La historia de Enrico Trozzo, el hombre de los 36 centímetros (Segunda Parte)
Tags: Enrico Trozzo, estupidez humana, fútbol, Locademia de Imbéciles, Sexo, Ucronia, Virginia Humores
Nuestro héroe cruzó el mundo en barco, intentando llegar a la próspera Europa de Occidente, pero por una mala cueva del destino terminó en Calle Larga (Los Andes, Chile) abandonado en una tierra desconocida. Sin embargo, cuando parecía que las cosas no podían ir peor, algo sucede que lo hace surgir como el Ave Fénix. He aquí el relato de los primeros días de Mykhailo en nuestra patria, antes de convertirse en una leyenda, en el verdadero el trípode humano, de quien se dice que incluso podía dormir parado.
*Si no leíste la primera parte del relato, léela al toque haciendo clic aquí.
ENRICO EN CHILE, EL PAÍS DE LAS OPORTUNIDADES
Horas eternas echado en el banco de una plaza olvidada, espantando el calor de las tardes y el frío nocturno; robándoles la comida a los perros y cazando lagartijas para no morir de hambre. Así transcurrieron los primeros días de Mykhailo en nuestra copia feliz del edén. Sin poder explicarse dónde mierda estaba, de qué manera había llegado aquí y cómo cresta podía existir un lugar aún más decadente que Chernobyl.
Cuando no quedaba otra salida que el suicidio, ocurrió un milagro. Un moderno automóvil estacionó en la plaza y de él descendió un gordinflón de unos cincuenta años, enfundado en una impecable tenida deportiva, con un prominente bigote decolorado por el tabaco y con un choco panda perfectamente esculpido. Caminó directamente hacia Mikhaylo, con una bolsa de Mc Donald y una pelota de fútbol bajo el brazo.
¡Qué pasa pibe!, lo saludó amablemente y le tendió la bolsa. Mientras nuestro importunado muchacho devoraba su Big Mac, el misterioso sujeto comenzó a hablar en un inglés espantoso. Se llamaba Facundo Schiantta, entrenador argentino del equipo local de fútbol –Cobreandino en aquel entonces- y especialista en descubrir y potenciar talentos futbolísticos. “Ché, me bastó con see you deambulando por ahí to know de inmediato que estaba in front of a un fenómeno”. Schiantta veía en Mykhailo el hombre de área que le daría la estampa europea que buscaba para su club, sobrepoblado de negritos quiscudos que a duras penas sobrepasaban el metro sesenta de estatura.
“Ché, its impossible que vos seas malo for the pelota, si sos igualito a Prosinecki”, dijo Schiantta, dejando caer el balón a los pies de Mykhailo. Caminó doce pasos y se ubicó en medio de dos arbustos con actitud de arquero. “Vamos, kick me a penalty boludo”, le gritó. Sin haber entendido ni media palabra, pero intuyendo lo que le pedían, nuestro trípode ucraniano acomodó su presa entre los muslos y pateó violentamente el balón. SAN-BOM-BAZO y ¡¡¡GOOOOOL!!! … El arquero ni siquiera tuvo tiempo de ver la pelota, que se perdió varias cuadras más allá. “¡Este hijo de puta is the other planet!”, gritó el entrenador.
-Ché pibe, vení y decime, what is you name?
-Enrico Trozzo. Respondió conciso.
-Mmmm, qué nombre de toplero tenés, hijo de puta. I like it, ¡¡Enrico the Great!!, the italian goleador!- gritó, levantándole el brazo como a los boxeadores.
Con las manos todavía aceitosas por la comida, Mykhailo estampó su firma sobre el contrato que el DT le puso por delante. Las condiciones eran horrorosas e involucraban, en síntesis, un sueldo ridículo, alojamiento en una residencial miserable y tres platos de comidas diarios.
La semana siguiente Enrico, ex Mykhailo, era presentado como la estrella del equipo para la presente temporada, con carteles en las paredes y una furgoneta que recorría el pueblo anunciando a megáfono batiente al gran Enrico, Il Duce del gol , la nueva estrella traída directamente del viejo continente.
El día de su debut Los Andes era una fiesta. Cobreandino jugaba el clásico contra San Felipe y tanto andinos como sanfelipeños repletaron el estadio para ver a la flamante contratación. En las tribunas se rumoreaba que se trataba de un potente goleador del Calcio italiano, que había llegado al fin del mundo en búsqueda de redención. Otros decían que había llegado gracias a los oscuros contactos del alcalde con el crimen organizado.
Nuestro héroe, que jamás había pisado una cancha de fútbol, poco entendía de lo pasaba a su alrededor, pero de todas formas estaba extasiado. Esperó pacientemente en la banca hasta que el entrenador le hizo la seña para entrar al campo de juego. Se quitó el buzo y se paró al borde de la cancha. De pronto todas las miradas se posaron sobre la escandalosa protuberancia que latía bajo su pantalón corto, algo solamente visto en algunas tribus del África subsahariana.
De la tribuna alguien gritó: “Oye rucio ¿te choriaste el extintor?”, despertando una risotada general. Enrico entró a la cancha sin saber cómo mierda pararse ni qué hacer. Luego de 25 minutos sin tocar el balón ni pegarse el más mínimo trote, un compañero de equipo se mandó la jugada de su vida y la coronó con un pase rasante que dejó a Enrico solo frente al arco. El ucraniano vio la oportunidad de llenarse de gloria: miles de imágenes pasaron por su cabeza, desde su más tierna infancia hasta esos días perdidos en la granja, cuando soñaba con una vida mejor y sólo tenía a las vacas para conversar. Ahora, en una país ajeno y cuyo nombre ni siquiera podía pronunciar, tenía la chance de darle un vuelco a su historia. Tras un intento de finta y justo antes de mandar el chimbazo más potente del mundo, el destino se encargó de recordarle que para él no estaban reservadas las cosas fáciles. Cual pitón emergiendo de su guarida, de un costado de su pantalón se escapó altiva la inconmensurable verga para interponerse entre el balón y su pierna hábil. ¡Un desastre! Enrico tropezó y cayó aparatosamente de hocico al suelo, en medio del asombro general.
Schiantta no lo podía creer. Apenas vio semejante espectáculo se retiró enajenado al camarín. Después del partido, que Cobreandino perdió por un gol, la hinchada se quedó merodeando a la salida del estadio con la clara intención de linchar al pobre eslavo. Otro revés en la vida de Enrico, sin embargo, esta nueva bofetada del destino marcaría a fuego el futuro de nuestro héroe, cuando al otro día del fatídico partido un grupo compuesto por las mujeres de los futbolistas e hinchas se agolpó frente a la sede del club con lienzos y gritando: “¡Enrico, Enrico, muéstranos el pico!”
Nuevamente esta historia continuará…
























Enero 21st, 2010 at 16:31
Qué sugerente la primera foto por la mismísima mierda!
Enero 21st, 2010 at 16:43
Es un regalito para nuestras fieles y golosas lectoras…
Abril 3rd, 2010 at 8:45
weno pero pa la otra mencionenme en el pie de foto mas que sea, yatuzaes, por lo del COPYrait…
Julio 9th, 2010 at 18:30
Jajajajajaja notable la historia …