Mi abuelo suicida

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Ilustración de Andrés Casciani (Sitio web)
Texto de Casimiro Boamorte

Desde niño me consideran algo excéntrico. Razones hay y de sobra. Basta rememorar mis paseos después del colegio por el cementerio, recorriendo mausoleos, pasillos y bloques en búsqueda de algún epitafio absurdo, de la grosera falta de ortografía que desvirtuara el dolor de la muerte. Registraba todo en mi croquera, donde también bosquejé algunos panteones con sorprendente detalle. En ocasiones durante esos paseos me tropezaba con algún funeral, me infiltraba en la procesión y hasta terminaba llorando por cadáveres que no conocía.

Cierta vez leyendo el obituario encontré algunas interesantes exequias, y redacté un discurso de despedida para el secretario general del Sindicato de Ferroviarios de la Quinta Región. Cuando me acerqué a  hablar con los deudos no aceptaron que interviniera en la despedida. Me marché decepcionado, pero antes dejé el discurso sobre el féretro. Meses después recibí una carta de agradecimiento de la viuda. Esa carta aún la tengo colgada en la pared de mi pieza, con una pésima redacción y errores ortográficos de colección, es una verdadera joyita para los sentidos del humor como el mío.

Un recuerdo imborrable de mi infancia. La tarde en que mi abuelo intentó suicidarse. Era un domingo de septiembre, los tibios rayos de sol invitaban a la aburrida sobremesa de los adultos, mientras los niños nos dedicábamos a dar rienda suelta a nuestra idiotez en el jardín de la enorme estancia.
Mientras hacíamos un ranking de quienes tenían las orejas más grandes o quien era más feo, un estallido seco nos dejó en absoluto silencio. Las mujeres comenzaron a gritar y todos subieron corriendo las escaleras a la pieza del abuelo. Tía Raquel, a quien jamás conocí una función que no fuese arruinar la vida de sus hijos y, en ocasiones como esta, la de sus sobrinos, advirtió a grito pelado que debían impedir que los niños ingresaran a la habitación. Yo logré filtrarme gateando entre las piernas de los grandes, aprovechando el segundo de estupefacción que generó el hilarante espectáculo. El abuelo permanecía sentado sobre la cama, rodeado de un montón de cartas y daguerrotipos de su esplendorosa juventud y de la difunta abuela. Sostenía el revolver en una mano y con la otra cubría su pómulo izquierdo intentando vanamente detener la hemorragia. El pobrecito nos miraba estupefacto, como si lo hubiésemos sorprendido hojeando revistas porno. El abuelo intentó matarse, eso era obvio, pero su galopante Parkinson le había jugado el peor de los ardides. Falló la puntería y la bala en vez de volarle los sesos, salió por su pómulo y se incrustó en el placard. No pude evitar soltar una formidable carcajada que inmediatamente fue sofocada por la bofetada más violenta que recuerde haber recibido en mi vida (y han sido muchas, mujeres muy fuertes). Aún recuerdo su expresión mientras mis tíos lo regañaban como a un niño; irradiaba el desconcierto, la vergüenza de quien se juega su última carta y pierde. El pobre viejo sabía que era su última oportunidad de morir dignamente y falló. Más aún, presenció cómo la solemnidad típica de su edad se convertía en un soberano ridículo frente a los ojos de su familia. Al final acabó internado en un asilo para ancianos un poco locos.

El abuelo nunca volvió a casa. A veces íbamos a verlo al asilo pero nunca aceptó una visita. Sin embargo seguimos yendo cada tarde de sábado, tardes constantes e inútiles como llevarle flores frescas a un muerto. Paulatinamente mi abuelo se convirtió en mi familiar preferido. Le regalaba libros y le escribía constantemente extensas cartas que jamás respondió. Nunca supe si leyó los libros o mis cartas porque después del absurdo incidente además de no ver a nadie decidió nunca más hablar, no se si porque el balazo dañó su mandíbula o porque ya no había nada más que decir.

9 Responses to “Mi abuelo suicida”

  1. pazvillalobospino Says:

    creo q nunca mas hablo, porq su vida ya no tenía sentido.
    hay que ser muy valiente para tratar de anularse y si lo tratas de hacer y no resulta es una fustración indescriptibile y vergonzosa más aun a esa altura de la vida.
    silencio y respeto para el

  2. Anonymous Says:

    me gusta tu estilo, manejas ese humor raro que la mayoría no expresamos para no herir a la gente grave
    excelente blog
    Raúl

  3. yury-too Says:

    buena historia, es real o es ficción, bueno no importa si es uno o lo otro, pero te atrapa
    wuena wuena

  4. ailatanotos Says:

    mmmmmmm…

    Debo ser yo quizas, no sé, pero no me puedo abtraer de “daguerrotipos”, aprendí una palabra nueva!!!
    Pobre viejo, se quería puro matar para no ver más daguerrotipos, imagínate!!! en estos años y aún lidiar con esa palabra!!!

    MOSTRAILATAN®

  5. Gloria, the queen of machines Says:

    Bueno, hablar de los motivos o el actuar del Abuelo en cuestión está de más.. rescato unas últimas líneas, donde se deja en claro que a partir de ése momento el Abuelo se convierte en el personaje favorito. Por qué? Por qué ahora y no antes? Ahora… que fue valiente? que llamó mi atención de niño? Que despertó quizás ése interes en la la muerte? ahora que ya no quiere vivir y lo lleno de cartas, de libros? y para qué? Por él o por mí lo hago?

  6. aLvAliTrOx Says:

    Señorita Gloria, interesantes la preguntas que se hace, aunque es mejor dejarlas para un seminario de sicología geriátrica.

    No vale la pena tomarse en serio los relatos-ficciones que nos brinda don Casimiro, ya que es como agarrar a balazos a un fantasma.

    En “Mi abuelo suicida” hay un tufillo a humor sardónico que, o se capta a la primera o definitivamente no se capta nunca. Es ese sabor algo ácido y con petazetas incluídos el que hay que sentir y disfrutar. Lo demás está demás.

  7. Anonymous Says:

    como ta gatito, al fin compartes con el mundo todas esas ideas raras q se asoman por tu cabezota,ahora solo queda descubrir cual de todos esos nombres raros eres tu, ya detecte 2
    besos y llámame algun dia,no seas ingrato
    Claudia

  8. N/A/E Says:

    Me llvo esta frase de recuerdo…

    “Tía Raquel, a quien jamás conocí una función que no fuese arruinar la vida de sus hijos y, en ocasiones como esta, la de sus sobrinos, advirtió a grito pelado que debían impedir que los niños ingresaran a la habitación”

    Muy buen texto, muy buen abuelo, muy exquisita descripción de una inmerecida pero espectacular cachetada.

    Cariños

    La Negra..NÚMERO Dos.

  9. Anonymous Says:

    Gato, recuerdo el momento en que dabas los ùltimos toques a ese cuento de antología, por cierto, no sé por qué pero siento que te inspirastes en mi abuela, a la que siempre odiastes por ser viejita y por que no te permitía conciliar tú demoníaco sueño con sus plegarias diciendo. scheñor jeshuuus.

    Siento que el cuento no es más que una proyección de lo que tú querías hacerle a ofelia, tu cachai la abuela, ya que scheñor jeshuuus insistía en exorcizar al joven desorientado y con aspecto desaseado -o sea tú- .

    Cariños desde la República Socialista de Pucón.

    Sharon Pilquimàn

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