Aquella mujer que interpretaba los agónicos chispazos de neón
Enero 12th, 2012 | Tags: Añadir etiqueta nuevapor Pablo Rumel
Miraba desde mi departamento cómo la enorme ciudad se desplegaba a lo largo del valle infecundo, emborronado por las calles laterales y las construcciones gigantescas. El gabinete del gobierno tecno-empresarial, imponente, dominaba toda la ciudad. He soñado con el colapso total de sus estructuras, con chispazos inaugurales de una nueva forma de hacer las cosas. No es que deteste en especial a los que detentan al poder, a la gente que acumula en sus escamosos estómagos piedras preciosas y brillantes. No me molesta que ellos tengan asegurados el porvenir de antemano, que puedan corregir la amnésica ciudad a destajo. Todos vivimos bien, todos tenemos seguros sociales, techo y comida. Todos somos autómatas pre-programados para no poder ser infelices. Pero siento que algo va mal. Siento un impulso cavernario, una vibración interior que me dice: estamos viviendo un mundo simulado. Hace unos cinco años comencé a trabajar en una fábrica de tuercas y pernos. Recuerdo que estaba en una máquina de fundición junto a un colega. No me puedo quejar, nos pagaban bien. Pero uno de esos días, ese colega accidentalmente hundió uno de sus codos en un recipiente de químicos altamente tóxicos. Su extremidad se le pulverizó casi al instante. Los gritos, los ruidos de alarma, martillearon el angosto y frío pasillo en el que nos desempeñábamos. Mi colega se desmayó casi en el acto. Su brazo era un muñón cauterizado con unas pequeñas gotas que goteaban por el piso. Llegaron los guardias y se lo llevaron a la enfermería. No lo volví a ver hasta una semana después. Apareció con un nuevo brazo mecánico, sonriente, empeñándose en sus labores con más eficacia que antes.
No está de más decirlo, pero trabajábamos unas cuatro horas diarias…




























