Episodios de la vida de Virginia Humores (El taller literario)

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Elliot Candia. ex compañero de preparatoria. Conversación en una fila de 2 cuadras en la oficina de SII de Cerro Navia.

Fui compañero de la Virginia Humores durante toda la enseñanza media, pero recién tuve la oportunidad de conversar con ella y conocerla un poco más en un taller literario en el que coincidimos mientras cursábamos cuarto medio.

Era la primera vez que asistía a un taller literario y no tenía la menor idea en qué consistía. Para mi en esa época escribir era asunto de maricones (todos a quienes conocía y escribían lo eran, en uno u otro sentido). A lo más podía soportar leer ciencia ficción, ojalá con ilustraciones y por no más de 45 minutos…

En qué estaba pensando cuando decidí asistir a ese taller, simple, pensaba en lo mismo que pienso la mayor parte del día desde que experimenté mi primera erección consciente: mujeres. Las chicas más guapas asistían a esas tonterías y como nunca me dieron bola pensé que quizás simulando interés en la literatura podría incrementar mis remotas posibilidades de ligar algún día con una chica que de veras me gustara.

El primer día fui de los primeros en llegar, me senté en un rincón y me quedé en silencio observando a los que ingresaban a la sala. Noté que todos traían un libro en la mano y con los dedos marcaban la página que supuestamente venían leyendo. De pronto apareció Virginia, la más caliente de mi generación. Nunca imaginé que le interesara la literatura, más me sorprendí cuando me dijo hola y se sentó a mi lado. En todos estos años la única interacción que tuvimos fue la vez que me prestó un poco de confort después que un brutal pelotazo de su novio me rompió la nariz. Al parecer esto del taller literario funcionaba. Yo ni siquiera había traído un cuaderno, Virginia se dio cuenta y toda amable me ofreció lápiz y papel. Lo primero que anoté fue que para la próxima clase debía traer cuaderno, lápiz y llegar leyendo.

Apareció un hombre con el rostro alterado, sudando y con la quijada tensa como quien se ha aguantado toda una vida las ganas de estallar en chuchadas. Sólo le faltaba una granada en la mano. Se presentó como el profesor encargado del taller. Era calvo, los pocos pelos que sobrevivían en sus parietales se le arremolinaban dándole un aspecto descuidado que no alcanzaba a otorgarle style. Usaba unas gafas cuadradas, doradas y no paró de fumar durante toda la clase. A simple vista uno podía notar que se trataba de un hombre carente absoluto de creatividad.

El profesor comenzó a hablar de libros de los que no había oído hablar jamás en mi puta vida. Simulé escribir sobre el papel alguna tontera sin sentido. Noté que Virginia me miraba insistentemente mientras escribía, no pude soportar la vergüenza, dejé de escribir y cubrí la hoja con ambas manos. Nunca en mi vida había escrito algo que no hubiese copiado o que no me hubiesen dictado. Hasta las cartas al viejito pascuero las copiaba de una estándar, lo único que cambiaba era los regalos.

El profesor nos dio una tarea, dijo que debíamos traer la próxima clase algo escrito por nosotros, un relato, un poema, lo que fuese, pero recalcó, con el cigarrillo temblando en su mano, que debía ser algo íntegramente genuino. Luego se sentó a escribir en su libreta. Estuvimos en silencio por quince minutos hasta que dedujimos que la clase había terminado. Salimos todos en silencio.

Me fui caminando a casa. Unos metros más adelante iba Virginia, sola e insoportablemente atractiva. Un semáforo en rojo y la conversación fue inevitable. Mientras caminábamos me habló de sus libros preferidos, me contó que desde niña escribía y que su sueño era alguna vez publicar un libro. Traté de seguirle el juego, dentro de mi infinita ignorancia dije que también acostumbraba a escribir y que eran tantos los escritores que me agradan que no me atrevía a nombrarlos porque me parecía injusto con los que se me iban a quedar en el tintero. Nos sentamos un rato en una plaza y seguimos charlando. Me tenía maravillado su forma de hablar, su sentido del humor, su dulzura, por un momento imaginé lo fantástico que sería ser su amigo, poder contarle un secreto, pedirle un consejo, cosas así, luego fijé la mirada en su escote y me dejé de pensar estupideces. La dejé en la puerta de su casa y me fui corriendo a la mía a masturbarme.

La próxima clase del taller sería en un par de días. Me había creado expectativas con Virginia y estaba dispuesto a todo con tal de despertar su curiosidad. Esos días estuve escribiendo como loco, pero los resultados no resistían más allá de la primera lectura. Estaba desesperado, no sabía que hacer, así que fui a la biblioteca y conseguí algunos libros de poesía con el propósito de guiarme un poco. Bastó una simple ojeada para darme cuenta que lo de mis escritos era aún más grave de lo que imaginaba. Ya no había tiempo de nada, así que decidí simplemente recurrir al plagio.

Ese día llegué atrasado. El profesor se veía más alterado que la clase anterior y me quedó mirando de manera muy extraña hasta que me senté junto a Virginia. Luego inició las lecturas de lo que había que traer escrito, como nadie se ofreció voluntariamente, me apuntó y me hizo salir adelante.

Creo que fue una de las veces en que he estado más nervioso en mi vida, mis piernas tiritaban y apenas me salía la voz. Miré a Virginia, ella sonrió y levantó su pulgar dándome fuerza, el movimiento dejó entrever parte de su seno izquierdo. Eso me aleonó. Carraspee y comencé a leer.

La profética tribu de pupilas ardientes
ayer se puso en marcha, los hijos a la espalda;
otros marchan llorosos, cogidos a la falda;
otros muerden hambrientos los pezones ardientes.

Los hombres van a pie, armas en bandolera,
junto a los carromatos por sendas y rastrojos,
paseando por el cielo los apenados ojos
por la oscura nostalgia de lejana quimera.

Asomado el reducto de su agujero, el grillo,
mirándolos pasar, redobla su estribillo;
Cibeles, que los ama, prodiga sus verduras,

y hace manar la roca, florece el desierto
para los caminantes que tienen siempre abierto
el familiar imperio de las sombras futuras.

Terminé en un absoluto silencio, algo andaba mal, noté que el profesor estaba rojo, sus dientes rechinaban, su mirada inyectada en sangre. Comenzó a gritar

-¿Usted cree que soy un imbécil, usted cree que sus compañeros son unos idiotas?
qué te hai creío miserable bastardo, pensaste que me ibai a engañar, hijo de puta…-

Intenté responder algo pero una violenta bofetada me tiró al suelo. Mis demás compañeros quedaron estupefactos con la reacción del profesor, nadie atinó a hacer nada. El profesor le puso seguro a la puerta, continuó gritando y se desató el cinturón, imaginé lo peor y me incorporé rápidamente y me arrimé de espaldas contra la pared, pero un violento correazo en el torso hizo que me contrajera de dolor, alcancé a cubrirme el rostro antes del segundo latigazo, la hebilla me rajó el brazo y comencé a sangrar profusamente. Virginia gritaba como loca por la ventana pidiendo auxilio mientras el profesor descargaba un correazo tras otro sobre mi cuerpo hecho un ovillo, gritaba que nunca más aceptaría las burlas de nadie, menos un escuincle analfabeto como yo.

Los alumnos de la sala contigua acudieron en mi ayuda, alarmados por los gritos de auxilio de Virginia. A punta de escobazos lograron rescatarme de las manos del profesor y me sacaron arrastrando de la sala. Los demás también escaparon, dejando al loco encerrado, gritando y maldiciendo. Llegó la policía y al rato una ambulancia con unos enormes hombres vestidos de blanco, uno llevaba un saco repleto de correas y el otro un rifle. ¡Mátenlo! les grité, pero Virginia, que estaba al lado mío tomando mi mano, me dijo que sólo se trataba de un sedante. Al cabo de 10 minutos lo sacaron de la sala inconsciente en una camilla rumbo seguramente al Siquiátrico.

Por suerte quedaba poco tiempo para salir definitivamente del colegio. Lo que quedaba de semestre fui el blanco de todas las burlas y hasta elaboraron un cómic con mi terrible experiencia. Estuve un mes sin ir a clases. Durante ese tiempo Virginia fue a verme a la casa un par de veces. En una conversación le conté que lo del plagio fue un esfuerzo desesperado por llamar su atención y que sinceramente me hacía feliz toda esa vergüenza porque gracias a eso pude gozar de su amistad. Ella se emocionó y creo que también se sintió un poco culpable, porque en su próxima visita cerró mi habitación con llave y prácticamente me violó. Me enamoré perdidamente pero después de la graduación nunca más la volví a ver. Ah, y nunca más volví a escribir.

3 Responses to “Episodios de la vida de Virginia Humores (El taller literario)”

  1. Verónica Says:

    Pobre Flaco… si hay que plagiar, mejor plageo algo bueno altiro; me imagino que esa fue su lógica al buscar algo de Baudelaire

  2. Anonymous Says:

    esa virginia humores causa estragos en la vida de cuanto tipo se le cruza por delante. bien merecido se tiene los correazos ese tipo por copion y caliente

    besos
    Jana

  3. Anonymous Says:

    Virginia guin

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