Fiebre de Amor (opus 3 y final) “La Pichanga”
Septiembre 27th, 2012 |…A medida que avanzábamos el tráfico fue desapareciendo. Las calles se iban tornando más angostas y los muros lucían panfletos y rayados de protestas ocurridas hacía años. El aire estaba enrarecido por el olor de un sinfín de almuerzos. Ya casi no había autos ni árboles, sólo perros hostiles que ladraban indiscriminadamente y jóvenes que nos miraban fijo, inmóviles en las esquinas. La tela del pantalón se adhería a mis rodillas rotas y los pies me ardían. Cada tanto me detenía a estirar mis calcetines húmedos, engullidos por los bototos, y luego tenía que trotar para alcanzar el tranco seguro de mi padre. Durante todo el trayecto traté de convencerme de que era hijo de aquel bruto. No podía imaginarlo cargándome cuando era una guagua, abrazando a mi madre, besándola. Tampoco me veía entregándole mi regalo del día del padre. Fortalecí mi idea de que no todos los padres eran como el filósofo, pero también no todos los hijos eran como Camilo. Yo en ese tiempo era lo que podría considerarse como un niño rudo, casi un matón, por lo tanto me pareció lógico que mi padre también lo fuera. Luego de una hora de camino desembocamos en la carretera. Una paloma atropellada yacía desparramada en una de las vías. Una paloma que aplastada tenía el tamaño de una gaviota. Extrañamente no había rastros de sangre en esa mancha blanca y gris, sólo el pico quebrado del pobre animal emergía del pavimento poroso, abriendo y cerrándose por la brisa, en un ahogado piar de auxilio… LEER MÁS »





























