Arturo Alejandro (cap. I)

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por Pablo Rumel

Siempre tenemos un amigo o un conocido que está todo el tiempo hablando de complots, de conspiraciones, de ideas paranoicas de dominación, de sociedades secretas que quieren desestabilizar a la humanidad e imponer un nuevo orden mundial, de razas alienígenas que nos invadirán pronto o que ya viven escondidos entre nosotros, etc. Todos esos delirios recaen en Arturo Alejandro, escritor chileno-español que se ha labrado un pequeño camino en la literatura local. Conocí a Arturo Alejandro (A.A. para los amigos) en un encuentro de escritores de ciencia-ficción de provincia…

Esto fue en Santa Cruz, donde se reunía la clase alta rancagüina a exponer y debatir sus ideas literarias. Yo llegué  a él casi por casualidad. En ese tiempo estaba haciendo un reportaje para un diario santiaguino sobre el vino. Yo no sabía nada de vinos, es más aún no sé nada de ellos. Me recomendaron que visitara a un prestigioso enólogo que trabajaba en un viñedo de la zona. Era un señor culto, de lentes redondos, de ademanes graves, pelado, más o menos cincuentón. Me recibió en su mansión muy gentilmente. Yo recuerdo que le hice un par de preguntas, y dejé que la grabadora híper-portátil hiciera su trabajo. El aparatito se encargaría de transcribir y resumir la entrevista, y yo tan sólo tenía que encargarme de que la redacción fuera coherente y agregarle algunos detalles. Detalles como los lustrosos salones donde vivía, los retratos al óleo de cabezas barbudas patillosas y nobles que nunca antes había visto. El viejo descorchó la botella de un vino tinto francés y lo vertió en unas grandes y anatómincas copas de cristal. Recuerdo que después de la entrevista salí borracho, dándome golpetazos contra los postes y los árboles.

Esos son los escasos recuerdos que guardo de aquél vetusto enólogo. Lo que sí recuerdo muy bien fue que esa misma noche, luego de introducir la memory stick a mi computadora de bolsillo, fui a dar una vuelta por la plaza pública, tenuemente iluminada por las luces de neón que refulgían silenciosas en los árboles de plástico. La calle estaba totalmente desierta, salvo por algunos robots en rueda que hacían la vigilancia nocturna. Puto pueblo de mierda, pensé. La prostitución hace rato que había sido erradica, aunque aún se podía uno topar con alguna chica que ejerciera el trabajo. Todo de manera clandestina, pues las multas eran elevadísimas, llegando hasta los 5 años, por la figuraa1a de “pagar por prestaciones sexuales”.  Me senté en la plaza y me puse a fumar. Hacía mucho frío y no se divisaba ninguna estrella en el cielo. Un par de esculturas grotescas me acompañaban en esa soledad nocturna. De pronto vi pasar a una sombra, una figura femenina. Iba con tacones de aguja y una larga capa de látex que dejaba adivinar sus pronunciadas formas. Su trasero se ladeaba de derecha a izquierda, de manera muy armoniosa, a cada paso que daba. Apagué el cigarrillo que fumaba y envalentonado por el alcohol que aún tenía en la cabeza, decidí hablarle. Disculpe señorita, le dije con la cabeza semi-agachada. Si usted por casualidad no fuera una prostituta, ¿sabe dónde puedo encontrar a una? Recién ahí me di cuenta de su horrenda cara. Tenía los dientes salidos, como si la boca no pudiera contener el espacio de aquella colosal dentadura. La nariz era larga y torcida, con el tabique nasal desviado de manera poco estética. Los ojos eran dos puntos en su mofletuda y grasosa cara, salpicada de espinillas. Le calculé unos veinte años a la pobre. Ella comenzó primero con una risita nerviosa, llevándose su enguantada mano a su boca, y luego me dijo que ella no era prostituta, y que si quería poseerla podíamos ir a un callejón. Además, mi señor, no le cobraré nada, así no tendrá problemas con la ley.

Como tenía un físico despampanante, pese a su fea cara, opté por darme una buena follada con la comadre. Un par de perros callejeros meneaban la cola a los bordes del estrecho callejón por el cual nos internamos. La chica sacó de su cartera un spray, se bajó los pantalones y los calzones y se roció el contenido del envase en su sexo. Así se previenen enfermedades venéreas y embarazos, mi señor. Frase con la cual me desabrochó el pantalón e introdujo con maestría mi pene en su vagina. Apoyó su espalda contra la pared y enlazó sus piernas contra mi trasero, a fin de que pudiera penetrarla con mayor soltura. Le masajee sus tetas redondas y le mordisqué los pezones. Luego ella me pidió que me diera vuelta. Introdujo su lengua en mi ano. Hizo que me estremeciera de placer. A continuación me recostó contra unas bolsas de basura y empezó a cabalgarme. Se movía rápido, y para estimularse se introducía los dedos de  una mano por el agujero del culo y con la otra se frotaba el clítoris. Llevábamos así, ¿Cuánto tiempo? Imposible cronometrar el espacio cuando un microcosmos implosiona dentro de tu alma. Se puso en cuatro patas, fue lo último que recuerdo. La tomé de las caderas y la jalé contra mí. Me fui dentro de ella, sacudí mi pene contra su espalda para botar los últimos residuos de semen y me marché…

(continuará)

2 Responses to “Arturo Alejandro (cap. I)”

  1. Jeniffer Sanchez Says:

    Me habría encantado ser la putita del relato. Me conformo con chuparle la diuca a mi tío Gamarra.

    Besitos.

  2. Tancredo Alemparte Nietzhager Says:

    mmm me gustó esta jennifer amante de vergas nazis

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