Algunas chiquilladas de Tancredo Alemparte Nietzhager
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Marcela Espinoza. Dueña de botillería.
“Llegaron a eso de las siete y media. Eran seis tipos de distintas edades que trabajaban en la construcción del ex Diego Portales aquí a la vuelta. Ese día pagaban la quincena y lucían particularmente limpios y perfumados. Cargaban bolsos de los que sobresalían los mangos de sus herramientas. Mientras decidían qué comprar, un hombre de unos cuarenta años, rubicundo y gordinflón, visiblemente borracho, se les acercó y encaró…
Me dio la impresión de que los conocía y por la manera altanera en que les gritaba colegí que podría ser un jefe, un ingeniero. El gordo continuó increpándolos, tambaleándose entre los fornidos obreros. De pronto, le arrebató de las manos los billetes al tipo que reunía el dinero y se los echó a la boca, masticando desafiante y sonriente ante la atónita mirada de todos. Un violento puñetazo le hizo tragar los billetes y algunos dientes. No alcanzó a atorarse porque de inmediato una patada en la espalda lo tumbó de cara al pavimento. Luego de unas convulsiones no se movió más. Un charco de sangre, vómito y billetes arrugados coronaba su cabeza y la impecable calva franciscana desentonaba en ese cuadro espantoso. Uno de los obreros se acercó al cuerpo inerte, removió con su bota la nauseabunda mezcolanza y apartó los billetes, los recogió uno a uno con la punta de los dedos y me los extendió. 15 cervezas, 4 de pisco y dos bebidas, más cigarros, sentenció. Asqueada me cubrí la nariz y retrocedí negando con la cabeza, agradecida de que la reja impidiera que el tipo me acercara aún más aquel dinero repugnante, pero al ver que no hubo réplica de su parte y que enfilaron hacia otra botillería como si nada, los llamé y acepté venderles”.























