Sobre héroes y waters
Tags: Casimiro Boamorte, estupidez humana, Literatura, Ucronia
Pobre Casimiro. Justo cuando la crítica comenzaba a valorar su obra se tuvo que morir. Con suerte alcanzó a disfrutar un par de años de bonanza. Después de tanto portazo en la cara al fin había logrado fichar en una importante editorial. Eso le generó dinero y uno que otro fucilazo de fama. Apareció un par de veces en la televisión, lo sentaron a firmar sus libros en la librería más importante de la ciudad. Su nombre apareció en los rankings de libros más vendidos en la categoría ficción y últimamente se le veía acompañado de una preciosa estudiante de literatura 13 años menor que él, que lo idolatraba…
Dicen que los seres trágicos son capaces de vaticinar su muerte básicamente porque durante toda su vida no hacen más que hablar de ella. Casimiro hacía meses que andaba con la idea de que iba a morir. En las reuniones era frecuente verlo repitiendo “me voy a morir, me voy a morir” en baja frecuencia, con la mirada fija en un punto y balanceándose como los dementes. A pito de nada comenzaba a elucubrar en voz alta sobre tragedias y circunstancias heroicas, hablaba de un orfanato en llamas, de un bus repleto de escolares que iba en loca carrera hacía un acantilado. En todas estas situaciones aparecía de la nada, ponía a salvo a todos y acababa muerto.
Un ser con un espíritu tan benévolo no merecía morir ahogado en su vómito.
Siempre nos quedó rondando la idea del suicidio. Al final todos asumimos que se trató de algo así como un suicidio sin querer. Es que nadie puede beber ni jalar tanto por accidente, aunque el era de los que se entusiasmaban demasiado. Lo que reforzó aún más esta tesis fue que Casimiro días antes ya había gestionado la cremación de su cadáver en los hornos del Parque del Recuerdo y el primero en llegar al hospital fue el abogado de la editorial. Traía en su maletín el testamento y las últimas voluntades de Casimiro.
Al día siguiente llegó a mi casa un sobre lacrado con el sello de la editorial. Lo abrí y quedé estupefacto. ¡Era una invitación a su funeral! ¡Nunca había escuchado de un funeral con flyer!
La cremación resultó ser diametralmente opuesta a lo que imaginaba. Todo era formal, muy aséptico. No existía una ventanilla por donde observar el proceso. Yo imaginaba al cadáver retorciéndose de espasmos y emitiendo sonidos guturales mientras ardía. Nada de eso hubo. Todo el rato estuve moviendo las aletas de mi nariz como un conejo, sondeando algún aroma extraño, olor a carne asada. Nada de nada. Una hora después apareció un hombre pálido y sin expresión con el ánfora en las manos y ahí se acabó todo.
Casimiro rara vez nos habló de su familia. En las escasas ocasiones en que mencionó a sus padres o su origen lo hacía narrando historias tan descabelladas que era imposible tomarlo en serio. Por eso a todos sus amigos nos descolocó un poco el enterarnos de que la ceremonia post cremación sería en la casa de sus padres.
Llegamos a la casa. Habían preparado un sencillo ágape. Me serví mi Martini habitual, bien seco, y me uní a un pequeño grupo donde se recordaban algunas travesuras softcore de Casimiro. Hubo un par de brindis in memoriam. Luego el abogado tintineó su copa, carraspeó y nos pidió a todos un poco de atención.
El abogado abrió su maletín, extrajo una carpeta y ceremoniosamente procedió a leer el mensaje póstumo de Casimiro a los invitados. En su estilo tan particular nos agradecía el haberlo soportado todo este tiempo, 27 años de desengaño, según sus propias palabras. Hablaba de lo complejo que es vivir en este mundo y que de existir exovida en otras galaxias sin duda sería igual de miserable que aquí. También reflexionaba sobre lo que se le venía, de la muerte en adelante solo hay especulaciones, ahora dependía absolutamente de los designios de Dios, del destino o lo que fuera. Eso sí, dejaba muy claro que si por estos desconocidos propósitos terminaba reencarnado en otra vida humana, trataría de convertirse en cualquier cosa menos en escritor.
Mientras escuchaba al abogado miré alrededor y observé a toda la gente que había venido a darle el adiós póstumo. No eran muchos. Estábamos los de siempre, el círculo inmediato al “poeta huracán”, quien ahora yacía contenido en ese frasco de mal gusto. También había caras desconocidas, gente de semblante conspicuo, con anteojos de marco grueso, que no dejaban de sobarle las manos a la madre de Casimiro y a su hermana, que por lo demás estaba bastante guapa.
“Quiero que mis cenizas sean lanzadas al water (inodoro) y que luego se jale la cadena. No hay metáfora alguna en este mi último deseo. Así lo quiero y así se hará. Existe una cláusula que, de no realizarse esta parte fundamental de mi despedida, obliga a mis abogados a liquidar todos mis bienes, además de los derechos de mis obras publicadas y por publicar, y todo el dinero obtenido donarlo a instituciones de caridad”.
Todos quedamos atónitos. Los asistentes comenzaron a murmurar y las miradas se centraron en los padres de Casimiro, sobre todo en la madre. El padre se veía algo ausente, al parecer ya estaba un poco borracho. Luego de un breve diálogo entre sus familiares se decidió llevar a cabo esta excéntrica voluntad. Era que no, desperdiciar tanto dinero era una locura, además resultaba turbador siquiera imaginar que todo ese dinero podría ir a parar a la caridad. Fue una jugada muy hábil del poeta.
La casa no era muy grande, tenía tres baños, el más amplio estaba ubicado al costado de la pieza del fondo, así que todos nos dirigimos hacia allá. Se produjo una pequeña aglomeración. Salomónicamente se decidió que quienes estarían en el interior serían los padres, la hermana y la abuela, más el abogado que se ubicaría parado en la tina. Quedaba espacio para alguien más en la tina, así que se ofreció al resto de los presentes. La única interesada fue una ex novia de Casimiro, quien ingresó tímidamente. El resto se quedó parado en la puerta, los de más adelante se pusieron de cuclillas para no tapar a los de atrás. Alguien acercó una banca para encaramarnos y poder apreciar el acto. Parecía una verdadera galería.
La ceremonia continuó. Había que dejar el baño a la altura de la circunstancia así que sacamos los cepillos de dientes, el papel higiénico y los reemplazamos por objetos preciados por Casimiro: libros, la camiseta de la U, sus vinilos de jazz., su foto autografiada con Zalo Reyes. Alguien apareció con una guitarra y tocó una canción muy triste hasta que no soportó más y se largó a llorar. El padre no quiso parecer menos e improvisó unas palabras pero no se le entendió nada, su lengua estaba traposa producto de la congoja y el whisky. Después la hermana abrió el ánfora y vertió lentamente el contenido en el water.
El abogado leyó el pasaje bíblico preferido de Casimiro, ese que da inicio a Los hermanos Karamazov: “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, solo queda; mas si muriese ,mucho fruto lleva” San Juan XII, 24-25. Al finalizar hubo dos minutos de silencio sólo interrumpidos por los llantos ahogados de su madre y del tipo de la guitarra.
El abogado salió de la tina y se colocó al costado del retrete, miró al padre, éste asintió con la cabeza y el abogado jaló la cadena. El ruido característico de esa acción indicaba que Casimiro ya era una especie extinta. Todo se había acabado. Nuestro poeta, quizás el ser más íntegro que alguna vez nos rodeó, fluía por las cañerías hasta desembocar en un río infecto, luego esa podredumbre iría a dar al mar y de ahí se atomizaría por el océano impulsando fragmentos de vida en lugares inverosímiles. Esta sombría certeza pareció afectarle demasiado a su madre, que comenzó a llorar a gritos y se lanzó de cabeza a abrazar y besar al inodoro buscando la tibieza de su hijo muerto.
Luego de su muerte los libros de Casimiro se convirtieron en un éxito de ventas. No se les llamó best sellers sólo por una cuestión de dignidad literaria. En los siguientes tres años la editorial publicó dos novelas póstumas y un compendio con sus mejores poemas.
De ese esplendoroso periodo sólo queda un vago recuerdo. Lamentablemente su obra no logró vencer al tiempo, al olvido. Aparecieron nuevos narradores y poetas que les bastó con tensar un poco más la cuerda del arco. Hoy los libros de Casimiro Boamorte Chirimoyanovic se pueden obtener por mil pesos en los cajones de las librerías de San Diego.
























Noviembre 20th, 2007 at 20:37
Me resisto a su muerte gato.
Lux
Noviembre 21st, 2007 at 13:56
no mueras casimiro, aunque el funeral estaria divertido prefiero leer tus locuras
Claudia
Noviembre 21st, 2007 at 15:13
No hay de qué preocuparse, el relato está ambientado en el 2009, así que queda Casimiro para rato. Además quién dice que no resucitará como el Hijo del Hombre. Casimiro trae más sorpresas que una piñata, ya tu sabes.
Noviembre 22nd, 2007 at 0:54
Hay pero que gente mas literal!! Denota un gran desconocimiento por la muerte, quien nos acompaña desde toda nuestra vida. Si se muere Casimirito, que? quizas se transfome desde Casimiro el Gris a Casimiro el Blanco (recuerden a Tolkien), quizas es solo un deseo, una fantasia, un free style, ya tu sabes.
Para mi la definitiva muerte es el olvido.
En todo caso, quede extasiada imaginando la tribuna plagada de gente con marcos de acetato, de la “alcurnia” intelectual y literata, lagrimas de risa al escuchar e imaginar el noble acto de tirar la cadena, la hiperbaton de reunise con la naturaleza en miles de particulas desde un inodoro hasta el mar!!