La última tentación de Rebeca
Tags: estupidez humana, Mujeres, Sexo, Ucronia
Ese verano apenas arribamos de nuestras vacaciones, Rebeca abandonó todo, incluyéndome, por escapar tras el amor de Cristian, un fotógrafo bisexual y cobarde que la sedujo hasta la locura valiéndose de cándidas poesías que transcribía desde una popular antología de autores franceses de principios del siglo XIX.
Cristian frecuentaba el mismo circuito de bares que yo, así que lo conocí vagamente y pude presenciar cómo alardeaba de las conquistas que este ruin método le proveía…
-Con los ojos cerrados recorro las páginas hasta detenerme aleatoriamente en alguna, si esa página es parte de una prólogo, biografía, o si el título me parece poco seductor repito el método hasta que arroje un verso que sea de mi agrado, luego se los envío a las chicas escritos en esquelas perfumadas, obviando por supuesto el paladino detalle que lo ahí escrito no es de mi autoría-. Según él, se trataba de un método artístico muy vanguardista conocido como “azar intervenido”. Lo definió textualmente como el ardid con que el artista se encumbra en alas ajenas para así llegar más alto en su genuina creación. La intervención de clásicos le evitaba perder el tiempo en una búsqueda estéril dentro de sus limitadas capacidades. Pero en sí no era más que aprovecharse de la olímpica ignorancia de algunas muchachas para extraer algún beneficio, en este caso sexo gratuito y una leve alza en la autoestima.
En fin, el desenlace era previsible, el romance le duró un mes y medio y el fotógrafo desapareció. Una tarde, motivada por el brutal olvido, Rebeca decidió hojear aquel enmohecido libro de tapa roja que su enamorado solía utilizar eventualmente como posavasos o para trancar la puerta, y que olvidó antes de largarse tras Emilio Bau, poeta que alguna vez obtuvo una fugaz fama tras publicar un poemario que en cosa de semanas fue desenmascarado como un plagio grosero a un niño étnico que aparecía leyendo versos en un programa misceláneo de televisión. El angelical rostro de Rebeca resplandeció y sus ojos devoraron los desgarradores versos que reconocía como propios y que había llegado a aprender de memoria, “ojalá estés disfrutando la gloria que nuestro amor te brindó”, pensó acongojada. Esa noche se durmió abrazada al libro que supuestamente le había dedicado su amado.
Sus amigas la llamaban la puta virgen porque a sus treinta y tantos años aún se confesaba inmaculada, a pesar de que en cada reunión era habitual verla borracha escondiéndose con distintos tipos en habitaciones y baños de los que emergía al rato colorada y sonriente, sudando y masticando chicle.
Una noche les detalló atolondradamente a sus amigas su tierno descubrimiento y frente a cada una fue hojeando el añejo libro rojo para que no hubiese duda de aquel titánico acto de amor. Las chicas se miraban entre ellas riendo a hurtadillas, pero nadie se atrevió a expresarle la verdad tan palmaria. Desde ese día dejaron de llamarle puta virgen, por decisión unánime fue rebautizada como la puta loca.
Años después me enteré que Rebeca se había reencontrado con su fotógrafo poeta y que luego de unos pocos días de estabilidad y parasitismo éste la había vuelto a abandonar, esta vez por seguir a Hermógenes Hagger, un pintor travesti muy rupturista que pregonaba ser el pionero en la técnica de pintar el sistema solar con spray. Sólo que esta vez además de dejarla sumida en la infinita tristeza también la dejó encinta.
Rebeca volvió a su Valparaíso natal a rehacer su vida con su crío y a cumplir sus truncados sueños, pero todo indicaba que acabaría oficiando de puta. Su cuerpo marchito y su rostro antaño bello y ahora yermo como un salar no generaban mucha demanda. En una de estas ofertas ambulantes conoció a don Fermín, un militar retirado, 20 años mayor que ella, que había perdido su mano izquierda. A Rebeca le dijo que la había perdido por una granada que explotó accidentalmente, pero en el cerro Mariposas todos sabían que se la había cercenado Diosito por haber golpeado a su madre.
Rebeca, abrumada por la necesidad decidió casarse. Tuvo 3 hijos más e inició un periodo abnegadamente familiar opacado sólo por las brutales palizas que con su mano diestra le propinaba su marido alcohólico. Años después, en el diario con que se aprestaba a limpiar los vidrios, reconoce el rostro de Cristian en un travesti desdentado y con muletas que reclama por sus derechos frente a la intendencia. Apaga la olla, deja a sus hijos con la vecina y toma la micro 0 que la deja en las puertas de la penitenciaría, paga la fianza de Cristian y lo lleva al hotel donde iniciaron su loco amor a escondidas, cada tarde y con un cobarde, como en esa canción que la hace llorar cada vez que suena en la radio mientras cocina. Cristian le pidió perdón sollozando, ¿perdón de qué, tontito? Perdóname por ser un cobarde y un mentiroso de mierda- respondió Cristian mientras intentaba vanamente limpiar el rimel que bajaba por su rostro montado en las lágrimas. Rebeca rió nerviosamente sin comprender de qué estaba hablando. En silencio se desnudaron el uno al otro. A Rebeca no le importó que a Cristian le hubiesen amputado la pierna derecha a la altura de la rodilla después de esa vez que estaba tan borracho que se fue con unos clientes sin siquiera percatarse que se trataba de cuatro tipos de cabezas rapadas y de brazos tatuados con esvásticas. -Subí porque los encontré bonitos y pensé que me pagarían bien- les dijo a sus compañeras que alcanzaron milagrosamente a rescatarlo antes que los neonazis lo lanzaran por el despeñadero del cementerio de Playa Ancha después de una feroz golpiza.
A Cristian sí le importó que Rebeca tuviera varias libras de más y que la cesárea que le realizaron en la posta cuando nacieron los mellizos le dejara una cicatriz que parecía aún fresca y con vida propia. Además, toda ella olía a comida casera, a carbonada, a cloro y a lavalozas, sus manos ríspidas y rojas de frío parecían más prestas a trapear un baño que a acariciar. No dijo nada porque fue ella quien pagó su libertad y la habitación.
Hicieron el amor toda esa tarde. Cristian se sentía extraño del otro lado en la cópula, se movía con torpeza. Rebeca sentía que su cuerpo recobraba vida y estaba segura que Dios no castigaría este desliz porque por algo lo permitía. Se olvidó de que tenía que pasar a buscar a los niños al colegio, de que tenía que entregar la ropa que tuvo que lavar y planchar para la familia del jefe de su marido. Y de su marido que la esperaría enajenado por los celos y le sacaría la cresta frente a sus hijos hasta que la señora Mercedita, su vecina, considerara que ya era suficiente y llamara a la policía.
¡La puta loca la hizo de nuevo! Comentaron en voz alta sus amigas que fumaban en el pórtico al verla aparecer tan radiante por el ascensor. Rebeca no pudo evitar sonreír picaronamente. Iba camino a casa ruborizada, alegre y masticando un chicle con sabor a sandía. Caminaba rapidito, con los brazos entrecruzados dando pasitos cortos y con la mirada sumergida en los adoquines para que ninguna vecina se atreviese a especular con su indisimulable dicha.
Esa noche la paliza fue una locura. Ni sus hijos mayores pudieron tranquilizar a don Fermín, que con una mano se las arreglaba perfectamente para golpear a Rebeca y a quien intentare acercársele. Rebeca esa noche fue a dar al hospital. Estuvo inconsciente dos semanas completas e internada durante un mes y medio. Del hospital salió en silla de ruedas temporalmente y con un diagnóstico que no comprendió del todo. Rebeca era portadora del VIH. Decidió no contarle a nadie. Meses despu
és un angustioso retraso le confirmó lo que tanto temía. Estaba embarazada y sabía que Cristian era el padre. Contarle a su marido no era problema: acostumbraba a llegar tan borracho que no recordaba cuando la montaba y cuando no. Sabía que era inadmisible el nacimiento de la criatura, algo en su interior le indicaba que Dios no aprobaba esa concepción. Un día se encontró en la feria con Carletta. Era una antigua compañera de instituto, lerda, casi enana y dueña de una enorme nariz que le impidió ser feliz, hasta que su abuelo al morir le dejó una enorme herencia que fue despilfarrando en tantas operaciones estéticas que, según sus propias amigas, hasta se injertó un pene que después se extirpó. Por consejo de ella, Rebeca decidió someterse a un aborto. -Yo te lo pago linda, estamos juntas en esto- le decía pero sus arcas estaban tan escuálidas que solo le alcanzó para llevarla a una machi en Villa Alemana. La machi antes de proceder con el aborto hizo un ritual en el que confirmó las sospechas de Rebeca. ” Esta guagua jue engendrá con moco aguao de maricóm”, sentenció la machi quemando hojas de canelo y atomizando ron con su boca sobre el vientre de Rebeca.
Carletta le habló al oído a la machi y le entregó algunos billetes. Luego se acercó sonriente a Rebeca y le explicó que no había de qué preocuparse, que todo saldría bien, que la machi era íntima de la prima de su peluquero así que venía recomendada. Que era demasiado joven y linda para criar al bastardo de un hijo de puta, y menos aún para morir.
Entre ella y la machi ataron a Rebeca a la mesa que improvisaron como quirófano, luego salió a fumar un cigarrillo y a hablar por celular.
La machi cogió un abrelatas y uno de esos artilugios eléctricos con que se muele el puré y se baten los huevos para hacer tortas. Sumergió tres veces el abrelatas en el vaso de ron y enchufó la batidora (recién recordé el nombre tan obvio) a un alargador. Lo que sigue son agudos gritos de dolor, llanto y blasfemias en mapudungún. Carletta se encerró en el auto y puso a todo volumen ese disco de Nicola di Bari que su madre había olvidado la última vez que fueron a inyectarse botox. Dos horas más tarde la machi se asoma en el pórtico con una bolsa de basura negra, se la pasa a Carletta que pálida de susto y asco la deposita en un tarro de basura ubicado a unos pocos metros. La machi le explica didácticamente cómo la batidora devastó el útero. Le aconseja llevarla a la posta porque la costura no viene incluida en la promo. Carletta ingresa a la ruca-quirófano y ve a Rebeca inconsciente y ensangrentada como si le hubiesen echo un transplante de vísceras. Un perro mueve tímidamente la colita y se dispone a lamer los restos de placenta que tornan el suelo peligrosamente resbaladizo. Entre la machi y Carletta trasladan el cuerpo agónico de Rebeca y lo acomodan en el asiento trasero del auto, no sin antes cubrirlo de papel y nylon. Carletta pone primera, le pasa unas lucas más a la machi y se larga sin despedirse, el perro la persigue ladrándole por un par de cuadras. Un poco más allá Carletta detiene el auto y vomita.
Eran las tres de la mañana cuando se estacionó frente al hospital van Buren. Aprovechando la absoluta soledad dejó el cuerpo desfallecido de Rebeca apoyado en la escalera de entrada junto con una nota con sus datos y lo ocurrido. Emprende rumbo a casa. Mientras se quita el maquillaje frente al inmenso espejo de su enorme habitación medita sobre lo ocurrido. Le angustia como ha de explicar tanta mancha de sangre en su auto. Bebe su whisky, se toma los somníferos y se duerme.
Al otro día un vagabundo lisiado, maricón y cobarde espanta a los perros que rodean un bote de basura y escarba buscando comida, coge una bolsa negra que pesa como si tuviese un pollo en su interior. El color de la bolsa le impide notar que está manchada de sangre. Abre la bolsa y lanza un grito ante el horrendo contenido. Le invade un sentimiento extraño. Llega la policía y le interroga. Llega la prensa, le hacen unas preguntas y le fotografían. -Yo también soy fotógrafo, claro que yo tomo fotos artísticas eso si- dijo el viejo. todos, incluso los policías se echan a reír, él también aunque no sabe de qué.
“Jueves 12 de febrero de 1981. Un macabro hallazgo sacude la apacible comunidad de Villa Alemana. Un feto de aproximadamente 28 semanas de gestación es hallado en la calle X… la tarde del miércoles. El cadáver fue encontrado por un vagabundo mientras hurgaba en la basura… ” Su fotografía aparece en el periódico que reposa enrollado sobre la única silla desocupada en el pasillo de espera del hospital, donde un hombre manco y sus 3 hijos legítimos más el bastardo de su mujer aguardan a que el doctor les de alguna noticia del estado de salud de su esposa y madre.
¿Logrará sobreponerse a este nuevo revés la dulce y desventurada Rebeca?, ¿podrá alguna vez el amor triunfar en esta infame escalada de infortunio?,…
CONTINUARÁ…
























Julio 6th, 2007 at 17:20
“ese día dejaron de llamarle puta virgen, por decisión unánime fue rebautizada como la puta loca”…No es necesario arruinar este espacio tirándole flores a un texto que resume su grcai en esta frase fluida, “escurrida” y punzante.
Notable Chicos.
Casimiro siempre mi favorito.
Cariños
Angela
Julio 11th, 2007 at 16:30
uff que imaginacion,me dio pena la pobrecita pero no pude evitar cagarme de la risa jajaja.
quero creer que esta historia no es real
excelente revista chicos
besitos
Agosto 15th, 2007 at 6:30
Estimado Casimiro, me quede esperando la segunda parte de la triste y dramática historia de Rebeca, sobrepasa todos los límites de la infrahumanidad, me niego a creer que es real, espero solo sea producto de esa genial mente (algo retorcida) pero increiblemente creativa al fin y al cabo.
Creo haber escrito algo antes, no lo recuerdo.
Besos Casimiro, estas en mis pensamientos.
Agosto 16th, 2007 at 17:18
Querida Paula:
me conmueve su interés por las aventuras de la dulce Rebeca, concuerdo con usted que a nuestra heroína le ha tocado una vida algo compleja y que su historia no parece más que una terrible escalada de infortunios,pero creo necesario rendir un homenaje a esa alma pura y trágica que jamás perdió la fe en el amor, y citaré una de las frases que oí de su boca durante esas tardes en que comenzaba a filosofar mientras despuntaba porotos verdes en el pórtico de su casa: “lo único importante es que triunfe el amor, no importa donde, con quien, bajo que circunstancias y qué secuelas deje, lo importante es que triunfe”.
en la próxima edición podrá enterarse de más detalles de la historia de nuestra valiente amiga.la verdad, es tan poco el feed back con los lectores q no pensé q alguien le prestara mayor atención.pero su comentario me ha inoculado la energía necesaria para tomar la pluma y comenzar a recordar esta dramática historia, tanto sufrimiento desgasta.
adios y besos para ti tambien, muchos.
Casimiro Boamorte
Septiembre 28th, 2007 at 20:11
Sin duda un relato crudo, punzante, vivaz, como la vida misma.
The New York Times.