Soto
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Después del tercer schop, Soto comenzó a dar la lata con la vida y sus contrasentidos. Los que ya estaban habituados a Soto continuaron enfrascados en sus conversaciones satélites, mirando de reojo a las oficinistas que cacareaban en las mesas circundantes. Soto hablaba para todos pero el único que le prestaba atención en esa mesa era yo: me resultaba curioso el tono solemne y los términos complejos que utilizaba. Parecía el testimonio de un hombre que había develado un misterio existencial, uno bien básico, pero suficiente para remontar con mayor seguridad el camino hacia algo superior. En esa esquina de Pio Nono con Dardignac, a las cuatro de la tarde, asfixiado por la corbata bajo un toldo que no lograba atenuar un Sol trepanador, rodeado de funcionarios opacos y estudiantes ruidosos, con el enésimo schop de la tarde al frente y un cigarrillo consumiéndose lento entre los dedos, Soto más parecía un Siddharta caracterizado de burócrata, preconizando una verdad ininteligible para los menesterosos de espíritu que se embriagaban en aquel bar…
Soto observaba arrellanado en la silla plástica, sonriendo complaciente ante las burlas y el desdén de sus compañeros de oficina. Algo operaba muy fuerte en él desde que decidió abrazar la fe. Hacía más de un año que sus padres murieron carbonizados en el atroz incendio del asilo en el que los tenía recluidos. Tras la desgracia y cómo una compensación póstuma a su madre pentecostal, Soto abandonó el más voluble catolicismo para sumergirse en las altisonantes e irreflexivas aguas del evangelio integrista. Cada vez que pasábamos después de la oficina a tomarnos algo por ahí, nos contaba con entusiasmo cómo progresivamente iba perdiendo toda voluntad y gobierno sobre si mismo. ¿Y no te ponen problemas por el alcohol,? le preguntábamos, y él seguía hablando de lo suyo, sin siquiera molestarse en mirarnos a la cara. Vivía su fe de una manera particular. No recuerdo que alguna vez nos haya llamado “hermanos”. Nunca intentó hacer proselitismo en nuestras reuniones. Nuestras almas le importaban un carajo. No éramos perlas dignas para ataviar la corona que lo esperaba en el reino de los cielos. Lo que si le importaba y mucho era nuestros bolsillos: cada lunes llegaba con sus rifas a mil pesos el número. Hábil como un prestidigitador, nos convencía de comprarle listas completas en las que se sorteaban premios como un fin de semana en un congreso cristiano, o un set de biblias empastadas, (¿qué diablos haría yo en un congreso cristiano, qué haría con esas biblias, repartirlas entre los vecinos?). Otras veces nos sableaba con pequeños préstamos para cubrir su diezmo. Pero Soto, no se supone que sólo se trata de un porcentaje de lo que ganas cada mes, no es una cuota fija. Pero él seguía pidiéndonos dinero que después no devolvía, hasta completar el 10% del sueldo que alguna vez ganó cuando lo ascendieron a ejecutivo y lo trasladaron a la oficina central de la compañía, en un cargo de mínima relevancia pero con una remuneración ostensiblemente superior. Un sueño para Soto, que entró a la compañía como junior administrativo, y alcanzado gracias a su extraordinario talento para detectar y lamer los traseros indicados: en cada actividad institucional, Soto no dejaba pasar la oportunidad y, atribuyéndose la vocería de todos los empleados, alzaba su copa y pronunciaba un sentido discurso en el que agradecía a todos los jefes presentes, uno por uno, mencionando sus virtudes y recordando alguna anécdota en la que quedara de manifiesto su liderazgo. Luego se paseaba por las mesas a la siga de Agustín Otárola, su jefe directo, presentándole a los empleados y riéndose a gritos hasta de sus chistes más malos. Era realmente vergonzoso ver ese despliegue de zalamería, pero a Otárola le encantaban las cabriolas de su perro faldero, sobretodo si observaba el resto de la jefatura, y a Soto le reportaban beneficios palmarios como su ascenso. Además coincidió con una nueva política interna de valorar la trayectoria y a quienes consideraban la compañía como su razón de vivir. En esto Soto era una autoridad: lo sacrificaba todo por ese trabajo de mierda. Familia, hijos, vacaciones. Sexualidad. Estoy seguro que si Soto se ganara el Kino Navidad lo invertiría todo en acciones de la compañía, que gozan de tanta rentabilidad como los caracoles comerciales del centro, y seguiría trabajando en la compañía, gratis y ojalá para siempre. El sueño le duró exactamente seis meses. Una auditoría envió a Otárola una temporada a Capuchinos, y el ingeniero reemplazante envió a Soto y a otros cuantos de vuelta a las sucursales del Infierno. Supervisor de cajeros, ese era el máximo cargo al que Soto podía aspirar. Más arriba en el escalafón no había oxígeno para alguien como él. Más allá los culos se hacían inalcanzables para sus besos.























