Rodriguez y Saavedra. Burócratas en llamas (cap. 1)
Tags: Alcohol, estupidez humana, Literatura, Locademia de Imbéciles, Mujeres, Putas, Sexo, Ucronia
Un 15 de Julio, como aquel viernes pero hace un año, Carla olvidaba cerrar su correo electrónico y yo descubría que me engañaba con el que hasta entonces era mi mejor amigo. Bien maraca fue la vida conmigo que al mismo tiempo me dejó sin novia ni compañero de carretes y pichangas. Hacía un año de esa terrible traición, reitero, y desde ese día que no brincaba con mujer alguna.
Más preocupados por mi situación se veían Rodríguez y Saavedra, mis compañeros de oficina en el SII, que no soportaban verme deprimido y cabizbajo e insistían en invitarme cada viernes a los tugurios que ellos frecuentan. Vamos maricón, verás que son divinas, me decían casi al unísono, saboreándose y recorriendo imaginariamente sus formas con las manos. Yo les respondía que no era necesario, que ya me había habituado a la soledad, el dolor desmotiva, fulmina la libido, no deja ánimo ni salud para aventurarse en nada. Ellos se largaban a reír, me rodeaban el cuello con sus brazos y me narraban al oído las atenciones que estas chicas practican por un poco de dinero. Por más que les expliqué, ellos no entendían que tras sufrir decepciones como la mía uno precisa más un hombro donde llorar, un oído presto a escuchar nuestras penas, que una puta a la cual maltratar para vengarse, el asunto va más allá de una cuestión de género. Eso es de sicópatas, les decía, y ellos reían aún con más fuerza. A mi no me quedaba otra que reír con ellos, conciente de que si me fuera de putas de seguro acabaría llorando en sus rodillas y ellas arropándome.
Saavedra lleva menos años en el SII que Rodríguez. Hace poco se casó por segunda vez, tiene una hija de cinco años de su matrimonio anterior y su mujer actual tiene una panza de siete meses. Acaba de salirle el subsidio y se metió en un crédito hipotecario que según los cálculos estará pagando hasta los 80 años. No obstante es él quien más me insistía en salir a huevear después de la oficina. A pesar de su majadería, de sus continuos mails y post it pegados en mi escritorio, fue Rodríguez quien finalmente logró convencerme. El gran churrasco Rodríguez, que alguna vez fue mi jefe pero que por su carácter disipado lo han ido degradando hasta quedar bajo mis órdenes. Famoso por su eficiencia logística a la hora de los asados y las despedidas de soltero, es lo más parecido a un villano de tiras cómicas: un hombre lleno de trucos, sin edad, y con esa espantosa cicatriz en el rostro que le quedó después de una de sus gestas épicas: Cuando llegó Saavedra a la oficina, Rodríguez aprovechó que su familia veraneaba y le organizó un reventón de bienvenida en su casa. Recuerdo haber reclamado por el excesivo valor de la cuota, que nadie me informó que contemplaba putas además de alcohol y comistrajo. Rodríguez esa noche se emborrachó antes de lo acostumbrado y se desvaneció sobre el sillón. Las maracas, azuzadas por Saavedra, le hicieron cachirulos en el pelo, lo maquillaron y le pintaron con barniz la cara, dándole un gracioso aspecto altiplánico. Le tomaron algunas fotografías y la fiesta continuó. Luego de un par de horas Rodríguez volvió en sí y antes de incorporarse encendió un cigarrillo, el fuego inflamó el barniz de su cara y el pobre apareció en el salón girando en llamas, entre sus gritos y las risas de los asistentes que no lograban entender lo que ocurría. Con dificultad yo y alguien más logramos sacarlo a patadas al patio y lanzarlo a la piscina armable de sus hijos. Rodríguez terminó con quemaduras en segundo grado, con el apodo y con la amistad incondicional de Saavedra.
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Ese viernes, al volver de colación, Rodríguez nos interceptó en el pasillo y nos convocó a Saavedra y a mí a una reunión urgente en la terraza. Lo seguimos y una vez allí nos contó su plan.
-No me van a creer los gueoncitos. La Mixy del Alí Babá por fin aceptó salir conmigo. Y eso no es todo papá, me preguntó si podía invitar unas amigas. Así que hoy haré un asado en mi casa y los necesito a los dos junto a mí. No me pueden fallar.
Habló en un tono solemne. Dos horas después se acercó a mi escritorio a decirme que ya todo estaba listo. Había enviado a su esposa e hijos a visitar a sus padres en Villa Alemana y no volverían hasta el lunes. La mujer de Saavedra se había ido a quedar a casa de su madre, voluntariamente, según aclaró muy serio. Sólo faltaba yo, y a pesar de que me negué firmemente al principio, no tengo idea de por qué terminé aceptando…
(CONTINÚA)
























Agosto 7th, 2009 at 19:11
Se pone uno sonso, pese a la supuesta experiecia que se pueda tener. Al cabo del tiempo, nos damos cuenta de como se van transformando nuestra reacciones, o nos las van transformando.
Qué se pierde con una maracucas… la virginidad?
Diciembre 22nd, 2009 at 17:13
Y donde esta el capitulo dos?!?!?!?!?!?!