Sopaipitron, cuando las sopaipillas se tomaron las calles

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En la primavera de 1988 Félix Tolosa, hombre de escasos recursos pero de fértil imaginación, protagonizó uno de los hechos más extravagantes en la historia de nuestra ciudad.

Félix era vendedor ambulante y eventual payaso de micro. Le fue relativamente bien con sus oficios hasta que el nuevo sistema de transporte instaurado por el Estado lo dejó cesante. Félix no era de los que se quedan de brazos cruzados. Inmediatamente se puso en plan de crear una estrategia para poder sortear el hambre y conquistar una vida medianamente digna…

Félix vivía en la periferia de la ciudad, era parte de un grupo de familias que se tomaron un peladero donde todas las tardes los camiones municipales iban a botar chatarra y electrodomésticos. Ahí se pasaba tardes enteras imaginando inventos y negocios, mientras sus vecinos lo desdeñaban, malinterpretando sus jornadas creativas y tomándolo por un vago adicto al ocio. Muchos de sus proyectos fueron a dar a la basura, aunque su boceto de un cuello hecho de polar se convirtió en éxito comercial, que no le significó dividendo alguno debido a que olvidó patentarlo.

Una tarde en que patrullaba un barrio acomodado hurgando en los basureros en búsqueda de cartones y comida, encontró una caja llena de ejemplares de la famosa revista Mecánica Popular. Al llegar a casa comenzó a hojearlas y dió con un didáctico instructivo para construir un robot de materiales reciclados. La gracia de este robot era que, además de poder desplazarse solo, podía plegarse y guardar bajo la cama. Inmediatamente el afán de gloria comenzó a gritar en su interior. Perfectamente podría basarse en ese folleto para construir un robot a mayor escala y, mejor aún, darle algún tipo de funcionalidad.

A pesar de sus precarios medios y conocimientos Félix logró su propósito. Valiéndose de la mencionada revista, más algunos manuales básicos de electrónica y la asesoría de los mecánicos del taller del barrio. Luego de seis meses de extenuante trabajo, de soportar el escepticismo y la burla de quienes le preguntaban si estaba construyendo el arca de Noé, logró finalmente concluir su titánica empresa.

El resultado fue una máquina de cuatro metros de alto. Un enorme armatoste de plástico, metal y soldadura que en 20 minutos podía transformarse en un carrito de sopaipillas. Lo bautizó como Sopaipitron.

Lo mantuvo en secreto durante semanas, tapado con periódicos y cartones. Sólo durante la noche salía a probar su flamante invento a las canchas de tierra cercanas a la toma en que vivía. Más de un problema le ocasionó el tamaño y apariencia del androide. Varias veces los drogadictos del sector lo apedrearon creyendo a Sopaipitron como la personificación de los delirios que les provocaba el neoprén. También debido a su difícil maniobrabilidad, pasaba a llevar el tendido eléctrico y recibía brutales descargas que lo dejaban inconsciente por horas. El asunto se complicó cuando un vecino sapo lo denunció a los aparatos represivos por una supuesta conspiración contra el régimen, que para ese entonces estaba con la cabeza puesta en el plebiscito que se venía encima.

Félix intuía el revuelo mediático que provocaría Sopaipitron. Era lo que había buscado durante toda su vida, el anhelo que le inoculaba fuerza cuando ya creía que todo estaba perdido. Sin embargo, sentía un poco de temor, una extraña sensación le impedía sentirse conforme. Finalmente, envalentonado por el alcohol, decidió estrenar su invento con una espectacular performance.

Corría septiembre de ese año. Félix finalmente apareció con Sopaipitron en un lugar popular y a una hora peak. Es difícil imaginar la sorpresa que debieron llevarse quienes vieron a ese enorme androide caminando aparatosamente por Meiggs y la Estación Central. Los transeúntes boquiabiertos no daban crédito a la alucinante visión, cuando en esa concurrida esquina Sopaipitron comenzó su lenta y ruidosa metamorfosis. Una vez concluida la conversión y con Kraftwerk de fondo, las cocineras regordetas (novia y cuñada de Félix) vestidas de colores metálicos, vertieron el aceite sobre las enormes sartenes, accionaron los quemadores y comenzaron a freír las sopaipillas para el tropel de curiosos que celebraban alrededor de la insólita estructura.

Los matinales de la televisión se regodearon con Sopaipitron. Se realizaron concursos y actividades en las que sorteaban un año de sopaipillas gratis y viajes a bordo de la cabina biplaza del robot. Félix, de gran olfato comercial, no tardó en crear toda una red de merchandising en torno al simpático robot: poleras, llaveros, sombreros, álbumes de figuritas. La réplica a escala del robot fue el juguete de mayor demanda la Navidad de 1988. Los embarques que llegaban a las tiendas de retail no tardaban más de unas horas en agotarse. Muchas madres rasgaron vestiduras por Sopaipitron al ver que sus hijos, extasiados por el flamante aparato, expresaban su deseo de convertirse en freidores de sopaipillas cuando grandes.

Incluso la maquinaria propagandística de la dictadura, encabezada por el tristemente célebre y despiadado Jovino Novoa, se planteó incluir a Sopaipitrón en la franja del SI, idea que fue posteriormente descartada debido a que asociar el aceite hirviendo con el Gobierno era como darles la razón a esos “comunistas de mierda” que acusaban haber sido torturados.

Esta historia de esfuerzo y superación tuvo -como era de esperar- un trágico desenlace. Nueve meses después de su impactante aparición, el 27 de Junio de 1989 a las 18:00 horas, una fuga en el alimentador de combustible desató una colosal explosión que desintegró a Sopaipitron y a todo lo que lo rodeaba en un radio de quince metros. No quedó indicio alguno de nada, salvo un enorme y humeante cráter. Ni siquiera se encontró el cadáver de Félix, a pesar de que siempre lucía enormes joyas que lo hacían fácil de reconocer. Algunos comenzaron a especular con el lamentable hecho, quizás no se trató de un accidente sino de la vendetta de Félix Tolosa. Los días previos al estallido se le vio deambular cabizbajo de cantina en cantina, siempre borracho y reluciendo en cada conversación su decepción. Es que a pesar de hacer mucho dinero, de pasar de una vida miserable a la fastuosidad y el exceso característico de los pobres que de la noche a la mañana se encuentran con un mar de plata, Félix nunca logró sentirse satisfecho. Él se consideraba un inventor, como Da Vinci, como Edison, pero la gente insistía en tratarlo con la zalamería y desprecio con que se trata a un exitoso narcotraficante. Sus nuevos vecinos lo repudiaban, su mujer lo abandonó por roto y picante, a pesar de que iniciaron su romance cuando ambos habitaban en la caleta Chuck Norris.

Hay gente que ha visto a Félix en el sur de Chile. Otros lo vieron en el desierto, oficiando jornadas místicas. Sea lo que sea, la gente siempre recordará con cariño a él y a su buen robot Sopaipitron.

Por Mordecai Boccanegra

10 Responses to “Sopaipitron, cuando las sopaipillas se tomaron las calles”

  1. rolo Says:

    Mierda! El otro dia fui increpado por 2 mimos hembras (si esque se catalogan asi). Iba en la calle y me salen de la nada, haciendo sus gestos de mierda y encima pidiendome plata por una mierda de flor de papel en un palo de fosforo. Luego paso lo mismo en otra calle…Seguro son una organizacion secreta y me andan buscando.

    Saludos

  2. Anonymous Says:

    feliz dia ctm!
    el unico zurdo malo pa la pelota q he conocido jajaja
    oye ql las guatonas friendo sopaipas al ritmo de kraftwerk, esa fue en lsd no cierto?
    ya man nos vemos, cada dia mejores arcadas
    chao
    Marceliars

  3. ze maritzinha Says:

    doce carl…que puedo decirte…eres la mas bella y creativa cabeza que anda deambulando por ai al ritmo de kraftwerk

  4. PANCHO Says:

    bestia!
    por que no se me ocurren esas weás a mi!
    envidia sana en todo caso

  5. Alejandro Says:

    JAJAJAJA..SOPAIPITRON LLEGO PARA CUIDARNOS

  6. pazvillalobospino Says:

    ya tu sabes

  7. Alan.! Says:

    gRACIAS POR el banner
    aunke keria el que tienen en flash el que parece gif
    si es que se puede pa que se vea mas vistoso
    sino filo
    Buen Blog
    Saludos

    Alan!

  8. Patricia Lima F Says:

    Por si se aburren

    http://malditaconciencia.blogspot.com/

  9. Marcelo Says:

    se que se trata de la fuente laboral de muchos, y tambien la fuente alimenticia de otros tantos… pero si hay algo que me da urticaria es el olor a aceite recocido que se utiliza para freir el desayuno del pueblo… no soy sectario ni mucho menos clasista, pero el olor que emanan los triciclos-cocina-sopapillas me cae como patada en la guata

  10. CAMILO Says:

    SOPAIPILLAS+DECEPTICONS= SOPAIPITRON
    GENIAL! TREMENDA HISTORIA!
    MUY BUENO EL BLOG

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