante varios días quería ver que estuvieran las cosas en orden.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Qué hora es?-Pregunté</p>
<p style="text-align: left;">Antonio levantó la mano y la movió de izquierda a derecha, mostrándome los relojes.</p>
<p style="text-align: left;">-Perdón, es que me levanté algo distraída y confusa, tuve pesadillas.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Siempre las tienes?</p>
<p style="text-align: left;">-Generalmente. He visto imágenes realmente aterradoras. Pero prefiero no hablar de eso hasta después del desayuno.</p>
<p style="text-align: left;">Antonio partió rápidamente a la cocina. Llegó con una bandeja donde bailaban un té con leche, una panera con unas tostadas y pocillo con mermelada de mora. Fue mejor de lo que me esperaba.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Tienes planes para hoy?</p>
<p style="text-align: left;">-Ninguno. Pensaba caminar un rato por la ciudad.</p>
<p style="text-align: left;">-Podemos hacer eso, pero también puedo llevarte al café de un amigo en el centro.</p>
<p style="text-align: left;">-Me parece perfecto.</p>
<p style="text-align: left;">Tras el desayuno tomé mi bolso, en él iba el libro de Quiroga, unos cuantos billetes en una bolsa, caramelos, una foto de mi familia. Caminamos prácticamente toda la tarde. El café donde me llevó Antonio era realmente bonito. En él tocaban música de mi agrado así que lo tomé como un lugar para frecuentar. Durante el trayecto Antonio me preguntó algunos datos de mi vida, los que me negué a contestar. Sé que quedó intrigado, pero es mejor que no sepa, de lo contrario podría asustarse. Él se mostró relajado, compró unos algodones de azúcar al organillero, y sin decirme nada muy profundo sobre su vida pasada, me llevó al negocio de su hermano. Andrés tenía puestas unas gafas y revisaba un libro de contabilidad. Nosotros llegamos radiantes para alborotar el trabajo del negocio. Él se puso contento al vernos, aunque pude intuir en sus ojos algo parecido a la tristeza.</p>
<p style="text-align: left;">***</p>
<p style="text-align: left;">Una noche, cuando llevaba cerca de un mes viviendo en la vieja casa penquista, sentí que llamaron a mi puerta. Yo ya estaba acostada, leía un libro de Cesar Vallejo que compré en una librería de títulos usados. Era Antonio.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Puedo pasar?</p>
<p style="text-align: left;">-Adelante.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Podríamos conversar un poco? Tengo insomnio.</p>
<p style="text-align: left;">-Entra. Saca del closet una botella de Gin que está envuelta en papel de diario.</p>
<p style="text-align: left;">(Botella que ya estaba a la mitad producto de que cada noche bebía un corto para poder relajarme. Los relojes cada vez sonaban más fuerte en mi cabeza).</p>
<p style="text-align: left;">Bebimos varios tragos conversando sobre nuestros gustos. A mí me gustaba la música de piano, a él la guitarra. Me ofrecí para poner un disco. Cuando terminó ya estábamos un poco ebrios, Antonio se había recostado a mi lado y me acariciaba lentamente el brazo.</p>
<p style="text-align: left;">-Sé que voy a morirme.</p>
<p style="text-align: left;">-Todos sabemos eso.</p>
<p style="text-align: left;">-Pero puedo morirme en cualquier minuto y de la forma más terrible.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Estás enfermo? ¿Tienes cáncer? ¿Sida?</p>
<p style="text-align: left;">-Peor que eso. Mi corazón se ha paralizado unas cuatro veces. En tres de esas oportunidades me desmayé y dejé de vivir. La última vez fue en la mañana cuando dormía. Como mi hermano sabe de mi problema viene a verme cada día apenas se despierta. Llamó a la ambulancia. Los paramédicos dijeron que no se podía hacer nada. Andrés impidió que me dieran por muerto hasta que se cumplieran 48 horas. A la hora número 15 desperté. No recordaba nada.</p>
<p style="text-align: left;">-He leído historias así. Pero nunca conocí a nadie que tuviera algo como eso.</p>
<p style="text-align: left;">En fracción de segundos vino todo como una nube cargada de agua a mi cabeza. El deseo por Antonio, que cada vez era más agudo, el momento de su muerte que podía adelantarse si concretábamos ese deseo, la erección final. Me arrimé a su costado y acerqué su boca hasta la mía. Él temblaba no sé si de nervios o de miedo, pero cuando nos juntamos en un beso lento y mojado su piel dejó de erizarse. Me tomó y se aferró a mí con desesperación. En el momento crucial sus jadeos eran cada vez más fuertes y roncos. Su corazón palpitaba como si hubiese corrido la maratón. No me detuve. Despertamos desnudos a la mañana siguiente. Andrés como de costumbre, fue a verlo a su pieza, como no lo encontró supuso que estaba en la mía, era evidente que un día, más temprano que tarde, abriríamos los ojos abrazados.<br />
Desde ese día comenzamos a dormir juntos, Antonio trasladó algunas de sus pertenencias hasta mi pieza, entre ellas un diario de vida, con una etiqueta en la portada que decía Adiós mundo cruel. Me admiré de que aún tuviera sentido del humor. Al parecer se estaba preparando para el desenlace, dato que corroboré al leer los cinco primeros encabezados. Mi último día 1…5.<br />
Lo leí a los dos meses del cambio. Para esos días, yo experimentaba dos clases de sentimientos que me tenían aturdida. Una sensación de dependencia emocional, que en buenas palabras podríamos llamarle amor, y como consecuencia de esto un deseo irrefrenable de arrancar. En las primeras semanas de constituirnos como pareja hice oídos sordos a las voces fantasmales que me decían que me fuera, pero en vez de erradicarlos se fueron acrecentando. Cuando ya no pude obviarlos porque era en lo único que pensaba decidí partir. Antonio había salido para comprar algunos víveres. Tomé el bolso, guardé los libros, alguna ropa, le dejé una nota sobre la cama. No decía más que Gracias.</p>
<p style="text-align: left;">Tal vez fui un poco dura. Pero es la única forma en que sé hacer las cosas. Tomé un taxi hasta el terminal, subí al primer bus que encontré temiendo que Antonio pudiera llegar a buscarme. Con los ojos llorosos y aguantando la pena me senté y miré por la ventana. Desde lejos se veía la casa. Me pareció verlo llegar, con unas bolsas en las manos. Tal vez lo imaginé. Es lo más probable.</p>
<p style="text-align: left;">***</p>
<p style="text-align: left;">Pasaron dos años desde que me fui. Estuve viviendo en Puerto Montt. Desde mi pieza veía la isla Tenglo, con su cruz en la cima, cuidando a los pescadores. Rearmé mi vida. Tuve relaciones esporádicas, amigos sexuales más que novios o enamorados. En algunas noches mirando Angelmó pensaba en Antonio, en Andrés, en lo buenos amigos que fuimos, en el jardín que dejé lleno de Hortensias florecidas. En el profundo cariño que sentí aquella vez y que no se comparaba con nada de lo vivido ni en Valparaíso ni en la décima región. Los recordé día a día, cuando veía los relojes en los restaurantes o en las ferias. Así como me fui, decidí volver, asumiendo las consecuencias. Durante el viaje pensé en que me dirían que fui una malagradecida, que ya las excusas no bastan, que les rompí el corazón a ambos, porque en el fondo siempre supe que Andrés me quería, pero cedió el puesto de amante a su hermano enfermo. Lo que me ¿enamoró?  De Antonio, fue que era un ser más desvalido que yo, y menos acerbo.</p>
<p style="text-align: left;">Al llegar hasta la casa que algún día fue de los tres más felices, toqué el timbre, como no me abrieron golpeé la puerta con fuerza. A los minutos salió Andrés, con una barba descuidada, los ojos caídos, el aspecto de un hombre que vive en la calle. No me reconoció. Tuve que decirle quien era. Él me miró intentando buscar algo en mis facciones que le recordara alguna cosa, cuando lo consiguió me dio la mano y me hizo entrar. La casa parecía el mal dibujo de lo que fue un día. Las paredes estaban agujereadas por las termitas, el piso tenía kilos de polvo, los relojes estaban casi todos parados, la mayoría tenía horas diferentes.</p>
<p style="text-align: left;">-¿Y Antonio?- Pregunté cuando nos sentamos. En ese momento Andrés se derrumbó sobre la mesa. Intenté consolarlo para que me contara qué había sucedido. Cuando lo conseguí escuché la historia que no quería oír.</p>
<p style="text-align: left;">- El día en que te fuiste a Antonio se le cayó el mundo a pedazos. Dijo que llegó con un presentimiento a la casa, cuando no te encontró tiró las bolsas y partió corriendo al terminal. Le preguntó a la gente si te había visto. El vendedor de bebidas le dijo que una mujer de tus características ya se había ido. Cuando le preguntó el destino del bus, dijo que no se acordaba. Llegó a la casa derrotado, lo vi mal. Esa sonrisa tan típicamente infantil suya se le apagó durante meses. Eso no es lo peor. Cuando por fin logró recuperarse,  ya estaba de mejor humor, con buen semblante, y mejor salud, tuve que hacer un viaje a Argentina para conseguir matute. Me fui por dos semanas. Lo llamaba cada día. Viajé de  sur a norte, llegué a un pequeño pueblo que se llamaba O´Higgins…</p>
<p style="text-align: left;">En eso paró la narración para ir hasta otra pieza para traer una botella de pisco. La abrió y bebió del gollete. Me la pasó. Bebí un trago.</p>
<p style="text-align: left;">Retomó la historia.</p>
<p style="text-align: left;">&#8220;El lugar era bonito, yo nunca había salido de Chile, había sapos, cuyes, iguanas por todos lados. Me enamoré de una mujer. Una rubia descendiente de italianos que cocinaba masas todos los días. Los sistemas de comunicación eran pésimos. Había solo tres casetas de teléfonos que estaban en mal estado. Cuando lograron habilitar una luego de una semana sin tener noticias de Antonio, llamé a la casa y nadie contestó. En ese minuto decidí volver. Temí lo peor. A los dos días cuando pisé Concepción con la angustia más grande de mi vida, corrí por cuadras hasta abrir la puerta de un empujón. No había nadie en la casa. Salí a la calle rumbo al almacén. La mujer que trabajaba conmigo en cuanto me vio estalló en llanto.&#8221;</p>
<p style="text-align: left;">Bebimos otro sorbo de la botella, esta vez con más fiereza porque intuía lo que se venía.</p>
<p style="text-align: left;">Al calmar su llanto me dijo que Antonio había muerto. Que le avisaron unos arrendatarios de las piezas, que fue inmediatamente y lo encontró con los labios morados, el cuerpo rígido, sin signos vitales. Que trataron de ubicarme infructuosamente en el último hotel donde me hospedé en Junín. A los tres días, nuestro amigo del café dio la orden de que se le diera inhumación. Ya no podían esperarme y las opciones de que despertara eran nulas, había pasado el tiempo para que alguien con catalepsia despertara. Lo velaron en la parroquia del centro, asistieron algunos amigos de la familia y gente que nos conocía. Pusieron una foto suya sobre el cajón. El rictus mortis era de quien dormía plácidamente. Encontraron los papeles de nuestra sepultura, la empleada del negocio pagó los costos fúnebres. No pudo pagar un ataúd de los más caros, pero se fue digno y bien vestido.</p>
<p style="text-align: left;">-Como un loco llegué al cementerio a llorar sobre la tumba. Alguien conocido me llevó a casa y me dio una tableta para los nervios. El tic tac de los relojes me volvía loco. Entré a su cuarto a oler sus camisas. Ahí fue cuando encontré su diario y me puse a leerlo. Dicen que mis aullidos de dolor se escucharon en toda la cuadra. Cuando dieron las tres de la mañana salí enajenado rumbo al campo santo. Estaba cerrado como me lo temía, así que salté la pandereta armado con un chuzo que saqué de la casa. Desprendí la tapa que aún no tenía cemento, la tiré a un lado. No sé de adonde saqué tanta fuerza si era pesada como un tonel. Escarbé en la tierra durante dos horas hasta que di con la urna. Tomé aire y abrí la tapa. Lo primero que vi fueron sus ojos, llenos de espanto. Luego su cara, donde sus manos enterradas habían desgarrado parte de la piel la boca estaba abierta, como gritando. Azoté la cabeza contra el pavimento con fin de matarme, hasta que llegó un guardia alertado por los gritos. Me dejó tendido mientras yacía desmayado. Buscó en mi ropa algún teléfono. Fueron a buscarme. Me internaron en el hospital, pasé sedado bastante tiempo.</p>
<p style="text-align: left;">Para cuando terminó de hablar yo ya había caminado hacia la puerta y él no se había percatado.</p>
<p style="text-align: left;">La última parte la escuché desde el patio que ahora estaba lleno de escombros. Tal como me vine afirmé mi bolso bajo el brazo y caminé nuevamente a buscar un bus. Ese día supe que por más que intentara huir, un mal recuerdo me perseguiría para siempre. Decidí volver a embellecer el jardín y amar a Andrés.</p>
<p style="text-align: left;">No lo conseguí. A la mañana siguiente tenía un pasaje con destino al norte.</p>
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		<title>Dos Zanahorias</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jan 2012 04:53:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Carlos Moyab]]></category>

		<category><![CDATA[Diccionario de Bestias Magníficas]]></category>

		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<category><![CDATA[Locademia de Imbéciles]]></category>

		<category><![CDATA[santos de civil]]></category>

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		<description><![CDATA[
Este 2012 tendremos una nueva sección en LGA: Ficciones de temáticas varias, escritas por Carlos Moyab e ilustradas por l&#8217;enfant terrible de la acuarela argentina, don Andrés Casciani. El proyecto aún no tiene nombre e inicialmente tendrá un carácter quincenal.
Partimos con &#8220;2 Zanahorias&#8221;.
Era una tarde cualquiera. Una más del verano infernal por el que atravesaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="nofollow me" href="http://andrescasciani.blogspot.com/" target="_blank"><img class="aligncenter size-full wp-image-2679" title="2-zanahoriasmail" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/12/2-zanahoriasmail.jpg" alt="2-zanahoriasmail" width="337" height="622" /></a></p>
<h5>Este 2012 tendremos una nueva sección en LGA: Ficciones de temáticas varias, escritas por <a href="http://teratocracia.wordpress.com/">Carlos Moyab</a> e ilustradas por <em>l&#8217;enfant terrible</em> de la acuarela argentina, don <a href="http://andrescasciani.blogspot.com/">Andrés Casciani</a>. El proyecto aún no tiene nombre e inicialmente tendrá un carácter quincenal.</h5>
<h5>Partimos con &#8220;2 Zanahorias&#8221;.</h5>
<p>Era una tarde cualquiera. Una más del verano infernal por el que atravesaba Santiago. La gente comenzaba a salir de sus trabajos y, como cada día, las muchachas del café se preparaban para recibir al ejército de oficinistas sedientos que pasarían a refrescarse antes de volver a sus casas. A esa hora aún había pocos clientes. Tres mesas ocupadas, dos personas sentadas en la barra. Una de las chicas recorría las mesas mientras las otras dos revisaban sus correos en la computadora.</p>
<p>De pronto un enorme conejo apareció en el lugar. Los pocos que lo vieron entrar creyeron que se trataba de un chiste. Un niño disfrazado de conejo que pasaría por las mesas dejando calendarios o rosas a cambio de una moneda. Por su tamaño más que un conejo parecía un orangután. Medía más de un metro cincuenta, sentado, como suelen permanecer los conejos. Sus patas enormes parecían las pantuflas de un payaso. Avanzó entre las miradas de asombro y de un salto se acomodó en una de las sillas.</p>
<p>-No trae cadena- dijo una de las meseras.</p>
<p>-No seas imbécil. Ve y pregúntale qué quiere.</p>
<p>-¿Yo? ¡Pero por qué yo!</p>
<p>-Porque a ti te toca. Y porque eres la nueva&#8230;</p>
<p><span id="more-2662"></span></p>
<p>La mesera gruñó y fue lentamente hacia la mesa donde el conejo había depositado toda su conejidad. Los presentes la miraban expectantes, como quien mira a alguien que va a probar la última llave para ganar un concurso; O a desactivar una bomba.</p>
<p>-¿Qué se va a servir señor conejo?- preguntó la joven, torpe.</p>
<p>En el silencio incómodo, mesera y conejo se quedaron mirando. A la joven las manos le sudaban heladas. Los párpados trémulos; las fosas de la nariz se le dilataban rítmicamente a imitación involuntaria de las del conejo, que sondeaba el aire en busca de quién sabe qué estímulo. En esa misma mesa, los clientes previos a tan extraña visita habían dejado en el cenicero un cigarrillo que aún se consumía lento. La ceniza permanecía en un frágil equilibrio.</p>
<p>Con un ademán el conejo le señaló el lápiz de la solapa y ella se lo entregó. El conejo lo tomó y anotó algo en una servilleta, le hizo tres dobleces y se la tendió. La mano de la muchacha avanzó vacilante hasta hacer contacto con la suave pata. La mesera apretó el papel con los dedos y retiró la mano ipso facto, como si las pezuñas del animal hubiesen estado tan afiladas que bastó ese contacto breve, casi a nivel atómico, para producirle un dolor punzante.</p>
<p>Una mujer observaba la escena desde la barra. Apenas la mesera se alejó ella avanzó hacia la mesa. ¿Puedo? Preguntó, entornando los ojos. El conejo ni chistó.</p>
<p>Encendió un cigarrillo y con un movimiento ceremonial se acomodó el escote hasta que las tetas le estuvieron a punto de salir disparadas.</p>
<p>-¡Que eres lindo tú!- exclamo, alegre- ¿Tienes nombre?</p>
<p>El conejo parpadeó. Esa pudo ser su respuesta.</p>
<p>La mujer bebió de su trago y le acercó la copa al hocico. El conejo olfateó y tímido remojó la lengua en el líquido. Abrió los ojos sorprendido y volvió a probar.</p>
<p>La mujer estalló en risas, y aplaudiendo se acercó hasta quedar palmo a palmo con él. Restregándose contra el suave pelaje respiró hondo. Acariciándole la nuca le habló al oído:</p>
<p>-Yo te cuidaría. Te daría de comer. No tendrías de qué preocuparte. No te estoy pidiendo que me ames, sólo que me brindes un rato agradable, que me dejes quererte.</p>
<p>El conejo permaneció inmutable. Con suerte movió un poco los bigotes.</p>
<p>La mujer se excusó para ir al baño y el conejo aprovechó de cambiarse a una mesa cercana a la ventana y se quedó un instante observando la calle. Cuando volvió su atención al interior la mujer ya se había arrimado a otra mesa. Conversaba con un tipo. Le decía más o menos lo mismo.</p>
<p>Desde la barra las meseras miraban la escena con recelo. La que oficiaba de dj fue alternando la música, expectante de alguna señal. Se detuvo cuando el conejo alzó bruscamente las orejas y su enorme pata comenzó a moverse rítmicamente.</p>
<p>Un fuerte frenazo en la calle acaparó todas las miradas. Las orejotas del conejo se volvieron a enderezar y una expresión de asombro-susto dejó a la vista sus enormes dientes. De un salto corrió a guarecerse tras la pared. Los presentes se quedaron mirándolo pasmados. De una destartalada camioneta descendió un hombre armado de una escopeta y entró al bar resoplando, con los ojos desorbitados y sudoroso. Algo preguntó en un español precario. El conejo avanzó hacia la puerta sigilosamente sin darle en ni un instante la espalda. El hombre al notar que todos miraban hacia el mismo punto volteó y entonces el conejo saltó raudo hacia la calle, volteando mesas y botellas. El hombre hábilmente enristró el arma y percutó dos veces. Un puñado de palomas alzaron el vuelo histéricas, mientras el conejo giraba veloz en la esquina. Un ventanal y un par de maceteros estallaron a la vez que la mujer del escote se desvanecía sobre, curiosamente, los brazos de su nuevo galán. El tipo de la escopeta corrió hacia la esquina y realizó dos disparos más. Luego maldijo en un idioma que podría ser alemán. Se agachó a revisar el piso. Nada de sangre, sólo un par de heces perfectamente esféricas, del tamaño de una pelotita de golf, y unas cuantas motas de pelo pardo y blanco, probablemente de la cola.</p>
<p>Recogió los cartuchos de los tiros y entró nuevamente al bar. Paralizados de pánico los parroquianos y las meseras trataban de no hacer nada que llamase la atención del desquiciado. El hombre se quitó la gorra de cazador, dejando a la vista su prominente calva, cercada por pequeñas porciones de pelo rubio que sobrevivía en sus parietales como una diadema de paja.</p>
<p>-Dónde ir conejo- bramó. Todos se encogieron de hombros. Las meseras miraban apuntando con sus mentones a la que le tocó hacer el pedido del conejo, que a esas alturas, con el cúmulo de distracciones, jamás llegó a destino. La pobre estaba lívida, con las piernas a punto de ceder. Buscó temblorosamente entre las comandas, dejando caer unas cuantas, hasta que dio con la indicada y se la entregó al hombre sin mirarlo a los ojos.</p>
<p>-No entender un carajo. Lee tú- ordenó.</p>
<p>La muchacha miró el papel y lo que vio le pareció la caligrafía de un niño de primero básico, o de un enfermo mental. Con dificultad y algo de imaginación logro desencriptar lo ahí escrito.</p>
<p>-Ahí dice dos zanahorias, señor.</p>
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		<title>El mejor concurso de fin de año! Regalamos Valporno, el libro de Natalia Berbelagua a.k.a. Alice Antoin.</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 00:29:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[

&#8220;Quise sellar mi promesa a la santita dejando algo en su tumba, lo más preciado que llevaba.
Busqué en mi cartera y encontré dos mil pesos, un libro y una tira de parches curita. Me miré yo misma: no llevaba aros ni anillos ni collares. Cada vez que los uso camino una cuadra y termino guardándolos, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="425" height="350" data="http://www.youtube.com/v/IHEoii8QxfY" type="application/x-shockwave-flash"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/IHEoii8QxfY" /></object></p>
<div class="Section1">
<p class="MsoNormal"><span>&#8220;Quis</span><span>e<span> </span><span>sella</span>r<span> </span><span>m</span>i<span> </span><span>promes</span>a<span> </span>a<span> </span><span>l</span>a<span> </span><span>santit</span>a<span> </span><span>dejand</span>o<span> </span><span>algo </span><span>e</span>n<span> </span><span>s</span>u<span> </span><span>tumba</span>,<span> </span><span>l</span>o<span> </span><span>má</span>s<span> </span><span>preciad</span>o<span> </span><span>qu</span>e<span> </span><span>llevaba.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Busqu</span><span>é<span> </span><span>e</span>n<span> </span><span>m</span>i<span> </span><span>carter</span>a<span> </span>y<span> </span><span>encontr</span>é<span> </span><span>do</span>s<span> </span><span>mi</span>l<span> </span><span>pesos, </span><span>u</span>n <span>libr</span>o y <span>un</span>a <span>tir</span>a <span>d</span>e <span>parche</span>s <span>curita</span>. <span>M</span>e <span>mir</span>é <span>yo </span><span>misma</span>: <span>n</span>o <span>llevab</span>a <span>aro</span>s <span>n</span>i <span>anillo</span>s <span>n</span>i <span>collares</span>. <span>Cada </span><span>ve</span>z <span>qu</span>e <span>lo</span>s <span>us</span>o <span>camin</span>o <span>un</span>a <span>cuadr</span>a y <span>termin</span>o<span> </span><span>guardándolos</span>,<span> </span><span>m</span>e<span> </span><span>sient</span>o<span> </span><span>ridícula</span>.<span> </span><span>As</span>í<span> </span><span>qu</span>e<span> </span><span>m</span>e<span> </span><span>bajé </span><span>lo</span>s <span>pantalone</span>s <span>detrá</span>s <span>d</span>e <span>l</span>a <span>lápid</span>a y <span>m</span>e <span>saqu</span>é <span>los </span><span>calzones</span>,<span> </span><span>lo</span>s<span> </span><span>qu</span>e<span> </span><span>amarr</span>é<span> </span><span>co</span>n<span> </span><span>u</span>n<span> </span><span>sisa</span>l<span> </span>a<span> </span><span>un</span>a<span> </span><span>ramita </span><span>de</span>l <span>árbo</span>l <span>qu</span>e <span>l</span>e <span>d</span>a <span>sombra</span>. <span>S</span>e <span>veía</span>n <span>chistoso</span>s <span>a</span>l <span>lado </span><span>d</span>e<span> </span><span>lo</span>s<span> </span><span>juguetes</span>.<span> </span><span>Era</span>n<span> </span><span>transparentes.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Un</span><span>a <span>ancian</span>a <span>apareci</span>ó <span>par</span>a <span>prenderl</span>e <span>un</span>a <span>vel</span>a a <span>Carmencita</span>. <span>M</span>e <span>mir</span>ó <span>co</span>n <span>escándalo</span>. <span>L</span>o <span>mínim</span>o <span>que </span><span>m</span>e <span>dij</span>o <span>e</span>s <span>qu</span>e <span>er</span>a <span>un</span>a <span>irrespetuosa</span>,  <span>mala </span><span>persona</span>, <span>ordinaria</span>, <span>qu</span>e <span>po</span>r <span>m</span>i <span>falt</span>a <span>d</span>e <span>respet</span>o a <span>la </span><span>religió</span>n<span> </span><span>m</span>e<span> </span><span>llovería</span>n<span> </span><span>la</span>s<span> </span><span>desgracias</span>.<span> </span><span>Y</span>o<span> </span><span>l</span>e<span> </span><span>ped</span>í<span> </span><span>qu</span>e<span> </span><span>no </span><span>s</span>e <span>enojara</span>, <span>tapándom</span>e <span>co</span>n <span>un</span>a <span>man</span>o <span>mi</span>s <span>partes </span><span>pudenda</span>s y <span>co</span>n <span>l</span>a <span>otr</span>a <span>recogiend</span>o <span>mi</span>s <span>pantalones</span>. <span> </span><span>Me </span><span>vest</span>í <span>rápidament</span>e <span>mientra</span>s <span>escuchab</span>a <span>la</span>s <span>maldiciones </span><span>amplificadas</span>. <span>M</span>e <span>fu</span>i <span>corriend</span>o <span>hast</span>a <span>l</span>a <span>tumb</span>a <span>de </span><span>Balmaceda</span>.<span> </span><span>Ah</span>í<span> </span><span>m</span>e<span> </span><span>calm</span>é<span> </span>y<span> </span><span>tom</span>é<span> </span><span>l</span>a<span> </span><span>siest</span>a<span> </span><span>d</span>e<span> </span><span>rigor.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span>N</span><span>o <span>s</span>é <span>cuá</span>l <span>d</span>e <span>la</span>s <span>do</span>s <span>er</span>a <span>má</span>s <span>poderosa</span>, <span>s</span>i <span>la </span><span>Carmencit</span>a o <span>l</span>a <span>viej</span>a <span>pechoña</span>. <span>Y</span>o <span>cre</span>o <span>qu</span>e <span>l</span>a <span>segunda, </span><span>porqu</span>e <span>Rodrig</span>o <span>nunc</span>a <span>respondi</span>ó <span>mi</span>s <span>carta</span>s y <span>los </span><span>hombre</span>s <span>qu</span>e <span>h</span>e <span>conocid</span>o <span>lueg</span>o <span>d</span>e <span>l</span>a <span>primer</span>a <span>cita </span><span>huye</span>n<span> </span><span>d</span>e<span> </span><span>m</span>í<span> </span><span>com</span>o<span> </span><span>s</span>i<span> </span><span>viera</span>n<span> </span><span>a</span>l<span> </span><span>mismísim</span>o<span> </span><span>Satanás&#8221;.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span><span><em>Ofrenda de amor</em>. Extracto de libro de cuentos <strong>Valporno</strong>.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><strong><span><span>AHORA VIENE LO BUENO&#8230;.</span></span></strong></p>
<p class="MsoNormal">Ya que el libro trata de humor y sexo, nada más apropiado que un concurso de chiste erótico.  El mejor se lleva <strong>Valporno</strong> de regalo. Juegue!</p>
</div>
<p><span><br />
</span></p>
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		<item>
		<title>La música está en todas partes</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Oct 2011 15:26:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Rubén Barros]]></category>

		<category><![CDATA[Añadir etiqueta nueva]]></category>

		<category><![CDATA[santos de civil]]></category>

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		<description><![CDATA[
  
Rubén Barros Ruz
 
 
 
I
 Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/10/belly-dancer.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2647" title="belly-dancer" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/10/belly-dancer.jpg" alt="belly-dancer" width="264" height="467" /></a></p>
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<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: right; line-height: normal;"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">Rubén Barros Ruz</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">I</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span lang="ES-MX"><span> </span></span><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver. <span> </span>El ruido de los buses del medio día, que corría como corre un medio día, le había remecido hasta obligarle a abrir esos ojos pesados de muchas vidas y estirar los brazos al cielo en busca de otra vida que le hubiera gustado vivir. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Vivía en la calle. Dormía a un costado de la Iglesia San Francisco. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">Hacía <span> </span>mil años que vivía en la calle. Hacía mil noches que dormía a un costado de la iglesia San Francisco, esperando que pasaran los años en vano y que nadie se percatara que había decidido dormir en la calle a un costado de la  Iglesia San Francisco. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Las propiedades térmicas del cartón eran un milagro al igual que sentir la presencia de Dios, desnudo sobre una cruz desnuda, dentro de la desnuda Iglesia San Francisco, fría como una tumba, blanca como la piel virgen y desnuda de cada una de las mujeres que veía y luego imaginaba que eran ella, en las largas noches de soledad y remordimientos mientras abrazaba fantasías de un cartón con propiedades térmicas milagrosas, especiales para aplacar la soledad y la fría blancura de una pared de iglesia. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">Basta</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>¡Basta!<span> </span>Quiso gritar un día sin voz y cayó en la cuenta que el silencio era mejor que un grito en falso, mal definido y sin un proyecto claro que le obligaba a gritar a los cuatro vientos, que siempre fueron uno que, lo mejor, era quedarse callada sin siquiera intentar decir basta, menos gritar basta, cuando ya había decidido continuar y llegar hasta las últimas consecuencias que siempre fueron las primeras, las segundas y que, poco a poco, se transformaron en las últimas…, sin desearlo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Pero no había gritado… basta. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Había llegado hasta las últimas consecuencias. Ahora vivía en la calle.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Los buses pasaban tan rápido como la gente con sus pies diminutos, grandes, lustrados, de taco, de zapatillas, de perspectivas que se desplazaban a la altura de los ojos…, uno, dos ojos que veían los pies del santiaguino que corría, o caminaba, o saltaba, o pisaba chicles y papeles y hormigas a la altura de los ojos cuando la viejita bailarina, la vieja viejita bailarina, la joven viejita bailarina, la viejita bailarina sin edad, erguía el cuerpo y se sentaba a desperezarse y refregar los ojos que recibían la imagen de mil pies santiaguinos que avanzaban como hormigas y legañas resbaladizas sobre la piel de la viejita bailarina…. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span id="more-2648"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">II</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… suena el primer tambor en los oídos de la bebe de un año que se sienta en su coche de cuna a esperar que los latidos de un sonido subterráneo, de ultratumba, se apaguen y le dejen dormir a junto a la teta dulce de su madre. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Pero la madre no duerme. La madre baila en los brazos de Pedro, Juan y Diego que se disputan la teta dulce de la izquierda y la derecha, y ojala una teta en el centro, para que Diego no quede mirando y se amargue en un rincón de la habitación y patee los muebles y rompa los vidrios cuando se va Pedro y Juan, y las tetas son solo para Diego que no sabe qué hacer con ellas ni con la bebé que llora sin su teta, sólo con su tambor en medio de los tímpanos que le impiden dormir, Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque… mamá, canta en su canto la bebé que recibe los golpes de mil tambores cuando Diego se abalanza sobre mamá, y los chasquidos de la piel que choca con otra piel se meten en los oídos de la bebé que mira sin observar como su madre recibe el cuerpo de Diego, en corcheas y negras y batucadas que se mezclan con el llanto que a la bebé no le queda más remedio que soltar para aplacar los ruidos de la habitación. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">III</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>La niña es delgada, fina, esquelética, sin peso específico cuando logra dar los primeros pasos que le llevaron a afirmarse de la mesa y de las patas de la silla en la soledad del comedor, sin mamá, sin Pedro, ni Juan ni Diego que se marcharon sin decir adiós a la bebé delgada, fina, esquelética que dio sus primeros pasos sola en el comedor el día que mamá lloraba borracha la ausencia de Pedro, Juan y Diego. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Entra el sonido de la lágrima por los oídos de la niña. Un sonido sin armonía, un sonido arrastrado que resbala por la mejilla de la madre borracha en medio del comedor, para elevarse hasta el cielo raso y rebotar sin armonía con un sollozo pausado y a la vez violento que entra por los oídos de la bebé para depositarse y reproducir el ritmo irregular del llanto en un snif largo y luego corto que suena a un platillo amargo acariciado por una baqueta que llora borracha de tanto golpear y ser golpeada por Pedro, Juan y Diego… que ya no están…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>La niña se afirma, da dos pasos y cae al suelo. Sus ojos encuentran en el suelo los ojos de su madre. Ambas se observan. La niña es feliz y baila. Por primera vez baila y bailará frente a los ojos tristes del transeúnte que no mirará sus ojos que ella no mirará, sólo el recuerdo de los ojos de la madre borracha que le mira desde el suelo y le sonríe por primera vez en la corta vida de bebé que aprendió a caminar sola en medio de un comedor sin padre. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">IV</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Un sonido de silencio se pasea por la casa de dos habitaciones silenciosas donde viven madre e hija, enrieladas en el silencio y en el bullicio de una casa de dos habitaciones más una puerta que une un mundo y otro, miles de mundos, miles de otros que dan a la calle por donde mira la niña dejando que sus ojos crucen la ventana sin vidrios para depositarse en el bullicio de la calle y salir del silencio de las dos habitaciones.<span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Siniestro silencio, piensa la niña en silencio y soledad a la espera de su madre que no llega, ni con un pan ni con su cuerpo o su presencia acogedora que sacará a la niña del silencio siniestro y la soledad siniestra de tardes enteras bebiendo agua y comiendo pan con mermelada, atenta, escuchando el siniestro silencio que se mete en su cabeza, para danzar alrededor de una hoguera <span> </span>que lanza saludos de llamas de fuego hacia un cielo negro de nubes siniestras, como el silencio de la habitación. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Un vecino canta a lo lejos. Un vecino canta en la cercanía. Un vecino vocifera en la ventana y tiende la mano a la niña pequeña que no desea huir del siniestro silencio y se sienta en las faldas del hombre<span> </span>a escuchar canciones de amores lejanos, de dulces y golosinas mientras sus piernas se abren sin saber por qué es necesario que el hombre bueno con ojos siniestros le toque el calzón de niña pequeña. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>La música está en todas partes. La música sube por la columna vertebral de la niña pequeña hasta vibrar en su garganta ante el tacto del hombre siniestro que no deja de cantar y que no piensa en soltar a la niña pequeña que no tiene voz para cantar ni para pedir ayuda y soltarse de esas manos siniestras que le aprietan los brazos de niña pequeña que ya no canta ni come golosinas y sólo solloza con el miedo siniestro que le impide llorar. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>La música está en todas partes y en el silencio siniestro que queda en la habitación silenciosa, cuando el hombre de ojos siniestros y golosinas se marcha cantando por el callejón silencioso, hasta que la voz se pierde en un silencio siniestro al dar las siete de la tarde, sin madre, sin Pedro, Juan y Diego para ayudar a una niña que sigue mirando por la ventana sin entender lo que ha pasado, ni todos los rumores, susurros, cantos y sonidos que se almacenaron para siempre en la bulliciosa mente de una niña de cinco años. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Pipipipi, pipipi…canta sin una letra definida, la niña en la tina al lavar su cuerpo herido de ave caída del árbol de genealógico. Pipipipi, pipipi, intenta aletear el pájaro niña al saltar desde una rama a otra del árbol de familia genealógico que se ha secado a orillas del barranco y cuelga sin caer jamás, y sobrevivir con la gracia de la lluvia o de un beso de mamá, que llega tarde en la noche, con los ojos cansados y <span> </span>el cuerpo encogido por el peso de las ramas que no puede cargar de un<span> </span>árbol genealógico que nunca conoció. Pipipipi, pipipi, mamá, acá estoy,<span> </span>canta la niña con su voz dulzona de niña manoseada mientras el jabón riega el tronco del árbol y el agua inunda los poros de abono y tierra que ayudarán a mantener en alto un árbol genealógico sin raíz. Pipipipi, pipipi</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: center; line-height: normal;" align="center"><strong><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">V</span></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"><span> </span>Hola mi niña querida que tanto la quiero yo, dice la madre entonado las frases, mientras avanza de una habitación a otra, golpeando las paredes de madera gastada, con los dedos gastados, dándole al golpe un ritmo que, desde lejos, se mete en la cabeza de la niña que mira desde la sala de baño a la madre que se acerca para secar a la hija con un pañal percudido, de colores gastados,<span> </span>blanco opacos, de generaciones que le utilizaron hasta volverlo translúcido, <span> </span>para abrazar<span> </span>y poder ver el cuerpo de la niña querida de mis ojos, amor mío, cómo se portó, comió algo, hizo alguna caligrafía, mire que lo mejor es estudiar para que no termine bruta como una, lidiando con tanto idiota que no la valora a una, mi niña querida, translúcida, mira la madre dentro del trapo gastado de vidas gastadas para tratar de simular el olor a alcohol y tristeza que han invadido a la niña, y que ella ve pero que no quiere ver y que prefiere ver como una nueva infección legañosa que se hospeda donde no debe hospedarse, en los ojos de la niña translúcida que se sienta en la tasa del baño para que la madre le observe los ojos y corra hacia la cocina, pues otra vez tienes esa tristeza que no me gusta, mi amor, esos ojos de tu abuela muerta en la pista de baile, en el tango, con tu abuelo bailando con otra mujer que no era tu abuela, mi niña, dice mientras tira lejos el trapo gastado y translúcido la madre triste y con olor a alcohol que no puede con el recuerdo de su propia madre muerta en la pista de baile, de pena y soledad por el abuelo que se fue al bar y a otros miles de bares para abandonar a la abuela y dejarla conmigo, en la cuna, y tu abuela <span> </span>bailando, y baila que te baila hasta caer muerta en medio de la pista, hija mía, para que sepas por qué no me gusta ver tus ojos con esos ojos, dice la madre con nerviosidad, intentado parecer cuerda dentro de su locura agitada que le obliga a moverse de una esquina a otra de la sala de baño y dejar la toalla en el suelo para correr a la cocina a buscar la bolsa de té del día anterior que ella dejó flotando en la tasa con agua, hasta que el agua translúcida cambió de color, durante días y días, pudriéndose, para dejar de ser color té y adquirir el color café de la descomposición de las bolsas de té que aguardan en la cocina, hasta donde llegó la madre histérica, chocando con la nada: los muebles que no existen, las ollas quemadas, la silla de mimbre, la lluvia, el sol, las baratas, las hormigas, las pulgas, la mala suerte que habita en la cocina, mi niña, espérame sentada que ya llego con la bolsa de té… que la madre retira de la espesa masa de agua podrida, que le mira y sonríe, ve anda, que aún quedan milagros en esta casa, mujer, … mujer que corre con su carga preciosa hacia la niña translúcida que espera, desnuda y triste, sentada en la tasa del baño, en sus ojos de tristeza de niña manoseada, a la espera de la madre que llega corriendo con una bolsa de té infectada para limpiar la tristeza, hija que no quiero que mires como miraba tu abuela, la que cayó fulminada en la pista de baila, dice la madre mientras recorre con la bolsa de té los ojos de la niña triste y manoseada por un vecino siniestro y cantor.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX">Continuará </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt; text-align: justify; line-height: normal;"><span style="font-size: 12pt; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><strong><span style="font-size: 12pt; line-height: 115%; font-family: &quot;Times New Roman&quot;;" lang="ES-MX"> </span></strong></p>
<p align="center"><strong>Rubén Barros Ruz</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>I</strong></p>
<p>Estiró los brazos. Miró el suelo y sintió el frío del cemento que se colaba por sus huesos que se estiraban al cielo, con la forma de sus brazos. Sus ojos pesaban como pesan dos ojos que han visto vida, y muchas vidas que nunca quiso ver.  El ruido de los buses del medio día, que corría como corre un medio día, le había remecido hasta obligarle a abrir esos ojos pesados de muchas vidas y estirar los brazos al cielo en busca de otra vida que le hubiera gustado vivir.</p>
<p>Vivía en la calle. Dormía a un costado de la Iglesia San Francisco.</p>
<p>Hacía  mil años que vivía en la calle. Hacía mil noches que dormía a un costado de la iglesia San Francisco, esperando que pasaran los años en vano y que nadie se percatara que había decidido dormir en la calle a un costado de la  Iglesia San Francisco.</p>
<p>Las propiedades térmicas del cartón eran un milagro al igual que sentir la presencia de Dios, desnudo sobre una cruz desnuda, dentro de la desnuda Iglesia San Francisco, fría como una tumba, blanca como la piel virgen y desnuda de cada una de las mujeres que veía y luego imaginaba que eran ella, en las largas noches de soledad y remordimientos mientras abrazaba fantasías de un cartón con propiedades térmicas milagrosas, especiales para aplacar la soledad y la fría blancura de una pared de iglesia.</p>
<p>Basta</p>
<p>¡Basta!            Quiso gritar un día sin voz y cayó en la cuenta que el silencio era mejor que un grito en falso, mal definido y sin un proyecto claro que le obligaba a gritar a los cuatro vientos, que siempre fueron uno que, lo mejor, era quedarse callada sin siquiera intentar decir basta, menos gritar basta, cuando ya había decidido continuar y llegar hasta las últimas consecuencias que siempre fueron las primeras, las segundas y que, poco a poco, se transformaron en las últimas&#8230;, sin desearlo.</p>
<p>Pero no había gritado&#8230; basta.</p>
<p>Había llegado hasta las últimas consecuencias. Ahora vivía en la calle.</p>
<p>Los buses pasaban tan rápido como la gente con sus pies diminutos, grandes, lustrados, de taco, de zapatillas, de perspectivas que se desplazaban a la altura de los ojos&#8230;, uno, dos ojos que veían los pies del santiaguino que corría, o caminaba, o saltaba, o pisaba chicles y papeles y hormigas a la altura de los ojos cuando la viejita bailarina, la vieja viejita bailarina, la joven viejita bailarina, la viejita bailarina sin edad, erguía el cuerpo y se sentaba a desperezarse y refregar los ojos que recibían la imagen de mil pies santiaguinos que avanzaban como hormigas y legañas resbaladizas sobre la piel de la viejita bailarina&#8230;.</p>
<p align="center"><strong>II</strong></p>
<p>Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque&#8230; suena el primer tambor en los oídos de la bebe de un año que se sienta en su coche de cuna a esperar que los latidos de un sonido subterráneo, de ultratumba, se apaguen y le dejen dormir a junto a la teta dulce de su madre.</p>
<p>Pero la madre no duerme. La madre baila en los brazos de Pedro, Juan y Diego que se disputan la teta dulce de la izquierda y la derecha, y ojala una teta en el centro, para que Diego no quede mirando y se amargue en un rincón de la habitación y patee los muebles y rompa los vidrios cuando se va Pedro y Juan, y las tetas son solo para Diego que no sabe qué hacer con ellas ni con la bebé que llora sin su teta, sólo con su tambor en medio de los tímpanos que le impiden dormir, Tucu teque, tucu teque. Traca trico traca treque&#8230; mamá, canta en su canto la bebé que recibe los golpes de mil tambores cuando Diego se abalanza sobre mamá, y los chasquidos de la piel que choca con otra piel se meten en los oídos de la bebé que mira sin observar como su madre recibe el cuerpo de Diego, en corcheas y negras y batucadas que se mezclan con el llanto que a la bebé no le queda más remedio que soltar para aplacar los ruidos de la habitación.</p>
<p align="center"><strong>III</strong></p>
<p>La niña es delgada, fina, esquelética, sin peso específico cuando logra dar los primeros pasos que le llevaron a afirmarse de la mesa y de las patas de la silla en la soledad del comedor, sin mamá, sin Pedro, ni Juan ni Diego que se marcharon sin decir adiós a la bebé delgada, fina, esquelética que dio sus primeros pasos sola en el comedor el día que mamá lloraba borracha la ausencia de Pedro, Juan y Diego.</p>
<p>Entra el sonido de la lágrima por los oídos de la niña. Un sonido sin armonía, un sonido arrastrado que resbala por la mejilla de la madre borracha en medio del comedor, para elevarse hasta el cielo raso y rebotar sin armonía con un sollozo pausado y a la vez violento que entra por los oídos de la bebé para depositarse y reproducir el ritmo irregular del llanto en un snif largo y luego corto que suena a un platillo amargo acariciado por una baqueta que llora borracha de tanto golpear y ser golpeada por Pedro, Juan y Diego&#8230; que ya no están&#8230;</p>
<p>La niña se afirma, da dos pasos y cae al suelo. Sus ojos encuentran en el suelo los ojos de su madre. Ambas se observan. La niña es feliz y baila. Por primera vez baila y bailará frente a los ojos tristes del transeúnte que no mirará sus ojos que ella no mirará, sólo el recuerdo de los ojos de la madre borracha que le mira desde el suelo y le sonríe por primera vez en la corta vida de bebé que aprendió a caminar sola en medio de un comedor sin padre.</p>
<p align="center"><strong>IV</strong></p>
<p>Un sonido de silencio se pasea por la casa de dos habitaciones silenciosas donde viven madre e hija, enrieladas en el silencio y en el bullicio de una casa de dos habitaciones más una puerta que une un mundo y otro, miles de mundos, miles de otros que dan a la calle por donde mira la niña dejando que sus ojos crucen la ventana sin vidrios para depositarse en el bullicio de la calle y salir del silencio de las dos habitaciones.</p>
<p>Siniestro silencio, piensa la niña en silencio y soledad a la espera de su madre que no llega, ni con un pan ni con su cuerpo o su presencia acogedora que sacará a la niña del silencio siniestro y la soledad siniestra de tardes enteras bebiendo agua y comiendo pan con mermelada, atenta, escuchando el siniestro silencio que se mete en su cabeza, para danzar alrededor de una hoguera  que lanza saludos de llamas de fuego hacia un cielo negro de nubes siniestras, como el silencio de la habitación.</p>
<p>Un vecino canta a lo lejos. Un vecino canta en la cercanía. Un vecino vocifera en la ventana y tiende la mano a la niña pequeña que no desea huir del siniestro silencio y se sienta en las faldas del hombre  a escuchar canciones de amores lejanos, de dulces y golosinas mientras sus piernas se abren sin saber por qué es necesario que el hombre bueno con ojos siniestros le toque el calzón de niña pequeña.</p>
<p>La música está en todas partes. La música sube por la columna vertebral de la niña pequeña hasta vibrar en su garganta ante el tacto del hombre siniestro que no deja de cantar y que no piensa en soltar a la niña pequeña que no tiene voz para cantar ni para pedir ayuda y soltarse de esas manos siniestras que le aprietan los brazos de niña pequeña que ya no canta ni come golosinas y sólo solloza con el miedo siniestro que le impide llorar.</p>
<p>La música está en todas partes y en el silencio siniestro que queda en la habitación silenciosa, cuando el hombre de ojos siniestros y golosinas se marcha cantando por el callejón silencioso, hasta que la voz se pierde en un silencio siniestro al dar las siete de la tarde, sin madre, sin Pedro, Juan y Diego para ayudar a una niña que sigue mirando por la ventana sin entender lo que ha pasado, ni todos los rumores, susurros, cantos y sonidos que se almacenaron para siempre en la bulliciosa mente de una niña de cinco años.</p>
<p>Pipipipi, pipipi&#8230;canta sin una letra definida, la niña en la tina al lavar su cuerpo herido de ave caída del árbol de genealógico. Pipipipi, pipipi, intenta aletear el pájaro niña al saltar desde una rama a otra del árbol de familia genealógico que se ha secado a orillas del barranco y cuelga sin caer jamás, y sobrevivir con la gracia de la lluvia o de un beso de mamá, que llega tarde en la noche, con los ojos cansados y  el cuerpo encogido por el peso de las ramas que no puede cargar de un  árbol genealógico que nunca conoció. Pipipipi, pipipi, mamá, acá estoy,  canta la niña con su voz dulzona de niña manoseada mientras el jabón riega el tronco del árbol y el agua inunda los poros de abono y tierra que ayudarán a mantener en alto un árbol genealógico sin raíz. Pipipipi, pipipi</p>
<p align="center"><strong>V</strong></p>
<p>Hola mi niña querida que tanto la quiero yo, dice la madre entonado las frases, mientras avanza de una habitación a otra, golpeando las paredes de madera gastada, con los dedos gastados, dándole al golpe un ritmo que, desde lejos, se mete en la cabeza de la niña que mira desde la sala de baño a la madre que se acerca para secar a la hija con un pañal percudido, de colores gastados,  blanco opacos, de generaciones que le utilizaron hasta volverlo translúcido,  para abrazar  y poder ver el cuerpo de la niña querida de mis ojos, amor mío, cómo se portó, comió algo, hizo alguna caligrafía, mire que lo mejor es estudiar para que no termine bruta como una, lidiando con tanto idiota que no la valora a una, mi niña querida, translúcida, mira la madre dentro del trapo gastado de vidas gastadas para tratar de simular el olor a alcohol y tristeza que han invadido a la niña, y que ella ve pero que no quiere ver y que prefiere ver como una nueva infección legañosa que se hospeda donde no debe hospedarse, en los ojos de la niña translúcida que se sienta en la tasa del baño para que la madre le observe los ojos y corra hacia la cocina, pues otra vez tienes esa tristeza que no me gusta, mi amor, esos ojos de tu abuela muerta en la pista de baile, en el tango, con tu abuelo bailando con otra mujer que no era tu abuela, mi niña, dice mientras tira lejos el trapo gastado y translúcido la madre triste y con olor a alcohol que no puede con el recuerdo de su propia madre muerta en la pista de baile, de pena y soledad por el abuelo que se fue al bar y a otros miles de bares para abandonar a la abuela y dejarla conmigo, en la cuna, y tu abuela  bailando, y baila que te baila hasta caer muerta en medio de la pista, hija mía, para que sepas por qué no me gusta ver tus ojos con esos ojos, dice la madre con nerviosidad, intentado parecer cuerda dentro de su locura agitada que le obliga a moverse de una esquina a otra de la sala de baño y dejar la toalla en el suelo para correr a la cocina a buscar la bolsa de té del día anterior que ella dejó flotando en la tasa con agua, hasta que el agua translúcida cambió de color, durante días y días, pudriéndose, para dejar de ser color té y adquirir el color café de la descomposición de las bolsas de té que aguardan en la cocina, hasta donde llegó la madre histérica, chocando con la nada: los muebles que no existen, las ollas quemadas, la silla de mimbre, la lluvia, el sol, las baratas, las hormigas, las pulgas, la mala suerte que habita en la cocina, mi niña, espérame sentada que ya llego con la bolsa de té&#8230; que la madre retira de la espesa masa de agua podrida, que le mira y sonríe, ve anda, que aún quedan milagros en esta casa, mujer, &#8230; mujer que corre con su carga preciosa hacia la niña translúcida que espera, desnuda y triste, sentada en la tasa del baño, en sus ojos de tristeza de niña manoseada, a la espera de la madre que llega corriendo con una bolsa de té infectada para limpiar la tristeza, hija que no quiero que mires como miraba tu abuela, la que cayó fulminada en la pista de baila, dice la madre mientras recorre con la bolsa de té los ojos de la niña triste y manoseada por un vecino siniestro y cantor.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Continuará&#8230;</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Puta</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Sep 2011 16:20:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Rubén Barros]]></category>

		<category><![CDATA[Putas]]></category>

		<category><![CDATA[relatos]]></category>

		<category><![CDATA[santos de civil]]></category>

		<category><![CDATA[Valparaíso]]></category>

		<category><![CDATA[Virginia Humores]]></category>

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		<description><![CDATA[


por Rubén Barros


— ¿Quieres pasar? —. Dijo la puta sentada en el escaño de su puerta en la calle Eyzaguirre.
La puta era gorda y vieja. El pelo amarillo caía sobre sus hombros desnudos, descascarados al sol, repletos de manchas, y pecas, y dientes que se perdieron en la búsqueda del seno y el ombligo que [...]]]></description>
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<p class="MsoBodyText" style="margin-left: 36pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;"><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/09/motelito.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2643" title="motelito" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/09/motelito.jpg" alt="motelito" width="266" height="354" /></a></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin-left: 36pt; text-align: right; text-indent: -18pt;">por <strong>Rubén Barros</strong></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin-left: 36pt; text-align: right; text-indent: -18pt;"><strong><br />
</strong></p>
<p class="MsoBodyText" style="margin-left: 36pt; text-align: justify; text-indent: -18pt;"><span lang="ES-MX"><span>—<span style="font: 7pt &quot;Times New Roman&quot;;"> </span></span></span><span lang="ES-MX">¿Quieres pasar? —. Dijo la puta sentada en el escaño de su puerta en la calle Eyzaguirre.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">La puta era gorda y vieja. El pelo amarillo<span> </span>caía sobre sus hombros desnudos, descascarados al sol, repletos de manchas, y pecas, y dientes que se perdieron en la búsqueda del seno y el ombligo que sobresale más arriba de los jeans ajustados,<span> </span>donde su carne explota en todas las direcciones que el planeta permite, apuntando con el cutis hacia el norte, el pellejo hacia el sur<span> </span>y la epidermis hacia el centro, llevándose con cada disparo fallido, los pedazos de cinturón que terminan cubiertos por la carne de puta, que la puta no quiere cubrir, pues no le importa ni eso, ni que se vea, ni que se analice el por qué, o el cuándo, o el hace cuánto de las estrías en la ladera superior de los pechos.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta. Puta la huevada. Puta siempre puta. </span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta senil.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta de maquillaje tosco, mal mezclado y chillón.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">La piel carcomida y gastada, de puta carcomida y gastada&#8230;</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX"><span id="more-2642"></span><br />
</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta poblada de arrugas que delinean sus ojos de puta transparente que ya no tiene color para rellenar el paso del tiempo, el imbatible,<span> </span>que lo único que le ha concedido es el cutis moreno, de tez trabajada por el sol y el invierno, de puta sin descanso, de puta sin vacaciones, de puta destruida por el alcohol y el cigarro durante las noches de juventud y trabajo infatigable, con brazos y piernas abiertas, y boca abierta, y culo abierto de puta que lo quería todo y que todo lo perdió por el vicio, y el cigarro, y el alcohol, que bebió a sorbos<span> </span>que le quemaron la garganta para poder seguir, Dios, Dios de mierda, dijo la puta, metida en la cama de puta joven e insaciable, querendona la puta, juguetona la puta, saltando sobre uno y otro, con el cuello cargado de joyas y las manos prendidas y esposadas de cadenas que se derritieron en anillos de oro que finalmente cayeron, quién sabe dónde, cuando ya la puta vendió todo, al ver que los años pasaban y la figura perfecta de puta joven se iba inflando, desproporcionándolo todo, ganando la batalla la grasa, la odiosa, la que nunca se iba y nunca se fue,<span> </span>y que rellenó la cintura para salir por el vientre, y por los brazos, y el cuello, cilindrando las piernas, sobrecargando el culo, el que se fue al suelo, llevándose, con su constante gravitatoria,<span> </span>a senos y clientes, que ya no volverán porque todos están muertos, puta putita.<span> </span></span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta que mira y repite su frase.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta de vida puta.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta que vive sentada en el escaño de su puerta, frente a<span> </span>la pared amarilla de su casa de la calle Eyzaguirre, que está a punto de caer sobre ella, llevando sobre su cabello teñido, todas las piezas y cubículos musgosos que forman lo que hemos llamado casa, y que sólo es una casa de putas, puta la huevada, donde sólo viven putas viejas y feas que maman al borracho para luego escupir sobre los vidrios rotos, intentando acertar en medio del patio de luz, humedecido por los desagües y las goteras que caen, agrietando el adobe, y las tejas, y el asbesto, y los nidos de palomas que ya todo lo han resquebrajado con su mierda multicolor, que desciende como un arañazo imborrable sobre la fachada, donde cuelgan paraguas torcidos sobre cables secos que ya nada transportan y que nadie ha querido o ni siquiera pensado en quitar, dejándolos al olvido o al apacible ojo de la costumbre que nada ve, ni nada siente, ni nada quiere cambiar, porque todo es igual, y conforme, y correcto,<span> </span>dentro de la<span> </span>monotonía de esta vida de puta que sigue descascarándose como las hojas secas que se fueron de la mano del viento, huyendo de la podredumbre<span> </span>y del abandono de la casa, y del barrio, y la ciudad, y el país<span> </span>de brazos<span> </span>y piernas abiertas de puta gastada que trata de armar un pedazo de pan, sentada sobre el escaño de su puerta en la calle Eyzaguirre, sin aspirar a más que un cigarro en la boca y un poco de alcohol en las venas, y otro poco de perfume en el cuello, y unos<span> </span>jeans apretados<span> </span>que le rompan la circulación de las venas, infectadas de amargura y desazón cuando murmura la frase y la red se lanza al mar, y la caña flota en el río, atrapando transeúntes demacrados<span> </span>o trastos viejos que flotan en la calle, porque hay que comer<span> </span>como todos los putos días del año. </span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta hambre.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta necesidad.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Comer, dice la puta, hasta que llegue el presente, o el futuro, o el día en que al escaño le pase una grúa, y un camión, y un bototo de obrero, que avanzará con el casco de demoliciones pegado en la frente, para cubrirse y protegerse de las arañas y de la muerte oxidada que podría caer desde el techo cuando camine rompiendo la puerta del cuarto negro por tanto brasero,<span> </span>y leña, y cigarrillos mal apagados, entre gotas secas de semen y sudor de cerveza evaporada, de tanto moverse y quejarse la puta,<span> </span>para dejar satisfecho al semental demoledor de casco y bototos que echará todo abajo, en aras del cambio y el progreso de la puta calle Eyzaguirre.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Puta vida</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX">Progreso, puta la huevada el progreso de puta que no llega, y que<span> </span>no llegó, porque no le interesa un pedazo de ciudad como ése, que nadie quiere poseer, ni pagar por él ni por ellas, las putas de la calle Eyzaguirre, a las que también nadie quiere amar, ni por los pocos pesos que piden a cambio de su mercancía, gastada y abierta de tanto dedo<span> </span>que entró y salió, resbalando entre las paredes de una vagina de puta,<span> </span>llevándose el chasquido acuoso entre las sábanas<span> </span>de la puta vieja, que no aguantaron<span> </span>y se rompieron con el peso de la grasa del culo gordo que esparció su gelatina sobre el colchón<span> </span>hundido al medio,<span> </span>que hoy topa el suelo, manchado con el aceite de la olla que apenas hervía, porque ya no quedan muebles para tirar al fuego, ni ahora, ni el próximo invierno, de esta puta calle Eyzaguirre donde le cielo gris y espeso se funde al pavimento mal oliente, coktel<span> </span>de orina y escupos, y babas<span> </span>de cerveza, para depositarse sobre el cabello<span> </span>sin vida de la puta gorda, de raza de puta gorda, de pies embarrados por las<span> </span>tierras del norte, y del sur, y del centro, y de la<span> </span>periferia de Santiago que la escupió para caer en la calle Eyzaguirre, donde la puta <span> </span>se sienta en el escaño, día y noche,<span> </span>para lanzar con su voz arrastrada la pregunta de hambre y sueldo y paga de fin de mes.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt;"><span lang="ES-MX"><span>—<span style="font: 7pt &quot;Times New Roman&quot;;"> </span></span></span><span lang="ES-MX">¿Quieres pasar?</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="margin-left: 36pt; text-indent: -18pt;"><span lang="ES-MX"><span>—<span style="font: 7pt &quot;Times New Roman&quot;;"> </span></span></span><span lang="ES-MX">Hoy no, putita rica, hoy no.</span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX"><span> </span></span></p>
<p class="MsoBodyText2" style="text-indent: 18pt;"><span lang="ES-MX"><span> </span></span></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>El Cielo de las Novias</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Aug 2011 03:34:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Carlos Moyab]]></category>

		<category><![CDATA[Locademia de Imbéciles]]></category>

		<category><![CDATA[Los Irremediables]]></category>

		<category><![CDATA[Profecías]]></category>

		<category><![CDATA[Ángel Exterminador]]></category>

		<category><![CDATA[Arte]]></category>

		<category><![CDATA[Baile]]></category>

		<category><![CDATA[Ciencia]]></category>

		<category><![CDATA[Dios]]></category>

		<category><![CDATA[Droga]]></category>

		<category><![CDATA[Ladas]]></category>

		<category><![CDATA[Porno]]></category>

		<category><![CDATA[Religion]]></category>

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		<description><![CDATA[
por Carlos Moyab
En el glorioso ascenso de Dante y Beatríz por el Paraíso
Obviaron mencionar un rincón pequeño, pero no por eso menos importante
Entre las estrellas fijas y las almas triunfantes
Un lugar  esterilizado e impecable
Donde radican todas aquellas novias
que por arcanos motivos fueron tan mal amadas.
En ese lugar, pequeños perros
-cuyas razas, para nombrarlas,
hay que gesticular como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align: center;"><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/08/463px-judith_leyster_a_game_of_cards.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2631" title="463px-judith_leyster_a_game_of_cards" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/08/463px-judith_leyster_a_game_of_cards.jpg" alt="463px-judith_leyster_a_game_of_cards" width="278" height="360" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><strong>por Carlos Moyab</strong></p>
<p style="text-align: center;">En el glorioso ascenso de Dante y Beatríz por el <em><strong>Paraíso</strong></em><br />
Obviaron mencionar un rincón pequeño, pero no por eso menos importante<br />
Entre las <strong><em>estrellas fijas</em></strong> y las <strong><em>almas triunfantes</em></strong><br />
Un lugar  esterilizado e impecable<br />
Donde radican todas aquellas novias<br />
que por arcanos motivos fueron tan mal amadas.</p>
<p style="text-align: center;">En ese lugar, pequeños perros<br />
-cuyas razas, para nombrarlas,<br />
hay que gesticular como si se lanzara un escupitajo-<br />
hacen cabriolas para agradar a sus madres hechizas.<br />
Gatos huraños, con pelaje de <em><strong>castratis</strong></em><br />
Les lamen los pies, sus vientres,<br />
Dibujándoles con sus lenguas ríspidas<br />
ciertos meridianos y trópicos<br />
que guiarán al afortunado nocturno<br />
-<em>al paño de lágrimas que saca al clavo</em>-<br />
cuando sus ojos ávidos se reflejen<br />
sobre la estela de saliva seca.</p>
<p style="text-align: center;">Joyas les resplandecen en las manos<br />
En sus cuellos, diademas en la frente.<br />
Mediante la oración y los secretos quirúrgicos<br />
han llevado la piel de sus rostros a tales límites de tensura<br />
que al menor gesto pareciera que la cara se les fuese a rasgar<br />
dejando entrever la carne fresca, el músculo fatigado<br />
bajo la piel pálida que se abre<br />
como una hialina cortina de semen al viento.</p>
<p style="text-align: center;">Una serie de galanes de telenovela a escala<br />
vestidos a la manera de los santos<br />
observan impávidos la escena.<br />
Ellas mismas los han inmortalizado en el yeso<br />
Dibujándoles en sus rostros<br />
Gestos de tanta dulzura, consideración y devoción<br />
que los mismos bienaventurados no son capaces de aguantar las lágrimas<br />
Y es su propia ternura alcalina la que corroe el yeso sacro<br />
Cubriéndole sus rostros angélicos<br />
de espantosos surcos y montículos.<br />
Ellas desesperadas<br />
No tardan en compensar las cicatrices blasfemas<br />
Con un poco de base y colorete.</p>
<p style="text-align: center;">Por las tardes ellas fuman, juegan a los naipes<br />
Beben sus tragos -Té las más hipócritas-.<br />
Hasta que de pronto, a modo de actividad grupal,<br />
Una toma su relicario y de él saca un enorme pañuelo.<br />
En él aparecen grabados ella y el desgraciado.</p>
<p style="text-align: center;">-<em>Mírate, ahora estás regia, amiga, te ves feliz</em>- es el comentario generalizado.</p>
<p style="text-align: center;">Y con lápiz labial le dibujan verrugas al infeliz, cicatrices,<br />
Las más vulgares se restriegan la tela en sus partes pudendas.<br />
El resto imita el ejercicio, con las lenguas traposas por el alcohol narran sus calvarios,<br />
Para luego exorcizarse en ese aquelarre ciego y condescendiente,<br />
Mediante el fuego, el látigo, y el desengaño lésbico.<br />
Una a una desaparecen, de la mano de improvisados amantes,<br />
Las más limitadas se aferran a amores de antes.<br />
Las noches son música, lascivia y baile.<br />
Sus cuerpos hinchados de meteorismo<br />
parecen flotar en esa reunión de <em><strong>Tupperware</strong></em> del Infierno.</p>
<p style="text-align: center;">Antes de revolcarse con los verracos, pedirán una breve tregua,<br />
-<em>un minuto para arreglarme, cariño</em>- dirán, entornando los ojos frente a las vergas enhiestas<br />
En un gesto que pretende ser sensual,<br />
pero que solo evidencia<br />
el zapateo alcohólico de las pupilas</p>
<p style="text-align: center;">y  la abdicación de los párpados</p>
<p style="text-align: center;">ante las escleróticas surcadas por deltas sangrantes.</p>
<p style="text-align: center;">Entonces, en la intimidad del <em><strong>toilette celestial</strong></em><br />
Querrán acomodarse sus partes, retocarse el maquillaje<br />
Mas no encontrarán nada en el sinfín de espejos que rodean la sala.<br />
En vez de su reflejo<br />
Sólo hallarán pequeños tramos de horizonte invertido.<br />
Tal cual les ocurrió<br />
Cuando se les pidió encontrar razón</p>
<p style="text-align: center;">en el interior de sus almas.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">
<p><a></a></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Episodios de la vida de Virginia Humores VII &#8220;El Pastor Humores y el Milagro de la Regeneración de Hímenes&#8221;</title>
		<link>http://www.lagranarcada.com/carlos-moyab/2622</link>
		<comments>http://www.lagranarcada.com/carlos-moyab/2622#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 22:26:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Carlos Moyab]]></category>

		<category><![CDATA[El Jesús de los Comunistas]]></category>

		<category><![CDATA[Baile]]></category>

		<category><![CDATA[Dios]]></category>

		<category><![CDATA[Droga]]></category>

		<category><![CDATA[Enfermedades]]></category>

		<category><![CDATA[Religion]]></category>

		<category><![CDATA[santos de civil]]></category>

		<category><![CDATA[Virginia Humores]]></category>

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		<description><![CDATA[
por Carlos Moyab
Don Izrahías Humores von Marees. Obispo de la Iglesia Impacto de Dios. Sentado cebando mate en la Calle 4, o Calle de los Hermanos. Cárcel de Puente Alto. Julio 2011
I

Alguna vez llegué a ser el obispo de la congregación más grande y pujante de Puente Alto -incluso me atrevería a decir que de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/07/848129450_f5080a8f89.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2623" title="848129450_f5080a8f89" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/07/848129450_f5080a8f89.jpg" alt="848129450_f5080a8f89" width="412" height="273" /></a><strong></strong></p>
<p style="text-align: right;"><a href="http://teratocracia.wordpress.com/"><strong>por Carlos Moyab</strong></a></p>
<p style="text-align: left;"><strong>Don Izrahías Humores von Marees. Obispo de la Iglesia Impacto de Dios. Sentado cebando mate en la Calle 4, o <em>Calle de los Hermanos</em>. Cárcel de Puente Alto</strong>. <strong>Julio 2011</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>I<br />
</strong></p>
<p>Alguna vez llegué a ser el obispo de la congregación más grande y pujante de Puente Alto -incluso me atrevería a decir que de Santiago, ergo la más grande de Chile-. Por diez años me desempeñé como pastor auxiliar de ese templo y bajo la sombra del pastor Nehemías Carrasco, de quién -perdóname Jehová si cometo pecado de arrogancia- me declaro heredero de su carisma y espiritualidad. Hice una carrera que me permitió ser la carta más idónea al momento de buscar su reemplazo a la cabeza de la congregación, luego de que el buen Dios decidiera reclutarlo en su ejército de ángeles a través de una trágica y confusa muerte mientras proclamaba la gloria de Cristo en el exclusivo puterío <strong>Passapoga</strong>. La palabra de Dios da fruto donde menos lo imaginas, me decía. Las cataratas de sus ojos parecían brillar.</p>
<p>Cinco años alcancé a estar a la cabeza de dicha Iglesia. ¿El resultado? Tripliqué el número de fieles y a través de una elaborada estrategia junto a mi grupo de contadores, que implicó <em>subirle el pelo</em> a los cultos. Para ello dejamos de invitar a algunos charlatanes -¡Dios Todopoderoso, si hasta hubo pastores que no contentos con sanar tullidos les corregían sus dentaduras con prótesis y amalgamas de oro y diamante!-, reducimos el nivel de llantos y gritos y con un análisis exegético más depurado, más <em>científico</em>, logramos atraer a profesionales jóvenes y gente con un mayor nivel intelectual, ergo mayor poder adquisitivo, lo que se tradujo en diezmos que reventaron <em>el alfolí</em> de la Iglesia&#8230;</p>
<p><span id="more-2622"></span></p>
<p>Las cosas iban bien: la Iglesia nos proveía una casa enorme y un auto lujoso. Los fieles solían enviar costosos regalos con el afán de congraciarse conmigo a través del desapego a sus posesiones. <em>Bendecidos para bendecir,</em> decían las notas de sus regalos, de sus cheques, en alusión a mis prédicas. Mi mujer y mis hijas disfrutaban de esta bonanza y de la admiración y el respeto por parte de la congregación. De cierta forma éramos como una realeza, un pequeña monarquía que alababa al Rey de Reyes y en la que nosotros, los Humores Frías, fuimos como una especie de duques.</p>
<p>Cualquier otro pastor hubiese permanecido en la comodidad de ese trono hasta la muerte, como lo hizo el buen pastor Carrasco, que no soltó la teta aún estando decrépito, ciego y según confesaría su mujer -cuarenta años más joven que él- en la fase terminal del VIH, pero yo no pude. Dios me bendijo con un espíritu inquieto, tenaz, y como a José, el hijo de Jacob al que vendieron sus propios hermanos y que llegó a ser el principal consejero del faraón, a través de los sueños me mostró cuál sería mi propósito: debía levantar un nuevo templo, en el lugar donde fuese más palmaria la urgencia de proclamar Su Gloria. En mis sueños se hizo recurrente un paisaje árido, horrendo, trepanado por el sol, y en él la zarza ardiendo guiaba a una diáspora de desgraciados, que locos de hambre se echaban puñados de polvo en sus bocas, masticando con los ojos entornados ese maná alucinatorio. Me bastó encender el televisor para reconocer de inmediato aquel colgajo de periferia: la flamante toma de Peñalolén. Esa sería la colina donde debían pastar mis nuevas ovejas.</p>
<p>Ese era el <em>llamado</em>. El llanto de mis hijas y de mi mujer no lograron amilanar ni a mi ni a la voz celestial donde hallé refugio. Loco, perdiste la chaveta, me gritaba mi mujer, esgrimiendo los papeles del divorcio, escoltada por Berenice y Virginia, mis hijas, que me observaban con odio. La locura no es un buen argumento para desalentar a alguien que rige su vida por un libro milenario plagado de mártires a los que también alguna vez tildaron de locos. Mi mujer era la hija de un importante pastor de Temuco, por lo que creció rodeada de las comodidades y beneficios que le brindaba el ser descendencia de alguien &#8220;importante&#8221; de la comunidad. Mis hijas también. Mi mujer no renunciaría a la vida a la que estaba acostumbrada, por más que fuese Dios el que lo dictaminara. Mis hijas tampoco, pero ellas eran menores de edad y no tenían otra opción que obedecerme. Así nos fuimos a vivir a la toma, yo y mis niñitas. Lo último que escucharon de boca de su madre fueron maldiciones.</p>
<p>Ni siquiera la más nítida de mis pesadillas alcanzó a prevenirme de la indecencia que encontraría en aquel lugar: emplazado sobre lo que era un vertedero clandestino, del suelo manaba, sobre todo los días de calor, una exhalación térmica producto de la descomposición, que difuminaba el horizonte de mediaguas, carpas e instalaciones eléctricas hechizas como si se le estuviese viendo a través de una lágrima. El olor dulzón de la basura crispaba las narices, el líquido percolado generaba un barro hediento que ingresaba en los hogares en las suelas de los zapatos y se acoplaba con el aroma de las comidas como un ingrediente más. De más está decir que resultaba más fácil conseguir un <em>mono</em> de pasta base que un pan fresco. Y ésta parecía ser la dieta que llevaba la mayoría de los jóvenes, y no tan jóvenes, que vagaban con sus torsos desnudos evidenciando sus huesos descalcificados por la droga y los tatuajes y cicatrices que los posicionaban dentro de alguna jerarquía animal. Mujeres gordas y desdentadas que cargaban hijos con los pañales rebosantes de mierda y los pulmones atiborrados de flema, ofrecían sus favores a los hombres a cambio de un papelillo. Los perros vagaban de un lado a otro, famélicos, hambrientos, hasta que se desplomaban desfallecidos y entonces las pulgas, a modo de réquiem, zumbaban agudamente su melodía infame sobre los escuálidos pulpejos de músculo que les sobrevivían bajo el pellejo, conformando una nube en la que el pobre animal flotaba como sobre la caótica danza de puntos de un televisor sin señal.</p>
<p>Recorrí las callejuelas esquivando las charcas de orín y heces repartiendo <em>tratados</em>, conversando con la gente acerca de sus necesidades, de sus carencias. Con la ayuda de los primeros <em>hermanos</em> logré levantar un templo de madera terciada y fonola. Un precario cubículo sin ventanas que era un infierno en verano y un  témpano en  invierno. Con esa rancha Dios nos quiso demostrar que aún en la peor miseria podemos encontrar su amor. No pocas veces los drogadictos del barrio entraron a robar las escasas porquerías que teníamos -un par de guitarras, panderos, una mandolina y un inmundo vaso de cantina para escanciar el vino de la eucaristía-. Incluso los infelices, impulsados quizás porqué delirios producto de la abstinencia, intentaron prenderle fuego, a veces con la iglesia repleta en medio del culto. Que Dios se apiade no de sus almas sino de las de sus madres, quienes avergonzadas del fruto de sus vientres en más de una ocasión elevaron ardorosas plegarias para que Dios les alivianara la cruz y matara de una puñetera vez a esos desgraciados.</p>
<p>La congregación comenzó a crecer. En un principio venía de todo: prostitutas, travestis, criminales, drogadictos, homosexuales, gente que tenía sus propias casas pero que veían esta toma como la oportunidad de sumar un nuevo bien raíz. Pero también había gente buena, con ellos fuimos filtrando y subrepticiamente incomodábamos a estos personajes para que no volviesen. Paulatinamente íbamos sumando nuevos fieles, creamos un templo más grande, más cómodo. Repartíamos comida y ropa que nos donaban de mi anterior Iglesia y las repartíamos entre los hermanos. Mis hijas fueron creciendo: Berenice, ensimismada por la pena y la angustia que le generaba ese lugar, no tenía amigos. Salía sólo para ir al colegio, de donde volvía casi siempre llorando. En su rostro se fue apostando una sempiterna mueca de asco. Sus ojos apagados por la vergüenza. Sólo Virginia parecía mostrar algo de interés en la nueva vida que llevábamos por voluntad del Señor. Participaba con entusiasmo en la Escuela Dominical. Veía a los hermanos como algo interesante, totalmente distintos a los feligreses conspicuos de la Catedral de Puente Alto. En medio del clímax del culto los observaba con la curiosidad con que se ve a los animales comportándose según sus naturalezas. Esta inquietud, este interés, al principio me colmó de dicha, pero pronto se transformaría en el detonante del que ha sido el dolor más grande de mi vida&#8230;</p>
<p align="right"><strong>Continuará&#8230;</strong></p>
<p style="text-align: right;">
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		<title>La Teología de la Desconfianza: Acerca de las apariciones de la virgen en un pueblo sin futuro.</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 17:05:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Alice Antoin]]></category>

		<category><![CDATA[Cultura]]></category>

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Por Natalia Berbelagua (Alice Antoin)

I
Se puede nacer en Santiago, en Cachiyuyo, en Lebu o en  Calama. Nacer en Villa Alemana es cosa rara, siempre hay que explicar donde queda, de qué se vive, porqué se llama así, qué significa vivir en una ciudad dormitorio. Este pueblo está podrido desde sus cimientos y eso que no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/07/miguel-angel-poblete-en-sitio-foxsmith1-300x202.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2616" title="miguel-angel-poblete-en-sitio-foxsmith1-300x202" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/07/miguel-angel-poblete-en-sitio-foxsmith1-300x202.jpg" alt="miguel-angel-poblete-en-sitio-foxsmith1-300x202" width="393" height="265" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><strong>Por Natalia Berbelagua (Alice Antoin)</strong></p>
<p><strong></strong></p>
<p style="text-align: center;">I</p>
<p>Se puede nacer en Santiago, en Cachiyuyo, en Lebu o en  Calama. Nacer en Villa Alemana es cosa rara, siempre hay que explicar donde queda, de qué se vive, porqué se llama así, qué significa vivir en una ciudad dormitorio. Este pueblo está podrido desde sus cimientos y eso que no me considero un fatalista. Gracias a las apariciones de Miguel Ángel ese trabajo lo ha hecho la televisión. De un tiempo a esta parte los hombres andan como muertos vivientes, las viejas como alucinadas. Ahora todos rezan el rosario, en el supermercado, en los pool, en las cantinas no se habla más que de la famosa virgen, de las nubes, de sacarse los zapatos, de comer tierra. Algunos exhiben las fotografías en grandes álbumes, las llevan en el maletín para mostrárselas a sus amigos que no creen en los milagros. Esos son los menos. Los más perspicaces, que generalmente son los más ebrios, hablan bajito y dicen que algo tienen que ver los milicos, que han estado muy callados, que porqué la virgen se aparecería en un pueblo tan ordinario como éste.</p>
<p>Yo no creo en nada. La virgen del cerro para mí es tan falsa como los retos de mi profesora, cuando mi hermana casada le dice a su esposo que le duele la cabeza en la noche, o que me saldrán pelos en la palma de la mano. Hasta a mi perro lo miro con recelo. Un perro no puede llamarse Lassie y tener la mandíbula hacia afuera, las patas cortas, la cola tipo plumero. Arturo Prat no puede haber sido tan bruto de lanzarse de cabeza al barco enemigo.</p>
<p>Siempre pienso que soy inteligente, que por más que me tratan de meter el dedo en la boca, soy más listo, voy un paso adelante. Así que del Montecarmelo ni me hablen. Lo peor es ser astuto y menor de edad, porque te humillan de la peor forma y si reclamas por un leve sentido del ridículo más encima te dan de correazos. Eso me pasó ayer, que me llevaron obligado al cerro, me pusieron ese chaleco de lana que tanto odio y me peinaron al medio para que me viera con pinta de retrasado, como tanto les gusta a las madres.<span id="more-2615"></span></p>
<p>Cuando llegamos arriba, mi mamá se hizo camino entre la gente, se puso el velo en la cabeza y me agarró del brazo. Quedamos al lado del Miguel. Él gritaba, corría, sacaba la lengua, besaba el suelo, le daban espasmos, comía tierra, la vomitaba, todo en cuestión de minutos. Parecía un loco del psiquiátrico más que un iluminado. A mí no me vienen con cuentos. Me gustaría tener la atención de cientos de miles de personas para dar mi mensaje al mundo, mi teología de la desconfianza, pero con la mala suerte que tengo a mí sí que me internarían en la correccional.</p>
<p>En el segundo en que me descuidé mi madre me entregó al vidente de un empujón. Le pidió que orara por mí, me librara del pecado y aumentara mi fe. Miguel Ángel dio vuelta su cabeza como si se tratara de un comercial de champú, me miró con ojos penetrantes, buscó en su bolsillo, sacó una hostia, me la puso en la mano, me la apretó con la delicadeza de una niña, luego pestañeó tres veces. Tuve ganas de molerlo a combos ahí mismo.</p>
<p>-De tanto que te voy a sacar la cresta ahora sí que vay a ver a María, Dios y todos los ángeles hijo de puta- Pensé, haciendo sonar los dientes y apretando los nudillos mientras lo miraba con desprecio.</p>
<p>El vidente se dio la vuelta y levantó los brazos al cielo. Yo como un enajenado salí corriendo cerro abajo a lavarme las manos en la primera poza de agua que encontré. El barro era mejor que la santidad de esas manos repugnantes.</p>
<p style="text-align: center;">II</p>
<p>Mi progenitora se la pasa rezando. Hasta cuando se ducha cree que el altísimo la observa. Mi papá la mira sin entender en qué minuto le cambiaron a la mujer.</p>
<p>Con respecto a las apariciones dice que son todos unos histéricos que ven visiones de puro aburridos. Así como van las cosas no me extrañaría que viniera un grupo de pelotudos a decirme que vieron a mi abuela Juana vestida con su mañanita y la pelela de loza en la mano, dando el último de los secretos de Fátima.</p>
<p>Para escapar un poco de esta realidad tan absurda me junto con mi amigo Fernando, compañero del liceo y de andanzas. Su papá tiene un negocio de abarrotes en Calle Blanco, donde lo asaltamos cada vez que podemos. Nos robamos los chocolatines y los galletones, a los que somos completamente adictos desde cuarto básico. A veces, en vez de pruebas rotas o comunicaciones que nunca llegarán a destino tenemos en los bolsillos algunas monedas que gastamos en papas fritas. Cuando llego a la casa me viven retando porque tengo el uniforme brillante de tanta grasa y tanto planchado.</p>
<p>Hace tres años que uso el mismo. Antes tenía una basta que me llegaba a la altura de la pantorrilla, ahora con suerte logro taparme los tobillos. He crecido más de 10 centímetros este año, tengo los brazos tan largos y flacos que aún no me acostumbro y se me cae todo. Todas las mañanas me doy vuelta el té encima, así que para no armar atados me voy mojado a la escuela.</p>
<p>Hoy me senté en el patio a hacerle cariño al perro y pensé que estas apariciones me tienen alterado de los nervios. Ya no puedo ver una nube con inocencia, un helecho con objetividad o una piedra como lo que es, todo se transforma para mí en imágenes deformes, en tigres rugiendo con sus colmillos sangrantes, en plantas carnívoras que despedazan exploradores, en el rostro infernal de mi madre cuando quiere golpearme.</p>
<p>Hasta mis sueños han cambiado. Antes eran lúcidos. Ahora puedo mezclar en una sola imagen a Flash Gordon, el Papa Juan Pablo II, una piscina con tiburones y a María Marta Serra Lima. Me siento ridículo. Si alguien no para con esto, creo que pisaré otro peldaño en la escalera de la demencia. Por el bien de mi familia, de la teoría de la desconfianza y Villa Alemana. ¡Viva Chile Mierda!</p>
<p>Después de mis reflexiones vespertinas decidí seguir los consejos de mi hermana y me puse a leer la Biblia esperando que me saliera un versículo reconfortante del estilo: <em>&#8220;Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo&#8221;</em>, pero en vez de eso abrí la segunda carta de Reyes, donde el profeta Elías desaparece en un carro de fuego dejando como seguidor a Eliseo. Cuenta la historia que éste era Calvo y al llegar a la ciudad de Betel un grupo de jóvenes le salió al paso para molestarlo con la ascensión de Elías y le dijeron: ¡Sube Calvo!, ¡Sube Calvo!</p>
<p>Pero Eliseo les echó una maldición, y Dios escuchando sus palabras les mandó dos osos que en pleno desierto descuartizaron a los 42 niños que lo ofendieron.</p>
<p>Así como están las cosas en este pueblo, no me extrañaría que Dios nos enviara a dos osos a la línea del tren a despedazar gente por burlarnos de Miguel ángel. Mejor me dejaré de pensar y me acostaré, porque la lectura no me ayudó en nada, salvo en la risa, debo reconocer que hace tiempo que no me reía tanto. En el antiguo testamento no se andaban con chicas.</p>
<p style="text-align: center;">III</p>
<p>Le comenté a Fernando lo que me pasó con el vidente, él me contó que en su familia las cosas andan parecidas, con su papá todo el día en el negocio y su mamá cantando <em>Santa María del camino</em> como si fuera el himno nacional. A mi amigo no le importa porque no desconfía del mundo tanto como yo, a veces creo que se hace el tonto para no tener problemas. Para no aburrirnos en las tardes y sacarnos de la cabeza lo de la Virgen del Cerro, me invitó a participar en un grupo de teatro de jóvenes de la Parroquia donde va los domingos. Si bien yo nunca he actuado formalmente poseo un histrionismo digno de los genios. Puedo hacer 22 caras diferentes frente al espejo con solo levantar las cejas, cerrar los orificios de la nariz, hacer gestos con la boca o mover las orejas. Le dije que sí, que el público de Villa alemana esperaba por años mi actuación.</p>
<p>-Eso lo hizo Miguel Ángel. No hay actuación que pueda superar esa-Dijo Fernando</p>
<p>A veces preferiría que mi amigo no fuera tan honesto.</p>
<p style="text-align: center;">IV</p>
<p>El día que llegamos a la iglesia había un gran grupo de jóvenes que se conocía entre sí. Éramos los únicos que no teníamos familias de 9 hermanos, o pertenecíamos a los Catecúmenos, o  a los carismáticos. Nos miraron raro, pero a mí eso no me importa porque pronto estaré loco y nadie podrá decirme nada. Seré un ídolo.</p>
<p>Nos preguntaron nuestros nombres. Luego nos explicaron de qué se trataba el grupo y cual era la obra que iba a montarse. <strong><em>Jesucristo Superestrella</em> </strong>en la versión de Camilo Sesto con Ángela Carrasco. Como todos cantábamos mal, quedamos en que doblaríamos las letras, pero con actuaciones creíbles dentro de nuestras posibilidades.</p>
<p>Nos pasaron unas hojas de roneo con un fragmento de cada personaje para recrearlo delante de todos. Cada uno tenía que elegir para qué papel quería audicionar. Sin duda el más fácil era el de María Magdalena porque se la pasa llorando, lavando pies, o siguiendo a Jesús, pero jamás caería en la humillación de hacerme pasar por mujer. No estoy tan necesitado.</p>
<p>Finalmente me decidí por Judas, el antagonista de la obra, que pronuncia textos que no dejan de ser interesantes para un rebelde como yo:</p>
<p><em>&#8220;¡Jesús! Míranos bien, qué haz hecho de nosotros, de nuestros ideales que ya han muerto por ti. Y aún no es el final dejas que uno entregue igual que a un criminal como a un ángel desvalido, como a un héroe perdido, como un ángel, como un animal herido.&#8221;</em></p>
<p><em></em>Llegó mi turno. Era el tercer Judas en audicionar. Ya me había aprendido un párrafo para llegar seguro a recitar el texto. Habían corrido las bancas para tener más espacio. El director observaba libreto en mano desde el final de la sala de Velatorios donde era la prueba de talentos. Cargado de la fuerza vigorosa de la muerte, del llanto de los deudos, de las palabras divinas del cura, entré a escena haciendo sonar mis mocasines contra las baldosas. Comencé a abrir los ojos con exageración increpando al actor que hacía de Jesús, corrí por los rincones de la sala, me arrastré por el suelo, apunté al público, levanté los brazos.</p>
<p>Desde el fondo de la sala se escuchó:- ¡Mira se parece a Miguel ángel Poblete!</p>
<p>Y una carcajada como una gran marea arrastró a los asistentes, al director, e incluso al mismo Fernando dejándome como un imbécil. Como soy perseverante, casi obsesivo, y como estoy tan seguro de mis aptitudes que jamás dejaría que se vieran empañadas por un neoprenero como el famoso vidente, hice oídos sordos a las risas de los cristianos y proseguí con mi párrafo. Ese sencillo gesto de estoicismo me devolvió la dignidad frente a los asistentes, y el Director Francisco Gómez, pidió un aplauso para mí cuando terminé mi performance. A la media hora dio la nómina con los personajes principales y los secundarios. Mi batalla contra el títere del gobierno y la iglesia tomó tintes de guerra, y con una estocada fina pero precisa, conseguí quedarme con el papel de Judas.</p>
<p>Llegué a mi casa con la moral en alto, con una cara digna de Al pacino hice mi entrada triunfal contando los avatares de mi tarde como actor. Mi padre no podía creerlo.</p>
<p>-Pensé que eras más inteligente-Me dijo.</p>
<p>En cambio mi madre, con los ojos como dos rayos de luz, me colmó de besos como no lo hacía desde que yo tenía siete años.</p>
<p style="text-align: center;">V</p>
<p>En el primer ensayo tan solo a dos días de la audición nos mostraron la película para que nos empapáramos del espíritu de la obra. Un Jesús turnio y disfrazado de hippie (Cosa que me horrorizaba más que el beso que recibe de Judas en la comisura del labio), bailaba como un idiota moviendo las extremidades arriba de una camioneta con colores sicodélicos. Queda claro que el mesías fumaba marihuana, de lo contrario no se explican sus milagros de convertir el agua en vino, multiplicar los panes y cosas por el estilo. Fernando, se me había olvidado contarlo, quedó como uno de los guardias romanos que vigilan el momento de la crucifixión. Él también quedó contento, porque hacer el ridículo no estaba entre sus planes, sino conocer  chiquillas para pololear. Buen nicho el que eligió mi amigo porque el taller rebozaba de jovencitas, muy pacatas por cierto, pero niñas al fin y al cabo.</p>
<p>Ensayamos algo así como tres meses. Todos los lunes, miércoles y viernes después de clases debíamos partir a la parroquia, para que por tres horas jugáramos a ser los personajes del nuevo testamento. Durante ese tiempo, se comentó que alguien vio que un reflector con imágenes de la virgen era utilizado para que la gente creyera en las apariciones y así tapar el caso de los degollados. La policía política tenía aparentemente un rol fundamental, y la gente ávida de sentirse querida por alguien, o algo, en este caso una fuerza sobrenatural, poderosa y carismática,  cayeron en la trampa. Esto me lo contó otro compañero de clases, el Justo Martínez, pariente de un poeta de villa Alemana, Juan Luis Martínez, que a pesar de lo bueno de su escritura no lo conocían ni en pelea de perros. Si lo decía él tenía valor. Los poetas son seres que conectan la superficie con el infierno. En Chile todos nos quemamos con las brasas.</p>
<p style="text-align: center;">VI</p>
<p>El día del estreno se programó para un sábado a las 8 de la tarde. Llegaron más de ochocientas personas.  El fervor por la virgen nos cubrió con un manto de santidad, así que a nadie le costó donar los quinientos pesos de la entrada  que gastamos en un gran asado de celebración. Esa jornada, antes de salir de mi casa, tomé una larga ducha, me restregué el cuello, las muñecas y los pies, cosa que no hacía nunca. Salí del baño con los dedos arrugados pero reluciente, listo para brillar.</p>
<p>Mi madre insistió en llegar conmigo para sentirse importante frente a sus viejas conocidas del Rosario Familiar. El cura corría de un lado a otro ayudando a montar el escenario, porque este también era un logro suyo, ya que desde su parroquia se daba que hablar a la escasa y poco ilustre sociedad Villalemanina.</p>
<p>Partió la obra a oscuras, luego fueron apareciendo junto con los personajes, luces de diferentes colores gracias a un iluminador que se consiguió el director. Cada vez que aparecía yo, me enfocaba una luz morada, cosa que me gustó tanto, que le terminé poniendo un papel celofán del mismo color a la lámpara de mi pieza para sentirme el actor de mi propia vida, por más que ésta fuera una basura.</p>
<p>Cuando me tocó salir a escena la gente aplaudió a rabiar, ya para ese entonces mis compañeros me felicitaban por mi arrojo y la pasión que le imprimía al personaje. Mi madre estaba sentada en la primera fila, a mi padre lo reconocí por sus pantalones de cotelé color Obispo, porque según vi, parecía estar enterrado en la butaca. Rodrigo, el actor que hacía de Jesús se había dejado crecer el pelo, y flaco como era funcionó perfecto para el papel, eso sí después de una técnica que nos enseñaron para sacar afuera las emociones. Todos te inmovilizaban de brazos y piernas, y luego uno comenzaba a insultarte en algo que a ti te doliera. A mí me gritaron esquizofrénico, loco, demente,  distorsionado, aberración de la genética, e incluso recibí un par de patadas en el culo, hasta que el director señaló que se les había pasado la mano. Yo no me hice mayores problemas, ser un tipo resistente a las malas condiciones climáticas, me tiene orgulloso.</p>
<p>Las niñas del elenco se veían todas bonitas. La tía de la Ximena, la bailarina principal del &#8220;Pueblo&#8221; les cosió unos vestidos rosados en satín que les hacía ver con más años de los que tenían, sobretodo a las que no usaban sostén, marcando sus pezones. María Magdalena era una flaca de pelo largo que pintaron con rouge de vieja y le dibujaron un lunar en la mejilla. El abuso de la caracterización, el cliché de la prostitución. Uno de los problemas que sigue teniendo el teatro.</p>
<p>Terminadas mis escenas de provocación al salvador con un discurso más social que religioso, llegó uno de los clímax de la obra, el momento del suicidio de Judas. La escena la montamos con una pequeña escalera, yo vestía una chaqueta de cuero negra que me sacaron de la ropa usada y que me quedaba un poco larga, y bajo ella un arnés del cual debía engancharme discretamente de la argolla fijada en una viga. Una cuerda para simular colgaba del mismo sitio. Yo debía subirme al tercer escalón, enganchar mi correa para no caer, afirmar la soga con la barbilla y botar la escalera con los pies, para el efecto de un ahorcamiento real.</p>
<p>Cuando cumplí con todos los pasos que antes mencioné supe que algo había salido mal, debido a que la cuerda subió y me apretó el cuello. Durante varios minutos aguanté con mis manos el peso de mi cuerpo, hasta que esto no me fue posible. La primera fila de los invitados aplaudía y señalaba con fervor mi grandiosa actuación, pero debido al humo, la luz violeta y la música de la muerte, nadie se daba cuenta de que fallecería de un segundo a otro. En el momento crucial en que ya no había aire en mi tráquea, mi cabeza se nublaba con una densa neblina digna de Transilvania, y mi corazón latía como si se fuera a reventar me di cuenta que estaba todo perdido.</p>
<p>Cerré mis ojos, bajé la cabeza, vi como en un cortometraje (De bajo presupuesto) pasar a mis seres queridos; primero a mi perro, el Lassie, jugando con su huesito de cazuela, después a mi papá, leyendo el semanario con sus lentes redondos, después a mi hermana, con su infaltable trapo en la cabeza por sus interminables migrañas, luego al Fernando comiendo galletones,  a mi madre cocinando zapallos rellenos y cantando <em>&#8221; El Señor hizo en mí&#8230;Maravillas&#8230;Grande es mi Dios&#8221; </em>Y finalmente para arruinar mis últimos minutos de vida, Miguel Ángel, con su pelo al viento dando la vuelta para tomarme la mano y darme la hostia, pero esta vez, en la boca.</p>
<p>Ahí fue cuando escuché a lo lejos:- Bajen a Judas que se está ahorcando. Y dos compañeros de equipo me bajaron al suelo.</p>
<p>Quedé inmóvil por varios minutos, temiendo encontrarme en el limbo junto con los comunistas, los socialistas, los vagabundos, los ateos, los mentirosos, los que nunca dejaron que les metieran el dedo en la boca, porque el recelo es lo que mueve a tipos como yo, los teólogos de la desconfianza.</p>
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		<title>Algunas apariciones del Ángel Exterminador</title>
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		<pubDate>Mon, 23 May 2011 02:37:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Gran Arcada</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Los Irremediables]]></category>

		<category><![CDATA[Profecías]]></category>

		<category><![CDATA[Ángel Exterminador]]></category>

		<category><![CDATA[Causas Perdidas]]></category>

		<category><![CDATA[Dios]]></category>

		<category><![CDATA[Droga]]></category>

		<category><![CDATA[Enfermedades]]></category>

		<category><![CDATA[Religion]]></category>

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		<description><![CDATA[


X&#8230;, ángel destructor, jefe de alguna jerarquía de demonios, ha emergido del Averno y se ha hecho verbo en un ser con modales de oso y apariencia de tigre.


&#8220;Vengo a preveniros de aquel ángel insurrecto,
Errata de Dios Padre, Mal que lleva en tránsito tanto tiempo como el Tiempo.
Acecha. Desmiembra. Condena al desafortunado incauto.
Les hablo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/05/angel-exterminador.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2592" title="angel-exterminador" src="http://www.lagranarcada.com/wp-content/uploads/2011/05/angel-exterminador.jpg" alt="angel-exterminador" width="480" height="320" /></a><strong></strong></p>
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<p><!--[endif] --></p>
<p><strong>X&#8230;, ángel destructor, jefe de alguna jerarquía de demonios, ha emergido del Averno y se ha hecho verbo en un ser con modales de oso y apariencia de tigre.</strong></p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left;"><em>&#8220;Vengo a preveniros de aquel ángel insurrecto,<br />
Errata de Dios Padre, Mal que lleva en tránsito tanto tiempo como el Tiempo.<br />
Acecha. Desmiembra. Condena al desafortunado incauto.<br />
Les hablo de un ser mineral forjado en el llanto del planeta en parto.<br />
Lo reconoceréis por sus ojos, registro de todas las tonalidades del mar.<br />
La sombra de sus pasos fue atesorada por los primeros hombres.<br />
Sobre ellas erigieron sus cementerios,<br />
Y sus herederos sus templos&#8230;&#8221; </em><br />
<strong>Barón Pasquale di MontePijas</strong></p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: center;">Agazapado sobre el dintel<br />
Nos vigilaba con las alas tensas<br />
Asomaba su lengua negra y afilada, como el áspid<br />
El neón de la noche reptaba sobre el esmalte azulino de sus dientes.<br />
Sin pensarlo dimos media vuelta y corrimos por nuestras vidas.<br />
Sin mirar atrás, maniquíes de sal, elevamos una tímida plegaria.<br />
El ángel no salió tras nuestro con sus fauces dislocadas.<br />
No le fue necesario<br />
En un suspiro lo teníamos enfrente.<br />
Olisqueaba nuestros rostros, la danza de sus pupilas nos ardía en la piel.<br />
No nos devoró, como temíamos,<br />
No sacó un machete de su pringosa alforja<br />
Para escalparnos y cambiar nuestras cabelleras<br />
Por licor y jarabes en el almacén del paquistaní usurero.<br />
No.<br />
Simplemente lanzó un bufido de fastidio sobre nuestros trémulos párpados<br />
Y con una voz que más parecía de niña habló:</p>
<p style="text-align: center;">
<p><strong>&#8220;En verdad os digo, mis amantísimas bestias, que llegará el día en que vuestros ridículos corazones serán escuchados. Sí, creedme. Vuestras lágrimas, los fantasmas de vuestros suicidios irresolutos, vuestros absurdos ejercicios poéticos,   -¡vosotros mismos!- podréis soñar con un destino distinto a acabar devorados por los tiburones ni humillados por el balde de orín&#8221;</strong></p>
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