Joven “emo” eligiendo una mascota

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A esa altura ya no sabía qué hacer con el dinero que me enviaban mensualmente mis padres. Mis necesidades se habían reducido a tal punto que comía una vez cada tres días y me paseaba luciendo mis pantalones raídos con los bolsillos llenos de monedas que tintineaban como un pandero. Los gastos del departamento eran irrisorios, claro, gas no ocupaba porque no me bañaba hace meses y por alguna misteriosa razón me torné intolerante a los alimentos calientes, como los gatos…

Cuando me daba sed bajaba a beber y a llenar algunas botellas en la pileta del jardín del edificio; Las ampolletas se fueron fundiendo una tras otra, y si ya sobrevivir se había convertido en una ingrata molestia, menos había ánimo como para reemplazarlas. Además, la luz de las velas le daba un aire renacentista a la opaca rutina. El teléfono llevaba buen tiempo sin sonar y me importaba una raja, ya no tenía nada que hablar con nadie. Había decidido enclaustrarme precisamente porque sentía la certeza de que todo lo que podía otorgar y abstraer ya había sido transado en el mercado negro de las interacciones humanas, así de siútico, y más encima me sentía estafado. Para mí, las aventuras era mucho más conveniente y constructivo leerlas que vivirlas. Quería sobrevivir como un ser vivo microscópico, omnívoro y sin caprichos, un paramecio. Ya sin vicios y con un corazón ferozmente carcomido por la soledad tuve una idea sospechosamente humana: había decidido tener una mascota, quizás consciente de que debía encontrar alguna manera de evacuar todo ese sentimentalismo pueril que se estaba condensando en mi memoria como la grasa en las arterias de un guatón, y que amenazaba con convertirme en un suicida prosaico, víctima de motivaciones y desencantos que generalmente abaten a la gente normal, no a una leyenda como yo, o como pretendía ser considerado.

Entré al petshop con la actitud de quien se acaba de bajar de una limusina repleta de minas y que tiene dinero para comprarlo todo. Sin sacarme las gafas y con hastío, improvisé un monólogo a medida que avanzaba mirando las vitrinas y las jaulas: “Los perros son unos imbéciles y los gatos son casi tan huraños como yo. Un lirón es una siutiquería del tamaño de un crucero y criar un lagarto es lo mismo que tenerlo tallado en madera. Una pecera es un televisor en silencio y un conejo es casi tan contraproducente como un peluche”.

-También tenemos pájaros- espetó visiblemente extrañado el vendedor. Fue muy asertivo. Jaque mate.

Las aves siempre me llamaron la atención, no era tan estúpido como para permanecer horas contemplando un corral de gallinas, pero sí profesé una atracción hacia las aves mayores, las migratorias. A pesar de que nunca sentí el universal anhelo de volar, sí experimenté una cierta admiración y envidia hacia los pájaros, esa libertad de mandarse cambiar donde quisieran, y si alguien pedía explicaciones, les bastaba con trinar un mísero silbido anestesiante que deja a todos haciendo aaahhh con cara de imbéciles. Bastó esta reflexión para gastarme toda la plata y llenar mi casa de canarios y otras avecillas exóticas.

Apenas llegué a casa los saqué de sus jaulas, les llené los maceteros con alpiste, esperé a que se enguataran y les abrí el ventanal para que se largaran. Aunque la mayoría de esas aves son débiles, amaneradas y no logren sobrevivir ni un minuto al hambriento sigilo de los gatos callejeros, sentí un placer casi zoofílico al abrir la ventana y dejar ir a esos pájaros, de cierta forma me sentí representado en el atolondrado aletear de esa diminuta existencia destinada a ser un juguete. Yo también a veces me sentía atrapado en una jaula estrecha, con la gente mirándome asombrada, pero al pasar el tiempo me convertí en otro objeto decorativo, una pintura interactiva que se alimenta de semillas y caga como condenada. Ojalá alguien me comprara, me llevara a su casa, abriera la puerta y de una patada en la raja me enviara a conquistar el mundo aunque sea por un instante, antes que aflore alguna de las tretas que el destino despliega a lo largo de todos los caminos a explorar. Nada es fácil, ni siquiera para un animal irracional cuyo bienestar pasó a las manos de otro ser, de una especie superior, con carencias bestiales.

Por Byron Macarucci

2 Responses to “Joven “emo” eligiendo una mascota”

  1. Alan.! Says:

    (repost)
    Buenisma historia
    muchas veces uno se siente asi cuando no alla que hacer y simplemente se sienta en el PC a escribir
    Saludos

    (banner de su pagina en mi blog)
    lunacuadrada.blogspot.com

    Mandame el banner por mail porfa
    por que no se salia el link completo ene l comentario de mi blog
    Aguante Aracadios

    Ugalde Semi-payaso

  2. Alan.! Says:

    tuve unos problemas con outlook pero aki les dejo mi cuenta de mail
    mr.funk-tastik@hotmail.com

    hay me mandan el banner gracias

    Semi-payaso Alan xD

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